La fragilidad de la abundancia de dólares

Martín Kalos
Los últimos años del Gobierno kirchnerista se caracterizaron por una batería de medidas para “cuidar los dólares”. Sucesivas agudizaciones del cepo cambiario, controles de capital, restricciones a las importaciones, gradual devaluación del tipo de cambio oficial, desdoblamiento con el “dólar blue” y créditos externos tomados por el BCRA fueron los mecanismos usados para intentar evitar la salida de reservas internacionales. Esto no es nuevo en Argentina: la restricción externa (la escasez de divisas) ha sido la maldición que ha fundado las bases de la mayoría de las crisis de los últimos setenta años. Pero el Gobierno macrista parece haber dejado atrás esas preocupaciones. ¿Por qué la restricción externa desapareció de la agenda del Gobierno?

La liquidación de parte de los inventarios acumulados por el sector agroindustrial (aunque a un ritmo menor al prometido al Gobierno), el ingreso paulatino de algunas primeras inversiones extranjeras y la toma de deuda en dólares por parte del Tesoro Nacional, el BCRA, las provincias y empresas radicadas en el país han engrosado las reservas internacionales. Estas se sitúan actualmente en torno a los US$ 31.000 millones: US$ 7.000 millones más que cuando Mauricio Macri asumió. Incluso hubo un pico de US$ 35.000 millones el 22 de abril (cuando ingresaron US$ 6.600 millones por la deuda colocada que excedía la primera cuota del acuerdo con los holdouts).

Sin embargo, la sangría de divisas no se ha detenido. Un nuevo pago al Club de París explicó la salida de US$ 507 millones en abril. La fuga de capitales, que desde 2007 no se ha detenido, se llevó US$ 3.646 millones en el primer trimestre de 2016. La apertura generalizada de las importaciones y del giro de utilidades a las casas matrices en el exterior implican también la liberación de una demanda de divisas acumulada en los últimos años, aunque las importaciones de insumos productivos todavía se vean contenidas por la recesión.

Estas tensiones continuarán en los próximos meses, sobre todo mientras el dólar continúe “barato”. El monto de las reservas también sufrirá si en noviembre no se renegocia el crédito de US$ 5.000 millones que dieron siete bancos transnacionales. Los US$ 6.600 millones ingresados en abril se irán utilizando para abonar los saldos restantes del acuerdo con los holdouts. La actual entrada de divisas por exportaciones agroindustriales se moderará en la medida en que los inventarios acumulados se vayan liquidando y la nueva cosecha sea menor a la de años pasados por las inclemencias climáticas. Es decir que, para fin de año, bien podrían las reservas internacionales quedar por debajo del mínimo de US$ 24.141 millones registrado el 17 de diciembre de 2015.

Pero Argentina es hoy un país relativamente poco endeudado en todos sus sectores y niveles: sólo en el Gobierno se prevé tomar hasta fin de año otros US$ 25.000 millones por distintos mecanismos de deuda. Todavía a cuentagotas, hay inversores extranjeros dispuestos a ir ingresando capitales al país. Además, a medida que esas tensiones se visibilicen, el BCRA aprovechará para concretar una nueva devaluación (intentando evitar su traslado inmediato a salarios y otros precios), lo cual también morigerará la demanda de dólares. En cuanto a las exportaciones, la recuperación parcial de los precios de las commodities ayuda a moderar los efectos de la crisis brasileña y la desaceleración china.

La restricción externa no ha desaparecido, sino que se continúan encontrando mecanismos para demorarla. ¿Cuánto tiempo puede posponerse una crisis por escasez de divisas? Hasta que alguna creencia de que las reservas internacionales son insuficientes se generalice y lleve a una demanda de divisas inafrontable por el BCRA. Esta crisis no se avizora hoy en el horizonte. Pero mientras la matriz productiva argentina continúe sin nichos que logren producir con alto valor agregado a costos competitivos a nivel mundial será siempre la inevitable piedra en el camino para la sustentabilidad de cualquier proceso de desarrollo nacional.

El Economista - junio de 2016

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