¿Nueva normalidad o más de lo mismo?

Daniel Kostzer


¿Cómo será la denominada nueva normalidad? ¿Cambiará el mundo del trabajo de forma más o menos estructural? ¿Serán estos cambios para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores asalariados? Este y otros tantos interrogantes desvelan a aquellos que por diversos motivos tratan de imaginar el futuro inmediato. Los indicadores objetivos son confusos, no conclusivos y a veces hasta desalentadores, en especial si se intenta volver a lo viejo.

En efecto, el Informe Mundial de Salarios de la OIT muestra que, inclusive antes de desatarse la pandemia, los salarios a nivel mundial habían desacelerado su crecimiento de los últimos diez años, de manera significativa. El crecimiento del periodo 2016-19 había sido de entre 1,6 y 2,2 por ciento en términos reales, aunque si se excluye China, con un gran peso relativo y significativo aumento de salarios de la muestra, estos guarismos se reducen a un magro 0,9 y 1,6 por ciento.

America Latina, que atestigua un crecimiento en términos reales del 2 por ciento anual entre 2006 y 2014, muestra un promedio de 0,5 por ciento en los salarios promedios desde 2015. En Argentina los valores fueron fuertemente negativos. Obviamente, estos resultados se reflejan también en la inmovilidad o empeoramiento en los datos de la pobreza y de la participación de los salarios en el producto bruto total.

La sabiduría canónica presenta la predica de que los salarios deberían moverse conforme los aumentos de la productividad, pero según el informe de la OIT si se pone como base el 1999, hoy la productividad llegó casi al 20 por ciento de aumento en términos reales, mientras que los salarios en promedio están aun por bajo del 10 por ciento en relación a idéntica base. Algo no funcionaba, inclusive antes de la pandemia. Esto se reflejó en el indicador de la participación de los salarios en el producto bruto, que fue en 2019 menor al promedio de los '90.

Los análisis realizados a partir de marzo de 2020 describen un panorama más sombrío. Hay una caída en los salarios en términos reales como producto de dos fenómenos concurrentes: los despidos de trabajadores y la reducción de las horas trabajadas. Este fenómeno no impacta en todos los trabajadores por igual. Mujeres, jóvenes y trabajadores de categorías más bajas o con menor antigüedad en sus puestos ven sus ingresos caer a casi el doble de velocidad en promedio que el de los denominados trabajadores centrales, o sea varones de entre 29 y 50 años. Como siempre, los periodos de crecimiento favorecen a ciertos colectivos, mientras que los de caída golpean más a otros.

Paradójicamente, existen países donde se incrementó el ingreso promedio de los asalariados durante la pandemia. Es el resultado de un fenómeno denominado efecto composición, donde los que son despedidos o declarados prescindibles, permanente o temporariamente, son justamente los trabajadores de menores ingresos, de tareas de menor calificación y, por lo tanto, desaparecen del cálculo. Así, quedan solo aquellos de mayores ingresos, que aumentan de manera aritméticamente artificial el salario promedio. El mercado de trabajo tiene muchos signos que son engañosos para el sentido común del pensamiento neoclásico de la economía.

Otro tema que quedó en manifiesto con la pandemia fue el comportamiento diferencial entre países cuyos gobiernos tomaron medidas compensatorias o paliativas y los que no. De acuerdo a las estimaciones de la OIT, estas intervenciones redujeron aproximadamente en un 40 por ciento el impacto negativo sobre los ingresos de los asalariados. Es el estado, y no el mercado, el que puede, no solo compensar a los trabajadores, sino mantener los planteles de trabajadores listos para retomar la producción a medida que las restricciones sanitarias lo permitan.

¿Qué deparará el futuro? Nuevamente será mas estado, más planificación y coordinación de políticas salariales, fiscales, monetarias lo que marcará el camino a seguir para lograr una recuperación mas rápida pero, sobre todo, más equitativa y centrada en el desarrollo humano. Y en este sentido, a pesar de lo que pretenden algunas vociferantes declaraciones amplificadas por medios de comunicación tradicionales y los nuevos medios de amplio alcance, institutos tales como el salario mínimo y la protección de las fuentes de trabajo se erigen como la única alternativa. Esto no solo como un imperativo categórico de equidad, sino también como un vehículo de crecimiento en un mundo donde se replantearán muchos de los dogmas hasta ahora conocidos.

La determinación de los salarios mínimos adecuados, conforme establece el Convenio 131 de la OIT -tomando en cuenta las necesidades de los trabajadores y sus familias, como las condiciones de la economía-, adquiere una relevancia central. Y para esto se requiere trascender las creencias y basarse en la evidencia estadística y empírica para la fijación de lo que debe ser el piso sólido del mercado de trabajo, donde nadie debe recibir una remuneración por debajo del mismo.

Esto también implica la expansión de la cobertura del salario mínimo a sectores que están excluidos de su aplicación, así como también extremar las medidas para su cumplimiento. Como se observa en el Informe Global de este año, el salario mínimo es una de las herramientas más efectivas y eficientes para la reducción de la pobreza y la mejora de las condiciones de vida de vastos sectores de la población mundial.

Claró está que se vendrán discusiones sobre la jornada laboral, el teletrabajo, los arreglos particulares, esta especie de “ensayo general del futuro” que nos impuso la pandemia. Pero no caben dudas que si se aspira a una rápida recuperación, con equidad social, la nueva normalidad se debe asentar como pilar fundamental en políticas salariales justas y que remuneren el esfuerzo de los trabajadores de manera substantiva. Y no como ha sido hasta ahora.

- Daniel Kostzer, Economista y miembro de la Unidad Regional de Análisis Económico y Social de la oficina de la Organización Internacional del Trabajo en Asia-Pacífico.

 

Cenital - 12 de diciembre de 2020

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