¿Por qué nadie habló de los trabajadores de plataformas?

Emiliano Falcón


El activismo laboral, impensable años atrás, es imposible de soslayar en el análisis de la suspensión de las redes sociales de Donald Trump.

Los mil y un debates

Los acontecimientos de las últimas semanas en Estados Unidos, montados sobre los del año pasado, abrieron demasiadas sucesiones de debates. Algunos son más útiles que otros. Todos comparten algo: ninguno tiene aún una resolución definitiva o, más que definitiva, tranquilizadora para nuestros esquemas y algoritmos mentales. 

En primer lugar, algunos discutieron la composición socioeconómica de las bases del Partido Republicano que agitadas por su líder decidieron intentar un golpe de Estado invadiendo el Congreso de los Estados Unidos en plena certificación electoral. Otros eligieron envolverse en la apelable definición de fascismo y su aplicación al Partido Republicano, en general, y a Donald Trump, en particular. 

En segundo lugar, también estuvieron aquellos que remarcaron los peligros y límites estructurales realmente existentes en las democracias occidentales. Los menos generalistas optaron por la redefinición de lo que es un golpe de Estado. Cartón lleno: la posibilidad de un golpe se representó en la república democrática contemporánea más antigua del mundo.

Finalmente, estuvieron les que discutieron todo eso, junto.

La noche de los Términos y Condiciones

La gota que rebalsó el vaso con demasiada agua fue la decisión de suspender la cuenta de Twitter de Donald Trump, actual presidente de los Estados Unidos. La razón esgrimida por el top management de la compañía fue, palabras más palabras menos, que usar Twitter para incitar una insurrección armada contra el Congreso viola los términos y condiciones de la plataforma. 

Antes de Twitter, Facebook había tomado la misma decisión. Después de Twitter, siguieron la mayoría de las plataformas y redes sociales en Internet, desde Spotify a Reddit, pasando por Snapchat y Pinterest. Posteriormente, y en una operación de pinzas, Google, Apple, y Amazon virtualmente dieron de baja la plataforma Parler.

Entramos así en un terreno donde elementos del análisis político, social, legal, y cultural tan disímiles como los principios jurídicos, los derechos, las palabras, las tecnologías, internet y las ideologías entraron en un agujero de gusano. De salir, no van a seguir siendo los mismos. 

En el aire virtual de la pandemia hay una sensación tímida, pero constante, de que los últimos días fueron días donde los marcos teóricos parecen deshacerse (¿dónde está el poder?), derechos antiquísimos adquieren nuevas significaciones (¿libertad de expresión?), las autoridades estatales languidecieron (¿languidecieron?) y las ideologías parecen desdibujarse por completo.  

Quedamos frente a los infinitos medios de comunicación que tenemos a nuestra disposición, absortos, observando como las puertas de Internet al final no estaban tan abiertas. O quizás, tenían trabas escondidas a la luz del día.

Dentro de la escupidera virtual, sin embargo, la posmodernidad metió la cola. Hubo pocas, o quizás ninguna, mención al rol de los trabajadores de la industria de la tecnología y de las redes sociales, y el papel que les cabía en toda esta película. 

Hoy, aquí, me interesa hablar de ellos. ¿Quiénes son? ¿Qué estuvieron haciendo estos años? ¿Cuál es su rol?

El Proyecto Maven

El 4 de enero un grupo de trabajadores de Google y su compañía madre, Alphabet, anunciaron que se organizaron políticamente en un sindicato. No fue una noticia que pasó desapercibida. A fin de cuentas, no todos los días se crea un sindicato nuevo. Sin embargo, los análisis de los días posteriores la relegaron y nunca terminó de conectar con el resto de los cuadros. Rebobinemos, entonces, el guión.

Ubiquémosnos hace un poco más de dos años y medio. Era 2018 y los tuits de Donald Trump eran decretos reales que decidían el destino de funcionarios y políticas públicas. Nadie se salvaba.

El 4 de abril, se conoció que más de tres mil trabajadores de Google elevaron una petición a su CEO, Sundar Pichai, exigiendo “una política clara que indique que ni Google ni sus contratistas construirán tecnología para la guerra”. El desencadenante fue la oposición al desarrollo de una aplicación de inteligencia artificial para que los drones militares pudiesen reconocer objetivos sin asistencia humana directa. La aplicación estaba auspiciada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos y la nueva joya de su corona: El Proyecto Maven

El Proyecto Maven, como todo digno emprendimiento pentagonal, es académico, es público, y es privado. Su objetivo es utilizar el enorme volumen de datos a disposición del Departamento de Defensa y transformarlos, para crear “actionable intelligence and insights,” lo que sea que eso quiera decir. 

En esencia, más no en escala, el Proyecto Maven no es distinto a lo que las personas, las empresas y los países del mundo están haciendo en mayor o menor medida. Por un lado, acelerar la integración de las operaciones usando el big data, la inteligencia artificial, y el machine learning. Por otro lado, llevar el oxidado aparato de operaciones fuera de la era industrial y hacia la nueva era de la información. Naturalmente, Google fue número puesto en ese esfuerzo colectivo.

 Pero ocurre que todo siempre se termina rajando. Por esa rajadura, por ahí mismo, entra la luz. 

“Google no debe estar en el negocio de la guerra,” exigieron sus trabajadores. ¿Será que cuando los trabajadores dicen “Google,” en realidad dicen ellos mismos? ¿Será que habrá despertado la conciencia de que ellos son Google? ¿Pero entonces, Google no es los papelitos digitales que se venden y compran en la bolsa? ¿Será que Google es sus trabajadores y sus creaciones, trabajo intelectual plasmado en códigos fuente? 

Dos meses después, Google anunció la cancelación del contrato con el Departamento de Defensa. En julio del año siguiente, y luego de otra saga de rebelión en la granja, la empresa canceló definitivamente el desarrollo de un proyecto propio -Firefly-, que buscaba acomodar su tradicional buscador a las exigencias de vigilancia y censura impuestas por el mercado de China.

¿El diluvio o la marea?

La organización política del trabajo no es una novedad. El involucramiento de las empresas de tecnología con la guerra, menos aún. Vergonzosamente famoso y convenientemente anecdótico es el caso de IBM y su rol durante el Holocausto (los nazis usaron, entre otras aplicaciones, las icónicas tarjetas de 80 columnas y 12 hoyos de perforación en cada una para administrar y contabilizar el horror en sus campos de concentración y exterminio).

La novedad, en cambio, fue la intersección casi dialéctica de ambas. Fue un acto colectivo e irreverente; pura agencia. Google y guerra, asuntos separados. Y luego, una marea, casi que salida de un clásico manual de formación sindical.

Primero, aparecieron los ceses de actividades. Uno en respuesta a los desmanejos de Google en los casos de acoso sexual y laboral. Otro en respuesta a los muebles que Wayfair quiso vender a los centros de detención de niños inmigrantes. Otro para protestar por despidos de trabajadores que no eran ellos.

Segundo, los trabajadores desarrollaron tácticas y estrategias políticas. Las hubo tradicionales. Por ejemplo, en la oposición a la nueva liberalización laboral que representa la gig economy. También las hubo partidarias, como en la participación en campañas de diversos candidatos. Y siguieron los intentos para crear más sindicatos.

Tercero, brotaron ejercicios intelectuales. Asomaron reflexiones acerca de lo que significa ser un trabajador en la economía digital del siglo veintiuno. Y hubo autoafirmaciones: “Sí, somos trabajadores,” se dijeron a sí mismes. Porque pensar es importante, pero pensarse lo es aún más.

Cuarto, hubo y habrá rompehuelgas. 

Quinto, los periodistas del Wall Street Journal hablaron.

Pero, ¿y si solo es un mero diluvio?

Días del futuro pasado

Este escenario de activismo laboral, impensable años atrás, es imposible de soslayar en el análisis de la suspensión de la cuenta a Donald Trump en las diversas plataformas. No fueron solamente Jack Dorsey, Sundar Pichai, o la dupla Mark Zuckerberg-Sheryl Sandberg (no sería tan alocado pensar que fue pese a ellos; con sus bolsillos e influencia alimentados durante años por los exorbitantes números de engagement de Donald Trump y su ecosistema). 

También fueron los trabajadores organizados en el Sindicato de Trabajadores de Alphabet que pidieron remover a Donald Trump de YouTube. También fueron los empleados de Facebook que vieron sus comunicaciones internas interrumpidas por presionar para que sus superiores hiciesen algo. También fueron los trabajadores de Twitter que se organizaron para exigirle a Jack Dorsey que remueva a Trump de la plataforma que ellos, no Jack, desarrollaron y desarrollan. 

Porque si todavía creemos que los trabajadores tienen un rol fundamental en el valor de la mercancía, esta nueva vieja energía, abarrotada y caótica, es un llamado de atención. Será un buen ejercicio seguir su evolución. Y pensarla, para los días del futuro pasado que ya llegaron.

- Emiliano Falcón, cada tanto me preguntan por qué soy abogado. Contesto que no sé muy bien. Todo empezó cuando me interesó estudiar los encantamientos que transforman las opiniones de algunas personas en reglas obligatorias para todas. Ahora pienso y diseño leyes y políticas públicas para regular, controlar, y/o prohibir tecnologías de vigilancia en Massachusetts, Estados Unidos. Entre las cosas con las que trabajo están la privacidad en las redes sociales, la tecnología de reconocimiento facial, y el uso de algoritmos para tomar decisiones que afectan la vida y los derechos de las personas.

 

Cenital - 17 de enero de 2021

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