Susan Neiman, filósofa: “El wokismo le ha generado rechazo a mucha gente y la derecha ha sabido explotarlo”

Eduardo Minutella

La académica estadounidense, especialista en filosofía moral y estudiosa de procesos vinculados a la izquierda, la memoria y el nazismo, acaba de publicar “Izquierda no es woke”, en donde analiza el fenómeno del wokismo y qué implica para derechas e izquierdas a nivel global.

En su reciente Izquierda no es woke, la filósofa moral estadounidense Susan Neiman retoma desde posiciones progresistas una categoría que recientemente ha ganado espacio en el discurso público. Experta en filosofía kantiana y en las ideas de la Ilustración, Neiman ha decidido escribir un ensayo de intervención alarmada por lo que ve como un avance del wokismo, tanto en su país de origen como en Alemania, donde vive y enseña.

En su libro realiza dos operaciones arriesgadas. En primer lugar, se anima con un concepto usualmente utilizado por las derechas radicalizadas, para demarcar dos campos –el “universalista” y el “tribalista”– que delimitarían quienes de las personas que se autoperciben de izquierdas efectivamente lo serían. En segundo lugar, Neiman se niega a considerar a lo woke como un mero mote despectivo utilizado para descalificar demandas y prácticas progresistas. Al contrario, considera de ese modo a un conjunto de grupos, prácticas y actores concretos. Por lo tanto, el libro ha suscitado críticas y debates, pero también un fuerte interés, que la ha llevado a presentarlo en distintos lugares del mundo.

A lo largo de los intervalos de esa gira, y por escrito, se ha producido este intercambio sobre uno de los tópicos del momento. 

–En Argentina, su último libro ha suscitado debates importantes. Algunos lo hemos considerado necesario e interesante, pero también ha generado críticas en algunos sectores de la izquierda. ¿Qué la motivó a proponer una lectura tan desafiante sobre la expansión de la cultura y los métodos woke?

–Mi español es mínimo, así que no he leído los debates, pero sospecho que serán similares a los debates que se dieron en otros lugares, y por eso cuestiono que esas críticas pertenezcan al “campo de la izquierda”. Lo que me motivó a escribir el libro es que, tanto yo como muchos de mis amigos y colegas que habían pasado su vida en la izquierda, estábamos cada vez más descontentos con la expansión del wokismo; como dijo un amigo francés: “Quizás ya no soy de izquierdas”. Mi respuesta fue reflexionar sobre qué constituye la izquierda hoy en día, en un sentido normativo, y analizar qué aspectos del wokismo divergen realmente de los supuestos filosóficos tradicionales de la izquierda. El wokismo está, sin duda, impulsado por emociones de izquierda: el deseo de apoyar a quienes han sido oprimidos o marginados, el afán de corregir errores históricos. Pero, en forma no intencionada, esas emociones se combinan con supuestos filosóficos muy reaccionarios. Por eso es tan difícil definir al wokismo; no es un concepto coherente, ni siquiera una visión del mundo. Cuando comencé a escribir el libro en 2022, me preocupaba que muchas personas inmersas en el wokismo se estuvieran alejando de la izquierda, y eso ha sucedido.

El wokismo está impulsado por emociones de izquierda. Pero, en forma no intencionada, esas emociones se combinan con supuestos filosóficos muy reaccionarios.

–¿Le ha causado algún problema la popularidad del libro?

–No. Al principio, algunos amigos temían que la derecha lo instrumentalizara. Eso no ocurrió, en parte porque he intentado no conceder entrevistas a medios de derecha, aunque puede que me haya equivocado en países cuyo panorama mediático desconozco. Pero pensé que escribir que soy socialista en la primera página sería suficiente para evitar la popularidad entre la derecha. Me alegra especialmente que se esté hablando tanto del libro en español e incluso me he comprometido a aprender mejor español como resultado.

–En Izquierda no es woke usted señala que durante la campaña electoral estadounidense de 2016 nadie usaba el concepto woke. Casi una década después el vocablo parece omnipresente en el discurso de las derechas. ¿Por qué considera que se ha instalado en la discusión pública con tanta celeridad?

–El wokismo le ha generado rechazo a mucha gente y la derecha ha sabido explotar ese rechazo. A los progresistas no les gusta decirlo en público, pero en cuanto se sienten seguros, te sorprendería saber cuánta gente empieza a despotricar sobre este o aquel tema woke, por ejemplo, a priorizar el uso de tal o cual pronombre por sobre el derecho al voto. Mi libro ha sido popular porque expresa una forma de rechazar al wokismo sin dejar de ser genuinamente de izquierda. Pero el libro no es tan popular, por supuesto, e incluso si lo fuera, un solo libro no basta para contrarrestar los planes siniestros de gente como Trump. Él y los de su calaña instrumentalizan una insatisfacción general con el wokismo —y una incertidumbre sobre lo que significa ser de izquierda en este siglo— para atacar cualquier proyecto izquierdista de justicia social o de erradicación del racismo, el sexismo y la homofobia.

–No son tantos los autores que han utilizado el concepto Woke por fuera del campo de las derechas, aunque es cierto que en los últimos años ha estado presente en reflexiones de intelectuales como Yascha Mounk, John Gray o usted. Por qué le parece que desde posiciones de izquierda habría que darle entidad a lo woke como un fenómeno real, y no como un simple mote peyorativo de las derechas para caracterizar al progresismo.

–Yasha Mounk se describe a sí mismo como un liberal clásico, y yo considero a John Gray un conservador clásico, así que no considero que sus posturas sean de izquierdas, aunque me encantaría formar parte de un frente popular con un liberal como Mounk. Pero creo que es fundamental que la gente de izquierdas reconozca este fenómeno, que es muy real. Comenzó en las universidades, pero se ha expandido a los medios de comunicación y al mundo cultural. Me sorprendió la cantidad de países que querían traducir el libro. En las charlas sobre el libro, a veces empiezo diciendo: «Este libro surgió de conversaciones que todos ustedes han mantenido en privado», y todos sonríen y asienten. Pretender que «woke» es simplemente un término peyorativo para desestimar los valores progresistas es cerrar los ojos ante una tendencia real que amenaza el crecimiento de la izquierda. Demasiadas personas asocian izquierda con «woke» y abandonan a ambos.

–¿Y cuál sería la matriz común entre izquierda y woke, y en qué sentido afirma que los movimientos autocentrados en lo identitario y tribalista no serían de izquierdas?

–Como dije antes, lo principal que comparten la izquierda y el wokismo es cierta emocionalidad: el deseo de apoyar a los oprimidos. Y por supuesto que yo también lo comparto. Pero la razón por la que queremos apoyarlos es que los opresores les han negado la humanidad a los oprimidos. Y si no actuamos desde la base de esa humanidad común, corremos el riesgo de perder la idea misma que motiva a la izquierda. Desde tiempos inmemoriales, la derecha ha insistido en que solo podemos tener conexiones reales, y por lo tanto, obligaciones reales, con quienes pertenecen a nuestra tribu. Ser de izquierda es afirmar nuestra humanidad común y buscar conexiones con personas de todo el mundo.

 Quizás un ejemplo de mi actual trabajo político en Alemania resulte esclarecedor. Hace unos cinco años, el gobierno alemán y la mayoría de los medios de comunicación alemanes decidieron que, debido al genocidio judío perpetrado por Alemania hace 80 años, tenían la obligación de solidarizarse incondicionalmente con el Estado de Israel. Yo y algunos colegas, la mayoría judíos universalistas, hemos insistido, por el contrario, en que la lección del Holocausto no es «Nunca más para los judíos», como insisten Netanyahu y sus seguidores, sino «nunca más para nadie». Esto implica defender el derecho internacional y condenar lo que se ha convertido en un genocidio en Gaza, como insisten ahora casi todas las organizaciones de derechos humanos. Los alemanes se centran en su papel como perpetradores del pasado y en los judíos como minoría perseguida. Quienes hemos insistido en defender los derechos humanos universales a menudo hemos sido censurados o cancelados; los musulmanes que lo han hecho incluso han perdido su trabajo. Por eso seguimos trabajando para cambiar esas decisiones represivas y demostrar lo importante que es no sólo centrarse en las minorías perseguidas sino insistir en la humanidad universal.

–En su libro se hace hincapié en los límites del victimismo como discurso político para construir una política de izquierdas. ¿Por qué? 

–En el libro que estoy escribiendo profundizaré este tema con mucho más detalle, pero, para decirlo en forma concisa: el victimismo es una postura pasiva. Centrarse en las víctimas es centrarse en lo que el mundo nos ha hecho, no en lo que podemos hacer en él. Claro que esto en su momento supuso un paso progresista, en un mundo que solía olvidar a las víctimas y dejar que los vencedores escribieran la historia. Pero nuestra obsesión con el victimismo nos ha llevado a valorar a las víctimas per se, cuando deberíamos saber que el victimismo no es en sí mismo una fuente de valores. También puede generar trauma y resentimiento, y es una afirmación fácil de abusar.

Fíjense en quién afirma ser la mayor víctima a nivel mundial: Donald Trump. Es ofensivo oírle hablar de lo injustos que son todos con él, pero es lo suficientemente astuto como para ver que, en el discurso contemporáneo, esa condición de víctima puede resultar ventajosa. Y sus seguidores se identifican con ello.

–Otro aspecto muy interesante de su libro es el análisis sobre los modos en que se ha malinterpretado o ignorado a la tradición ilustrada. ¿Por qué le parece que en las últimas décadas ha sido menoscabada por buena parte de personas que se autoperciben de izquierda?

Las críticas a la Ilustración provienen de numerosos teóricos poscoloniales que a menudo no han leído ni un solo texto del pensamiento ilustrado, ni siquiera el Cándido de Voltaire, que es fácil de leer y presenta una diatriba increíble contra la crueldad europea, las jerarquías feudales, la esclavitud y el colonialismo. Ese libro por sí solo debería socavar la visión poscolonial de que el pensamiento ilustrado es un esfuerzo eurocéntrico para apoyar el colonialismo. De hecho, fue la Ilustración la que inventó el reproche del eurocentrismo e insistió en que Europa necesitaba aprender de otras culturas. Sus ataques al colonialismo y la esclavitud solo tuvieron éxito más tarde; como los intelectuales de izquierda en todas partes, los ilustrados no ganaron todas sus batallas. Pero quien crea que fueron responsables del colonialismo debería releer sus textos.

Cabe destacar que la teoría poscolonial no es lo mismo que el pensamiento anticolonial, aunque algunos teóricos poscoloniales suelen sugerir que criticarlos equivale a ser imperialista. Se puede ser anticolonialista basándose en los principios de la Ilustración, es decir, en una humanidad compartida. La idea de que Occidente, o Europa, es innatamente rapaz y malvado, mientras que los pueblos indígenas, o el Sur Global, son innatamente inocentes y buenos es tan absurda como la idea de que Europa es la fuente de la civilización y el Sur Global es bárbaro. Pero, por desgracia, a la gente le gustan los binarismos. Y quienes nos dedicamos a escribir debemos desafiarlos.

–Según afirma, el universalismo implica una operación más abstracta y compleja que el tribalismo. ¿Considera que la simplificación dicotómica y el tono agresivo imperante en las redes sociales se vincula mejor con estas últimas posiciones?

–Es una buena pregunta, y creo que las redes sociales han empeorado las cosas, aunque creo que el problema es más profundo. No uso la palabra “identitarismo” porque presupone lo que necesita demostrar, es decir, que la identidad de las personas está realmente determinada por dos factores sobre los que no tienen autonomía: el origen étnico y el sexo. Pero el tribalismo es un fenómeno muy antiguo, y su renacimiento ocurrió antes de las redes sociales; creció mucho en los años 80 y, sobre todo, después de 1991, a medida que se desacreditaban los ideales de una política socialista común.

Solo me di cuenta de lo mucho que el universalismo es una abstracción al releer a Foucault mientras trabajaba en este libro. Foucault escribió que la “humanidad” es una idea inventada en el siglo XVIII. Como la mayoría de las ideas del siglo XVIII, pensó que desaparecerían y deberían desaparecer “como la escritura en la arena”. Y, en cambio, pienso que esa invención del siglo XVIII hay que valorarla, en la medida que permitió que hiciéramos abstracción de todas las diferencias entre las personas que se daban por sentadas en aquel entonces: las diferencias entre aristócratas y campesinos y todas las clases sociales; y entre personas de diferentes lenguas y culturas. Observar ese mar de diferencias y poder abstraerse de ellas y postular una dignidad humana común fue un logro importantísimo y debemos esforzarnos por mantenerlo.

–En la conclusión del libro hace un llamado a la reconstitución de un frente popular para confrontar con las nuevas derechas radicalizadas: ¿hay lugar para conciliaciones políticas posibles entre izquierdas democráticas universalistas y tribalistas woke, si estos últimos, como usted afirma en su libro, comparten matrices filosóficas con las derechas?

–Yo espero contribuir a ese diálogo. Nos enfrentamos a una amenaza fascista internacional. Cuando escribí estas líneas, vi a Trump como un peligro, pero nadie predijo la rapidez con la que actuaría para crear toda la maquinaria del fascismo. Y a muchos políticos de todo el mundo les resulta fácil pensar: «Si el presidente estadounidense lo hace, ¿qué me detendrá?». Escribí mi libro por simpatía hacia muchos de los objetivos y emociones del wokismo, y mis hijos adultos probablemente se considerarían woke. Así que no veo al wokismo como un enemigo; lo veo como algo que, sin darse cuenta, socava a la izquierda con ideas terribles y, en ocasiones, con métodos autoritarios. Simplemente trabajo en la línea de la Ilustración.

–Entre los sectores que usted caracteriza como progresistas parece existir un rechazo a la idea de progreso, que durante décadas fue un elemento central de las tradiciones de izquierda. ¿Es posible recuperar esta noción desde una perspectiva de izquierda democrática en un contexto como el actual, caracterizado por polarizaciones extremas y la simplificación del debate público hipermediatizado?

Como dijeron Kant y Noam Chomsky, si no se espera el progreso, el mundo se acabará, pues si se pierde esa esperanza, se pierde la capacidad de actuar para prevenir el desastre. Es muy difícil mantener la esperanza en el presente. Pero ayuda recordar que, según ese razonamiento, la esperanza no es una emoción, sino una obligación moral. También encuentro esperanza leyendo y escuchando las luchas de héroes del pasado; mantener la esperanza es una forma de honrar sus sacrificios.

–Desde hace muy poco tiempo, el presidente argentino caracteriza como woke a todo el arco progresista local y global, sin distinguir matices, trayectorias, ni fundamentos filosóficos de ningún tipo. ¿Está al tanto de la experiencia argentina? Y si es así, ¿cómo encuadra esta experiencia en la ofensiva global de las derechas a nivel mundial?

–Como dije, solo conozco la experiencia argentina en forma, digamos, traducida; pero todo lo que he leído tiende a comparar a Milei con Trump. Y si eso es cierto, confirma lo que dije antes: políticos de todo el mundo están aprendiendo lecciones y tomando permiso de la retórica y las tácticas de Trump. Es algo que se puede ver en otros, como Orbán, Netanyahu, Modi o Erdogan. Siempre hay que ser cauteloso con las comparaciones con el fascismo, pero en este momento están justificadas, por lo que cualquier lucha antifascista debe ser internacional.

 

Fuente: El Diario Ar - Marzo 2025

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