Cuatro tesis sobre un Auto-Putsch

Juan Gabriel Tokatlian


La ruptura de consensos posteriores a la Segunda Guerra Mundial como trasfondo de la toma del Capitolio.

  • El contexto facilita la comprensión del texto. El telón de fondo del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 es un conjunto de dinámicas internas acumuladas en las que sobresale la ruptura de consensos posteriores a la Segunda Guerra Mundial y que comenzaron a debilitarse en los años setenta. El pacto político implícito entendido como un compromiso de obligaciones y expectativas entre trabajadores y empresarios, y en un sentido más amplio, entre el Estado, el mercado y la sociedad, fue resquebrajándose hasta llegar a una crisis de envergadura. Los elocuentes indicadores han sido el gradual desmantelamiento del Estado de bienestar y con ello el achicamiento de la clase media; el paulatino y, desde hace varios años, acelerado incremento de la desigualdad de ingresos y la consiguiente ampliación de la vulnerabilidad de grupos humanos y comunidades; las profundas transformaciones demográficas que fueron interpretadas por importantes sectores blancos, masculinos y poco educados como una suerte de pérdida de la identidad nacional; el aumento de la anomia social acompañado de una manifiesta percepción de inseguridad y un notable declive de la confianza ciudadana; la elevada polarización partidista que ha impedido acuerdos para la gestión de la política pública; y el auge del poder de los segmentos ligados a la financiarización en desmedro de la diversificación productiva. No al azar, 8 de cada 10 estadounidenses estaban insatisfechos con el estado de cosas en el país a mediados de 2020.
  • El lugar de la contingencia no debe ser menospreciado al analizar eventos de gran impacto. El 6 de enero de 2020 Donald Trump parecía destinado a ser re-electo y el partido Republicano a tener buenas posibilidades de asegurar el control del Senado y mejorar sus números en la Cámara de Representantes. El primer caso de COVID 19 en Estados Unidos se manifestó el 20 de enero. Un año antes del asalto al Capitolio, las encuestas mostraban una muy alta popularidad del mandatario: su porcentaje de aprobación a mediados de enero de 2020 según Gallup fue de 49% (a mediados de diciembre de ese mismo año, fue de 39%). Wall Street vivía un boom bursátil: los índices S&P, NASDAQ y Dow venían creciendo a niveles superiores al del lustro previo. La tasa de desempleo era la más baja desde 1969. La tasa de crecimiento del PBI en 2019 había sido del 2.3% (esa tasa, para el caso de la Unión Europea, había sido del 1.5%). En el último trimestre de 2019 la financiación para la campaña de Trump llegó a más de US$ 120 millones de dólares superando lo que había recibido en el trimestre anterior (unos US$ 83 millones de dólares). Todo indicaba que sus chances de re-elección eran significativas. Pero llegó la pandemia y se alteró el cuadro político y electoral. Cayó la economía abruptamente, aumentó de modo dramático el desempleo (al inicio del COVID 19 se perdieron 22 millones de empleos), la gestión de la pandemia desde el Estado federal fue mediocre y el partido demócrata se unificó detrás de Joe Biden. Las encuestas comenzaron a mostrar la caída del apoyo a Trump y las donaciones a la campaña de los demócratas crecieron. En la contienda más cara de Estados Unidos—costó US$ 14.000 millones de dólares—Biden fue el primer candidato presidencial en la historia del país que recibió un total de 1.000 millones de dólares. A partir del segundo trimestre de 2020 Trump, con el pleno soporte de los republicanos, comenzó a calificar la elección de noviembre como fraudulenta. Todo tipo de argumentos, falsos y conspiratorios, fueron esgrimidos para deslegitimar un eventual triunfo de Biden y validar su no reconocimiento por parte de Trump. Él creó un clima propicio para exacerbar las tensiones y alimentar la sensación entre sus votantes de que la contienda presidencial estaba amañada y de que sus seguidores debían hacer algo al respecto. El asalto al Capitolio, que produjo 5 muertos, fue un hecho sorprendente pero no inverosímil.
  • En momentos críticos las personas y las personalidades son cruciales. El estilo de mando y la psicopatología de Trump son elementos fundamentales para entender, adicionalmente, lo sucedido. Antes de él, y desde el final de la Segunda Guerra Mundial, solo dos presidentes no fueron re-electos: Jimmy Carter y George Bush. Para alguien con una idea tan ostentosa de sí mismo (en medio de los acontecimientos de esta semana aseguró que el suyo había sido “el más grande primer mandato de la historia” del país) su derrota era inconcebible e inadmisible. Así, con el apoyo de su gabinete, de un gran número de líderes republicanos y con el respaldo de sus seguidores más extremistas instigó los hechos del 6 de enero. Día en que, además, todo el sistema policial, de seguridad y de inteligencia del país falló de modo estrepitoso. Como lo prueban distintas evidencias, lo ocurrido el 6 de enero fue deliberado. Trump instigó, el partido avaló y los militantes actuaron. Neo-nazis, supremacistas blancos, milicias anti-gubernamentales, grupos de extrema derecha y movimientos conspiratorios se lanzaron a la toma del Capitolio para impedir la certificación de la victoria electoral de Joe Biden. Para dejar aun más clara su posición, será el primer presidente estadounidense desde 1869 que rehúse asistir a la inauguración del próximo 20 de enero. Estos rasgos individuales entonces, acompañados de un partido cada vez más inclinado a la derecha y de una turba dispuesta a recurrir a la violencia fueron centrales para antes y durante los sucesos en torno al Capitolio. Y quizás estos elementos sigan identificando al trumpismo fuera del poder. Muchos de sus votantes son la expresión del descontento derivado de las consecuencias de las transformaciones antes mencionadas y del malestar potenciado por la pandemia; varios de sus partidarios más fanáticos, sin embargo, son portadores de una idea y un convencimiento: mantener el “poder blanco” (y masculino) en Estados Unidos.
  • Las crisis institucionales no son efímeras. Primero, en Estados Unidos se han superpuesto varias crisis; la política, la social, la económica, la racial, la identitaria e incluso la internacional, pues todas las variaciones de la búsqueda de primacía (la de Bush hijo, la de Obama y la de Trump) debilitaron aún más a Washington y afectaron su prestigio, influencia y credibilidad. Segundo, la clave es y será cómo administrar una crisis y cómo superarla. Y ello conduce a reflexionar sobre la cuestión de la hegemonía. En condiciones de relativos equilibrios políticos (Trump obtuvo 74 millones votos, la mitad del Senado está en manos republicanas y el partido aumentó sus legisladores en la Cámara de Representantes y controla 27 de las 50 gobernaciones, al tiempo que la Corte Suprema tiene ya una fuerte mayoría conservadora) con alta polarización partidista y agudo agrietamiento social asegurar la hegemonía de tal o cual coalición de fuerzas no es sencillo ni seguro. Es bien probable que la crisis de la democracia estadounidense persista más allá del inicio de un nuevo gobierno demócrata. En efecto, si los demócratas incumplen la agenda de reformas insinuadas en la campaña y el trumpismo perdura como proyecto (el 7 de enero Trump afirmó en un video que buscaba eludir el acorralamiento político en el que estaba: «our incredible jouney is just beginning«), el trauma del auto-putsch estará vigente por mucho tiempo. Como también sería de esperar la profundización de la crisis interna con sus inmensas e imprevisibles repercusiones internacionales.

 

- Juan Gabriel Tokatlian, Vicerrector de la Universidad Di Tella.

 

El Cohete a la Luna - 10 de enero de 2021

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