Brasil: en defensa de un frente de izquierda

Raul Pont


La acción conjunta en un Frente podría convertirse en una rica experiencia de diálogo, de superación de sectarismos acumulados durante décadas de diferencias injustificadas ante las enormes tareas y desafíos que nos afligen.

Las elecciones de 2020, una vez más, demostraron las dificultades y la falta de tradición para formar un bloque de izquierda permanente en las disputas electorales e incluso en la acción política en los frentes sociales. En la historia política del país, estas experiencias son inexistentes o muy frágiles. Los largos períodos dictatoriales y / o autoritarios del siglo XX y la exclusión de la izquierda de las disputas electorales, con la muy breve excepción de 1945/7, siempre han dificultado o impedido estas experiencias.

Incluso en años de apertura política, en la década de 1950, por ejemplo, el espacio que permitió nunca logró la legalización electoral de la izquierda. Podemos decir que, de hecho, la pluralidad legal plena de partidos solo se reconoce en Brasil después de la década de 1980, casi dos siglos después de que el país dejara la condición de colonia portuguesa.

Experiencias efímeras como la Alianza de Liberación Nacional (ANL) en los años 1934/35, el Frente de Redemocratización de la década de 1940 y el carácter frentista pro- democratico del Movimiento Democrático Brasileño (BMD) no constituyeron alternativas orgánicas viables en el largo plazo.

En las elecciones de 1982, además de los sucedáneos del bipartidismo consentido, el Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) y el Partido Democrático Social (PDS), se registraron para la disputa electoral el Partido Democrático Trabalhista  (PDT), el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido Trabalhista Brasileño (PTB).

El Trabalhismo se dividió por la maniobra burocrática del régimen, de acuerdo con los trabalhistas históricos, para evitar que su verdadero heredero, Leonel Brizola, asumiera las siglas históricas de Getúlio Vargas y João Goulart. Todos, con excepción del PT, nacieron dentro del Congreso bajo la regla que permitía el registro con un mínimo de adhesión de parlamentarios.

El PT fue el único en cumplir con la condición para el registro: organizar en nueve meses direcciones provisionales en un mínimo de 11 estados y en estos comisiones directivas en 20% de los municipios.

Los principales partidos todavía clandestinos, el Partido Comunista Brasileño (PCB) y el Partido Comunista de Brasil (PCdoB), quedaron fuera de la disputa electoral. Con cautela, como persistía el régimen militar, defendieron el apoyo y mantenimiento del carácter frentista del PMDB. Incluso, para iniciar y apoyar candidaturas bajo esas siglas.

Aún en 1982, la dictadura intentó otra maniobra, el voto simultaneo. Además de las elecciones generales para Congreso y asambleas estatales, los municipios que no fueran capitales y áreas consideradas de Seguridad Nacional, tendrían elecciones simultáneas a elecciones generales.

El objetivo del voto simultaneo vinculado era presionar al votante para el “voto útil” a los partidos que venían del régimen, PDS y PMDB, ya domesticados por la actividad parlamentaria. El elector, en el caso de no votar por el mismo partido en las elecciones municipales y generales, tendría su voto anulado.

La reorganización de los partidos en la década de 1980-1990

A pesar de las maniobras de la dictadura, los nuevos partidos sobrevivieron. Las elecciones en las capitales de 1985 y la lucha por la Asamblea Constituyente terminaron por suplantar el bipartidismo impuesto y surgieron nuevos partidos ampliando el espectro político-partidario.

El Congreso Constituyente de 1988, frustrando la idea de una Constituyente exclusiva y soberana, mantuvo el sistema electoral con sus males y vicios. El voto nominal, el financiamiento privado, la permisividad de las coaliciones, además de ser cada vez más instrumentos de corrupción, son destructores de la vida misma partidaria.

La permisibilidad para crear partidos a través de registros provisionales, sin embargo, terminó por consolidar la tendencia a la explosión de las siglas de partidos. Alrededor de 30 partidos comenzaron a existir en el país impulsados ​​por el Fondo Partidario y los tiempos de Radio y TV en los períodos electorales.

En el campo de la izquierda, el vertiginoso crecimiento en los primeros años del PT basado en una sólida representación sindical y su singular organización interna, garantizando el derecho de las corrientes internas, de las tendencias de opinión, hizo que el Partido atrajera a un gran número de grupos, movimientos organizados,  pequeños partidos clandestinos regionales o locales, que tendían a beneficiarse de este rápido crecimiento y del atractivo del proyecto de democracia interna.

En poco tiempo se planteó el dilema de Partido o Frente Político provocado por la heterogeneidad en la formación de grupos y movimientos. Estos iban desde sindicalistas de todo el país hasta intelectuales y sectores egresados ​​de la Universidad, desde movimientos comunitarios y eclesiales de base hasta grupos y organizaciones que sobrevivieron a la dictadura y se reorganizaron a través de revistas y periódicos alternativos.

Prevaleció la tesis de que el PT sería un Partido, pero con el derecho a tendencias de opinión dentro de él y con respeto a la representación proporcional de estas corrientes en sus instancias de dirección. En los primeros años, representación proporcional en los Directorios. En el Congreso de 1991 se aprobó su extensión a las Juntas Ejecutivas y también la representación mínima de género del 30%.

En 1983 la organización de la Central Única de los Trabajadores, una  central sindical nacional, distinta de la estructura de Federaciones y Confederaciones de la antigua Consolidación de Leyes Laborales (CLT), se formaba con similares criterios de construcción de la unidad a través de la proporcionalidad de corrientes y fuerzas sindicales en los congresos.

La nueva Central y su construcción dieron la idea de un carácter nuevo y diferente a las experiencias sindicales europeas donde prevalecían las centrales sindicales alineadas ideológica y programáticamente con Partidos del campo progresista: Demócrata Cristianos, Socialistas y comunistas.

A partir de 1986 el crecimiento exponencial del PT, duplicando su representación en la Cámara Federal en cada elección (1982-8 diputados / 1986- 16 diputados / 1990-35 diputados / 1994-50 diputados) / 1998-59 diputados / 2002-91 diputados)(1) contrastaba con la crisis de las referencias de la izquierda mundial tras el derrocamiento del “socialismo realmente existente” en Europa del Este. Principalmente los partidos comunistas, históricamente identificados con la Unión Soviética.

Desde su nacimiento, el PT adoptó una postura independiente en relación con la experiencia soviética y de los partidos socialistas europeos. Esto fue el resultado de la visión crítica de la izquierda fundadora del Partido y la desconfianza de los líderes sindicales en relación a las experiencias europeas y, también, la existencia de estas posiciones políticas como competidores en Brasil.

Estos elementos facilitaron el crecimiento del PT como la organización partidaria más grande de la izquierda brasileña y con la capacidad de construir la unidad a través del debate interno democrático de una manera singular. Pero, por supuesto, no ayudaron a pensar en la unidad con las fuerzas de izquierda de otros partidos como una necesidad histórica.

El PDT y el PSB, a pesar de la poca tradición de organización de bases sindicales y de debate interno teórico-programático, se acercaron a la Internacional Socialista asumiendo una identidad ideológica programática con baja repercusión de esta en la vida de estos partidos en la lucha política concreta en el país.

La necesidad de afirmación partidaria y consolidación programática de este amplio abanico en los primeros años de democratización del país, no ayudó en el sentido de estimular la lucha unitaria. Por el contrario, prevalecía la disputa en la representación de los sectores populares y las clases trabajadoras.

Esta tendencia se extenderá incluso al movimiento sindical. El carácter “único” que pretendía la CUT, con la garantía de proporcionalidad en las instancias de la Central, fue insuficiente para mantener la unidad. La ambigüedad en las relaciones con la CLT y su estructura sindical, con el Estado y la fuente de financiamiento que representa la recaudación obligatoria del Impuesto Sindical prevalecieron. Además, los intereses particulares de los partidos y las disputas por la representación, llevaron a la multiplicación de las Centrales Sindicales.

En la década de 1990, la necesidad de unidad de la izquierda se hizo más urgente. Con la proliferación de siglas partidarias, a pesar de su identidad ideológica y programática con el capitalismo, los partidos burgueses en el Congreso buscaron una forma de reducir riesgos.

Asustados por las victorias del PT en Fortaleza, Porto Alegre y São Paulo y la campaña de Lula en 1989, aprobaron la ley de dos turnos electorales. El argumento “democrático” era garantizar mayor legitimidad a los electos pero sin enfrentar la permisividad de la avalancha de partidos, la regla aprobada era draconiana. O el candidato supera el 50% en la primera vuelta o tiene que afrontar una segunda vuelta con la posibilidad de unir minorías con razonables conflictos y hasta contradicciones, pero que ante el “enemigo” común se alien de cualquier forma.  Regla muy dura ante experiencias en otros países donde la victoria está garantizada con el 45% de los votos o incluso menos, siempre que el segundo tenga una diferencia de diez puntos porcentuales.

El sistema electoral heredado de la Constitución de 1988 está diseñado para distorsionar el proceso democrático. El voto nominal y su financiamiento privado, la brutal distorsión en la representación de la ciudadanía con el piso de 8 diputados y el techo de 70 diputados en los Estados y la duplicación de competencias entre la Cámara de Diputados y el Senado.

Todas estas son reglas que favorecen el conservadurismo y obstaculizan el avance de los partidos de izquierda y transformadores.

La victoria electoral con Lula en 2002

La llegada de Lula a la Presidencia de la República en 2002 se logró a pesar de los obstáculos del sistema electoral, pero, mientras el presidente alcanza los 46,4 millones de votos, la bancada del PT en la Cámara Federal recibió solo 15 millones de votos y eso le permitió obtener 91 diputados federales. Menos del 20% de los escaños de la Cámara.

El frente político conformado por PT, PCdoB y PR tenía solo carácter electoral y no avanzamos en una propuesta para consolidar una alianza con sectores más cercanos como PSB y PDT, de Leonel Brizola.

El gobierno se abrió a una amplia coalición que garantizaría la gobernabilidad vía el Congreso, y esa política prevaleció durante los cuatro mandatos. No avanzamos en la constitución de un bloque más cohesionado, programáticamente, y las consecuencias de la política de amplias alianzas en el Congreso, incluso con sectores de derecha como el PP y partidos vinculados a cultos evangélicos, fueron muy perjudiciales.

Esta orientación se generalizó en los Estados y Municipios, asumiendo un carácter electorero e inmediatista, y como consecuencia de eso una falta de caracterización de los orígenes y el programa partidario. Incluido el abandono de políticas que identificaban “el modo petista de gobernar”.  En particular, las políticas de democracia participativa y el fomento de la organización y participación popular independiente.

Lo vimos en momentos del golpe contra el gobierno de Dilma y pagamos un alto precio por el comportamiento de los aliados de centro y centro derecha y la ausencia de una política más consistente en la construcción de un bloque más sólido y comprometido con un proyecto político.

Razones para un Frente de Izquierda en Brasil

La derrota político-electoral de 2018 hubiera ocurrido incluso con la construcción de una mayor unidad en el campo democrático popular. El golpe que depuso a Dilma y el impedimento de la candidatura de Lula fue fruto de una sólida alianza de la burguesía neoliberal, de los medios monopolistas que se encargaban de criminalizar la política y, en particular del PT, de la complicidad del Poder Judicial y de la acción directa de los partidos del centro y derecha en el Congreso Nacional.

Pero, ciertamente, el marco electoral hubiera sido diferente si hubiéramos construido una unidad además del PT y el PCdoB. El potencial de atracción en los movimientos sociales y la capacidad de generar grandes movilizaciones hubieran sido diferentes con una lista unitaria que involucrara a partidos como Psol, PDT y PSB en la primera vuelta.

Ahora bien, es innegable que las elecciones de 2018, a pesar de su profunda ilegitimidad, reformularon el cuadro partidario brasileño y sus principales referencias constituidas desde 1980. El fenómeno Bolsonaro y el discurso antisistema y la crítica profunda a los partidos y a la política en general, la apelación al moralismo en la lucha contra la corrupción, la identificación del sentido común con la unidad en torno a los símbolos nacionales, atrajo a amplios sectores de los partidos que a lo largo de los años 80 y 90 buscaron atraer a votantes y afiliados en torno a programas más coherentes e identificados con sectores de la sociedad brasileña.

Los partidos más consolidados, a nivel nacional, como el PMDB, el PSDB, el PP, sufrieron derrotas contundentes. Incluso con el paso de Haddad a la segunda vuelta, el PT también tuvo una reducción significativa de su bancada parlamentaria,  aunque siguió siendo la representación más grande en la Cámara, con 54 diputados/as.

A esto se suma el mantenimiento del sistema electoral creado para favorecer el individualismo, el personalismo, el clientelismo electoral y el poder corruptor del financiamiento público. No es de extrañar que la permisividad en la creación de partidos y la ausencia de una identidad programática e ideológica de la gran mayoría de partidos sean responsables de la actual crisis de representación.

La burocratización del sistema parlamentario y de los partidos, fenómeno clásico del liberalismo capitalista, se suma al cuadro anterior para dificultar y confundir el reconocimiento de los partidos como necesarios para una saludable construcción democrática.

En nuestra opinión, estos elementos refuerzan aún más la necesidad de la formación de un bloque de izquierda. El prejuicio que generó el rechazo de los partidos, el sentido común de que “todos son iguales”, de que “toda política es corrupta” son obstáculos difíciles de ser superados, individualmente, por los partidos.

Finalmente, el mayor desafío, la crisis de las referencias teóricas y prácticas del socialismo tras el colapso en Europa del Este y el escaso atractivo de las experiencias aisladas que existen, no ayudan en la elección inequívoca de un partido o movimiento político.

Incluso con su crecimiento acelerado, que la ha elevado a la categoría de potencia mundial a China, la experiencia, con su modelo burocrático-autoritario de partido único y las enormes ambigüedades y desigualdades crecientes en la transición socialista, no es atractiva para toda la izquierda mundial como alternativa.

En Europa, donde florecen las luchas y la teorización de las experiencias socialistas, aún prevalece la crisis de alternativas en el campo de la izquierda. Los antiguos partidos comunistas y socialistas, en casi todos los países, experimentaron enormes crisis de representación política y de gobernanza alternativa al modelo neoliberal de austeridad fiscal y de ataque a los logros históricos del “bienestar social”.

Más recientemente, algunas experiencias han sido positivas y apuntan a nuevas posibilidades. El Frente de Izquierda que apoyó a Jean-Luc Mélenchon en las últimas elecciones presidenciales en Francia alcanzó el 20% de los votos en la primera vuelta. En España, la construcción de la unidad entre Podemos –Izquierda Unida, también señaló la posibilidad de éxito en las principales ciudades.

En Portugal, el acuerdo entre el Bloque de Izquierda y el Partido Comunista Portugués (PCP) para garantizar el apoyo parlamentario, incluso sin participar en el gobierno, al Partido Socialista ha venido garantizando la resistencia y avances concretos contra las políticas de austeridad de la Unión Europea y los recortes del gasto social.

En América Latina, la experiencia más rica de frente político-partidista con unidad en torno a un programa común, sin duda, es el Frente Amplio uruguayo. Nacido en 1971, sobrevivió a la dictadura militar (1973/1985) y va camino de cumplir 50 años como principal fuerza política del país.

En un Uruguay marcado a lo largo del siglo XX por un bipartidismo hegemónico entre "blancos" y "colorados", conservadores y liberales, ambos defensores del orden capitalista, el surgimiento del Frente Amplio permitió agrupar a partidos y fuerzas socialistas, comunistas, nacionalistas de izquierda, demócratas radicales, artiguistas, etc… y asumir un papel creciente que llevó al Frente Amplio a ganar las elecciones en la capital y llegar a la presidencia de la República, en varias ocasiones.

El Frente Amplio aglutina en torno a un programa común (reformas y conquistas democráticas, antiimperialistas y sociales) a más de 25 organizaciones, partidos y movimientos políticos, sin perder la identidad de cada uno de sus integrantes (2).

Su arraigo en todo el país y organización de base permite que cualquier ciudadano se incorpore individualmente al Frente Amplio sin necesidad de afiliación previa a alguna de sus organizaciones. Su larga trayectoria posibilitó una identidad con los sectores sociales que representa que va más allá del resultado positivo de la unidad y la fuerza, pero también juega un rol pedagógico en la identidad de las luchas y electoral indiscutible.

Más recientemente, Chile también está viviendo una rica experiencia frentista (Frente Amplio) que nació en 2017 y hoy está integrada por 13 organizaciones políticas. Su origen está ligado a los movimientos estudiantiles y sociales de 2011 en la lucha por la educación pública, laica y gratuita frente a la herencia privatista de la dictadura de Pinochet y mantenida por la “Concertación”  post régimen militar en la transición “lenta y segura” de la dictadura. El Frente expresa también la lucha contra el sistema electoral conservado por  la Concertación, que a través de los distritos electorales impide la representación proporcional de las minorías. En las elecciones de 2017, su resultado fue sorprendente, alcanzando el 20% de los votos en la primera vuelta.

Estas experiencias son positivas por la unidad, por permitir un crecimiento cuantitativo de la representación, pero son válidas principalmente por la necesidad de producir un programa común. Aprender a construir unidad en la diversidad de posiciones distintas, que desde la izquierda se remontan a conflictos históricos y debates teóricos que atraviesan décadas, es una tarea difícil pero necesaria e impostergable.

El desafío de la reconstrucción programática de la izquierda socialista es mundial. Esta crisis es anterior, incluso al desmantelamiento del “socialismo realmente existente”. Las experiencias en la Unión Soviética y en los demás países del “bloque socialista” después de la Segunda Guerra Mundial y en China, con el triunfo de la Revolución en 1949, no lograron construir sociedades socialistas que superaran por completo a las naciones capitalistas en todas las dimensiones de la vida social. .

El crecimiento económico y la superioridad de la planificación sobre el mercado permitió a estos países convertirse en pocas décadas en potencias mundiales, superando siglos de atraso de dominación oligárquica y / o dominación colonial.

Sin embargo, la no extensión de la revolución a otros países, el asedio permanente y la carrera armamentista, el proceso de burocratización del estado y el predominio de la tesis del partido único impidieron la construcción de una democracia socialista. Tanto en el modo de producción, incluso con la nacionalización de los medios de producción, no hubo nuevas formas de gestión duraderas con el protagonismo de los trabajadores ni una nueva institucionalidad superior en democracia que la practicada por el parlamentarismo liberal en los países capitalistas desarrollados.

Este déficit ideológico y programático continúa hasta nuestros días y es tarea de los militantes socialistas superarlo.

El atraso histórico es evidente y se expresa cuando los partidos de izquierda llegan a los gobiernos y no encuentran alternativas para enfrentar la lógica del capital y sus instituciones parlamentarias y judiciales.

La acción conjunta en un Frente podría convertirse en una rica experiencia de diálogo, de superación de sectarismos acumulados durante décadas de diferencias injustificadas ante las enormes tareas y desafíos que nos afligen.

¿Qué Estado queremos? ¿Cómo superar el sistema electoral (corruptor, anacrónico y antidemocrático) y el bicameralismo actual (carísimo, burocrático, con doble competencia y con proporcionalidades fraudulentas)? ¿Cuál es el límite a la propiedad por el que luchamos? ¿Cómo ser un país soberano en un mundo globalizado y subordinado al Imperio estadounidense por el poder militar y por instituciones internacionales no electas que deciden la economía y nuestro futuro? ¿Cómo controlar y dominar las nuevas tecnologías de la información que deciden nuestras vidas?

Son muchas las preguntas que aún no hemos respondido ni convencido a la población para que se transforme en una fuerza política. Confiamos en que discutiéndolos juntos, socializando nuestras experiencias y profundizando el conocimiento histórico sobre los errores y éxitos de la lucha socialista en el mundo, más rápidos y exitosos serán nuestros logros.

Construyamos el Frente de Izquierda

En este momento, es evidente la existencia de varios partidos políticos y organizaciones que se oponen al gobierno de Bolsonaro y al modelo ultra liberal que él y el ministro Guedes aplican en el país. En el Congreso, los partidos que votaron en contra de la destitución de la presidenta Dilma y actuaron juntos en defensa de las leyes laborales y del bienestar público han venido oponiendose permanentemente al Gobierno. Estos partidos: PDT, PT, PSB, PCdoB y Psol también firmaron un manifiesto de trabajo conjunto de oposición en el país. Además de estos, hay varios movimientos de (re) organización de partidos en el campo de la izquierda anticapitalista que aún no tienen representación parlamentaria pero están en luchas sociales como PCB, PCO, PRC, PSTU, UP y otros.

Recientemente, alrededor de doscientos hombres y mujeres, intelectuales, profesores universitarios, dirigentes de partidos, sindicalistas, periodistas firmaron un manifiesto público por un Frente de Izquierda. Originado en el Foro 21, el manifiesto traduce el sentimiento de esa heterogeneidad de los ciudadanos y ciudadanas que lo firman y, también, el deseo y el llamado de los participantes de las grandes movilizaciones de los últimos años por la democracia, por la Universidad pública, por los derechos laborales agredidos, por la previsión pública, en fin, contra el gobierno neoliberal y entreguista de Bolsonaro y Guedes.

En las actuales elecciones, en un número importante de municipios hemos construido frentes electorales entre partidos de ese campo, independientemente de la posición del partido en los Frentes más allá del período electoral, aunque en los casos de victoria gobernaremos juntos.

Si no fue posible construir un frente más orgánico, más permanente, los procesos electorales nos alertan sobre esta necesidad. Más que advertencia, señalan el grave error político cometido en varias grandes ciudades. Esperamos que las decenas de municipios en los que llegamos a construir esa unidad sean otro fuerte argumento para la construcción de una unidad superior.

Para potenciar el trabajo de todos, para unificar nuestras luchas comunes, es imperativo que construyamos una unidad permanente para enfrentar al enemigo común, con las siguientes características:

  1. Un Frente político de Partidos y organizaciones que pretenden ser representativos, abierto a la participación directa y adhesión de ciudadanos y ciudadanas que estén de acuerdo con el Programa y las formas de organización del Frente.
     
  2. Un Programa Común, aprobado por consenso para la fundación del Frente, donde se establezcan los puntos de unidad del grupo basados ​​en la defensa de la Democracia Participativa, la Soberanía Nacional y el antiimperialismo.
     
  3. De carácter permanente y de extensión nacional, estatal y municipal, con los correspondientes órganos de coordinación.
     
  4. Una búsqueda permanente de acción conjunta parlamentaria y gubernamental, así como en los frentes socio-sindicales ya constituidos, como el Frente Brasil Popular y el Frente Povo Sem Medo.
     
  5. Proporcionalidad consensuada en las coordinaciones, según criterios preestablecidos así como criterios de paridad de género y proporcionalidad de edad y raza.
     
  6. Su carácter permanente y acción común en las luchas cotidianas del pueblo brasileño facilitará también condiciones favorables para la cohesión, la confianza mutua y la identidad programática para las disputas electorales.

Notas:

(1) “De Colégio Sion a Planalto”. En: Argumento No. 102. Enero de 2015 - Publicación de la Representación Estatal Raúl Pont - ALERGS - Porto Alegre.

(2) Estatutos 2011 - Frente Amplio. Publicación del Pleno Nacional de la FA, diciembre de 2011, Montevideo.

- Raul Pont ,ex alcalde de Porto Alegre, es miembro de la Dirección Nacional del PT.

 

Sinpermiso - 22 de noviembre de 2020

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