“Hay que regular el extractivismo del conocimiento público”

La economista Cecilia Rikap analiza el funcionamiento de los grandes monopolios digitales que hoy dominan el mercado mundial y cómo la apropiación privada del conocimiento, a partir del análisis de grandes cantidades de datos y de la colaboración con el sistema científico, genera nuevas formas de innovación y una posición dominante que vuelve cada vez más poderosas a estas empresas.

El momento de la locura total

El partido había terminado y la hinchada pedía a coro la renuncia del director técnico. Este se acercó a los periodistas con su melena rojiza revuelta, y dijo: "Es un momento de locura total pero a mí no me van a volver loco". Quince años después, aquella frase puede describir la situación de cualquier individuo rodeado de terraplanistas, antivacunas y negadores de pandemias. Al considerarnos a salvo de ese delirio colectivo ("a mí no me van a volver loco"), la sensación es reversible: aquellas buenas gentes deben sentirse acechadas por energúmenos que creen que la Tierra es redonda, se inyectan sustancias solo porque el gobierno lo dice, o insisten en usar barbijo y saludarse con el codo.

Tus zonas erróneas

Un nuevo diagnóstico sobre los efectos nocivos de los monopolios de la economía digital se suma a los cuestionamientos ya existentes hacia el poder de Google y Facebook, realizados por un coro político, social y económicos. ¿Se vienen nuevas reglas de juego para el capitalismo de plataformas? Martín Becerra analiza documentos del gobierno del Reino Unido que proponen regulaciones en el sector.

Hacia la justicia digital

La rapidez de penetración y el alcance ubicuo de las tecnologías digitales en la sociedad no tienen precedentes. Las numerosas y variadas aplicaciones, muchas de gran utilidad o encanto, en pocos años se han tornado casi imprescindibles, a veces incluso adictivas, lo que hace que su uso se generalice, acríticamente.

La cultura se descarga

Me voy a despejar un poco», piensa el tipo, que viene de nueve horas de oficina, respondiendo emails de proveedores y atendiendo llamados. Pero pasa que dice eso en medio del subte, bastante lejos del control remoto, del Fútbol para Todos y del porroncito de cerveza que se reserva para ciertas noches. El hombre, que ronda los 35 años, que no gana mal, saca uno de esos celulares modernos a los que llaman smartphones (teléfono inteligente), que parece que sirvieran para todo (a veces, también para hablar por teléfono). Entonces se debate entre escuchar música, leer la última novelita de Dan Brown, ver el último capítulo de una serie, jugar el juego de naves que se bajó hace unos días o revisar los emails y las cuentas de las dos o tres redes sociales en las que «está». No importa mucho qué elija, porque antes de llegar a la combinación va a tener que interrumpirse dos veces porque le llegó un sms de uno de sus compinches sabatinos o recordó un correo de trabajo que quedó sin enviar. Delicias de la nueva digitalidad omnipresente que se vuelca a los consumos culturales.