El conurbano está solo y espera

Comencé a militar políticamente con dieciséis años, en el peronismo de Florencio Varela. Viví como todos los argentinos y argentinas la convertibilidad, el estallido de 2001 y la recuperación de la esperanza que puso en marcha Néstor Kirchner. Luego viví el declive silencioso pero ostensible que produjo la irrupción cambiemita. Ahora transito (transitamos) este presente cargado de interrogantes e inquietudes.

Odio las tomas

Todo el sistema político, incluidos varios dirigentes del espacio político al que todavía pertenezco, se han apresurado a decir que las ocupaciones de tierra son delito. Algunos incluso han sostenido su posición con afirmaciones que atentan contra la dignidad de familias pobres, desesperadas, que buscan un pedacito de tierra para dejar de padecer el hacinamiento, porque no pueden pagar más el alquiler de la piecita o porque directamente están en la calle. Otros, sin llegar a tales extremos, buscan cubrirse de los huevazos mediáticos poniendo adelante el cuerpo de algún “ocupa”. Se lavan las manos.

Un Estado más ágil para los sectores vulnerables

El vínculo institucional entre el Estado y las organizaciones sociales es como un rompecabezas donde las piezas son de diferentes cajas, no encastran. Los políticos quieren la foto, nosotros la obra, y en el medio hay un montón de papeles y procesos que no tienen nada que ver ni con la foto ni con la obra. El sistema funciona de tal manera que es mucho más fácil hacer una consultoría y cobrar millones de dólares por algo que no tiene ninguna injerencia en la realidad que, por ejemplo, venderle barbijos hechos por cooperativas textiles al Ministerio de Salud en medio de una pandemia.