Con Eric Sadin en el Infierno Digital

Eric Calcagno

La tiranía se ejerce invisiblemente mediante cada smartphone, dice el filósofo francés.

“A mitad del andar de nuestra vida
extraviado me vi por selva oscura,
que la vida directa era perdida”.
Dante Alghieri, Infierno, Canto I.

Y sí, de vez en cuando uno se pierde en selvas oscuras. Suele pasar. Incluso en los tiempos digitales que vivimos. Pero si bien uno nunca se pierde dos veces en la misma espesura, surgen animales feroces: un león que representa la soberbia, un leopardo que llama a la lujuria, una loba que es la avaricia. Es cuando divisamos a Eric Sadin, reconocible por las vistosas camisas que ejerce. Válgame Virgilio. Vamos para allá, algo debe salir claro de este infierno, “que la vida directa era perdida”. ¿Será verdad?

Quizás todo comenzó en 2009, con la publicación de “Surveillance globale. Enquête sur les nouvelles formes de contrôle”, o “Vigilancia global. Investigación sobre las nuevas formas de control”. En esta primera obra sobre el tema, Sadin pasa del análisis clásico de Michel Foucault acerca de “vigilar y castigar” (1975) a constatar que “entramos en una era donde el control ya no se ejerce más por la coacción directa, sino a través de la integración invisible de dispositivos técnicos en el seno de nuestros gestos cotidianos”. Esta condición es legitimada por “un discurso sobre la seguridad que neutraliza toda crítica, cualquier objeción es peligrosa”. Como la novlang que describió George Orwell en 1984, en la cual la desaparición de las palabras haría imposible cualquier acción, “ya no se trata de castigar un comportamiento, sino de impedir el surgimiento de algunas posibilidades”. La técnica, nos recuerda Sadin, nunca es neutra, ya que siempre es portadora de una visión del mundo y de un proyecto de sociedad. Hace eco a otro francés, un poco anterior, ese tal François Rabelais que escribió en 1532 que “ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”.

Segundo círculo

Así es que comenzamos el descenso al segundo círculo del infierno. Es “La société de l’anticipation. Le Web précognitif ou la rupture anthropologique”, algo así como “La sociedad de la anticipación, la red precognitiva o la ruptura antropológica”, publicado en 2011. Aquí, nuestro Virgilio digital desarrolla que el eje del nuevo régimen es pasar de vigilar identidades a modelar comportamientos. Para ello es preciso preverlos e inducirlos. ¿Cómo? A través del establecimiento de parámetros que permitan perfilar el ser de cada uno y cada cual, de modo tal que las opciones sugeridas correspondan de antemano a los comportamientos deseados. Es la anticipación: ya sabemos lo que es bueno para ti, antes que lo sepas, pese a que lo ignores.

Tercer círculo

El tercer círculo del infierno nos muestra “La vie algorithmique. Critique de la raison numérique” (2015), que podría pasar por “La vida algorítmica, critica de la razón digital”. Atroz castigo para quienes lo sufren, que somos todos nosotros. Aquí es cuando leemos que la técnica ya permite pasar de la anticipación a la decisión. Para Sadin, “los sistemas algorítmicos ya no se contentan de orientar la decisión humana: la reemplazan”. Peor aún “Asistimos al advenimiento de una nueva razón del mundo, consistente en depositar nuestro entendimiento en sistemas técnicos”. Es una cuestión grave, pues los juicios morales que puedan realizarse sobre las acciones humanas ya no estarán regidos por el bien y el mal según las culturas y costumbres (que eso es la moral), sino en la perfección del hecho técnico. “Los algoritmos ya no describen lo real, indican lo que debe ser hecho”, dice Sadin mientras contempla el abismo. Luego se vuelve, nos mira y susurra por lo bajo “entregan nuestras decisiones a dispositivos que suponen superiores a nosotros”. Después alza los brazos y grita enojado “¡la pretendida neutralidad algorítmica es uno de los mitos más poderosos de nuestro tiempo!”. Mientras bajamos al cuarto círculo del inferno argumenta “una democracia privada de decisiones no es más que una puesta en escena institucional”.

Cuarto círculo

Sadin mira al piso. Aquí está, dice con un ademán del brazo para que la mano abarque el cuarto círculo del inferno. Es “La Silicolonisation du monde: L’irrésistible expansion du libéralisme numérique”, o sea digamos “La siliconización del mundo, la irresistible expansión del liberalismo digital” (2016). Como la fábula de la autorregulación de los mercados en base a las interacciones humanas ha caído, de una vez para siempre, ahora el neoliberalismo intenta convencer de que la solución a los problemas humanos será tecnológica, y que todo irá bien. Acumular errores, como el libre mercado, sostienen lo insostenible, como la indiscutible verdad tecnológica, y todo para santificar al egoísmo individual como la fuente de la felicidad común. Lo que es un pecado, por eso estamos en el infierno. Lo que no puede caer es la supremacía del capital en las relaciones de poder.

Aquí está, repite Sadin, más bajo. Silicon Valley no es el paraíso empresario de las innovaciones tecnológicas que nos “mejoran la vida” a diario… para los que pueden pagarla, y a los que no puedan se les impondrá. Silicon Valley es un centro de ingeniería social. Es la fábrica de los dioses con cabeza de silicio. Parece que viene del latín “sílex”, que es la piedra con la que nuestros ancestros conquistaron el fuego. Pero las chispas del silicio de hoy, en manos de las corporaciones auguran incendios más voraces que en el propio infierno. En efecto, la sacralización de la técnica como verdad suprema de lo existente entraña un disciplinamiento social, acota Sadin. El liberalismo digital supone la autorregulación por la técnica. Ya no se prevén ni se inducen comportamientos. Ahora se establece e impone un determinado modelo de sociedad. Bajo la forma de “progreso inevitable”, se redefine economía, política, subjetividad y democracia de una determinada manera que no admite cuestionamientos. “El Estado no desaparece: queda dependiente de las infraestructuras digitales privadas”. Vaya usted a votar, no importa, la técnica dirá lo que se hace. Y lo hará. Los centros de decisión ya no son pasibles de sufragio universal. El sistema silicio es totalizador. Es decir: totalitario, dice Sadin, mientras nos acercamos al quinto círculo del infierno.

Quinto círculo

“Es el momento”, dice Sadin, “en el que surge un antihumanismo de raíz”. Es lo que desarrolla en “L’intelligence artificielle ou l’enjeu du siècle. Anatomie d’un antihumanisme radical” (2018), algo que en castellano sería como “La Inteligencia artificial, o el tema del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical”. Sobre la base de lo estudiado, afirma que la “IA”, o la llamada “inteligencia artificial” está lejos de ser sólo una técnica, sino que es una tecnología que busca subsistir la dimensión y decisión humana por sistemas automáticos en cada actividad política, económica, social y cultural, del gobierno a los conflictos armados, de la salud al entretenimiento. Y más. Y todo. Sadin nos muestra en este quinto círculo del infierno cómo se forjan las normas que regirán cada ámbito de nuestra existencia. Es la olla donde se cocina la digital superioridad epistemológica y moral por sobre el ser humano. La persona es falible, “Lo humano ya es percibido como un factor de errores que conviene corregir o desechar”. No así de la tecnología, que jamás falla. En contra de los intereses de quienes la construyeron, claro. Porque esa desposesión democrática queda de manifiesto cuando “la inteligencia artificial se presenta como una evidencia histórica cuando en realidad es el resultado de una decisión política de magnitud”. Ese antihumanismo asegura el paso de la “asistencia” digital a la determinación del entendimiento, y a la sustitución del raciocinio del ser, de la humana capacidad de juzgar entre lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto, lo esencial o lo superfluo. Esas prácticas sociales civilizadoras tuvieron como base a la costumbre, a la cultura como proyección, y al Estado de derecho como la forma de establecer juntos. “La inteligencia artificial instituye un régimen normativo sin legitimidad democrática”.

Sadin me señala una parte de este quinto círculo del infierno. La visión es tan aberrante que sólo puedo pensar en Shakespeare, ya que la guerra con la que amenazaba Enrique V con ese “soldado ensangrentado y cegado, con turbia mano, deshacer los rizos de vuestras hijas, entre agudos chillidos; a vuestros padres, agarrados por sus barbas de plata, para estrellar sus venerables cabezas contra las paredes: vuestros niñitos desnudos ensartados en picas, mientras las madres enloquecidas rompen las nubes con sus aullidos confusos” es tan real que no sabemos si es otra infernal visión o noticias de genocidios que lograron burlar al algoritmo. “La guerra automatizada”, dice Sadin, “consagra un desentendimiento inédito de la responsabilidad humana”. Allí están las masacres y genocidios.

Sexto círculo

¿Y el ser humano? Le pregunto a Sadin. Me sonríe, con esa sonrisa que suelen tener los filósofos franceses de fuste cuando ironizan sobre la pregunta, sobre ellos mismos y sobre la realidad en general. ¿Todo puede ser peor? Es como llegamos al sexto círculo del infierno: “la era del individuo tirano” (2020). Nada del ruido y furor anterior, sino un páramo infinito con infinitos individuos dispersos en una tierra ajada, estéril. Silencio y viento, que trae los ringtones de los celulares, junto con un murmullo inaudible. La era del individuo tirano es el fin del mundo común. Del mundo en común, digo, del mundo juntos, ese que comenzó en África y en Asia, cuando las sociedades se hicieron sedentarias e inventaron dioses y leyes, allá lejos y hace tiempo. La dominación digital produce sujetos hiperindividualizados. Están convencidos de ser omnisapientes gracias a las aplicaciones que descargaron en los dispositivos, que por haber sido ellos quienes las eligieron sólo pueden ser las mejores, los que los hace infalibles a la hora de conocer el clima, pedir hamburguesas o tomar tales calles para evitar los embotellamientos. Pero así con todo. Para Sadin, “asistimos a la disolución progresiva de toda idea de un mundo común”, puesto que el individuo se cree soberano en manos de Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft. El diablo se viste en GAFAM. Eso hace al sujeto más ombliguista que nunca —si no me pasa a mí, no pasa nada— se siente obligado a postear las acciones que hace, desde comer hasta coger, detesta a los demás, con lo cual no puede ser sino pasto para cualquier forma de dominación digital. El ser-en-pantalla se supone soberano. “la opinión se convierte en una certidumbre inatacable”. ¡Mejora tu experiencia! Le dicen las aplicaciones. No le dicen: mejora tu conciencia. ¡Sé un productor de contenido! Nunca un creador de sentido. Las plataformas digitales fomentan un régimen de expresión continua, donde existir equivale a manifestarse en público, si es posible impúdico. La expresión reemplaza al entendimiento; la visibilidad sustituye a la argumentación. “Una democracia sin mundo en conjunto” (mundo común) “no es más que un trámite sin pueblo”. Por eso es necesario rehabilitar lo común contra la tiranía de las subjetividades que sólo gerencian likes como sensibilidades, porque el conjunto de individuos es sensibles a los likes. Eso no es una sociedad. Y sin embargo cualquier intento de regulación pública o la expresión de algún saber científico son vistos por las redes como un ataque a la libertad de expresión. O peor aún, a las posibilidades de existencia digital.

Séptimo circulo

El séptimo circulo nos lleva a “La vie spectrale. Penser l’ère du métavers et des mondes virtuels (2023)” que en buen crestiano es “La vida espectral. Pensar la era del metaverso y de los mundos virtuales”. Para muchos el espectro es la imagen de un muerto, la aparición de un fantasma. En física también es la “distribución de la intensidad de una radiación en función de una magnitud característica, como la longitud de onda, la energía o la temperatura” (RAE). Nos encontramos entonces en la operación de convertir una persona en una imagen muerta de sí misma gracias a procedimientos técnicos. Después de todo, las redes en el mar son esos dispositivos que transforman a los peces en pescados.

Eso alerta Sadin. Vivimos el surgimiento de una vida espectral, donde la existencia se desdobla en presencias digitales permanentes que desrealizan la experiencia, erosionan la responsabilidad y consolidan nuevas formas de poder técnico.

Las percepciones son reemplazadas por una infinidad de imágenes similares. La interpretación de las percepciones, que para eso teníamos el cerebro, ya vienen prepensadas y sobreexplicadas. Si querés percibir más, entonces tenés que pagar más. Pagar para percibir lo que no te van a dejar ver. Por eso Sadin nos dice que el “metaverso” constituye una dimensión donde todo está determinado de antemano. Es la fase superior del proyecto “tecnoliberal”, donde usted es libre de elegir lo que las corporaciones han preparado. De algún modo recuerda la célebre frase de Henri Ford —ese notorio antisemita— cuando decía en los años 1920 que todos podían comprar el auto que quisieran siempre que fuera un Ford T negro.

En este círculo del infierno, la conciencia humana queda perdida entre los algoritmos. La tecnología ya no es una ayuda ni una extensión del entendimiento del ser, sino que reemplaza a la misma conciencia, de a poco o de a mucho, sin cesar. “Una nueva condición humana se instala: una vida compartida entre la presencia física y la existencia digital persistente”. Y esto es muy grave. Primero por la progresiva desaparición del entendimiento a manos de los dispositivos que dicen qué sentir, qué pensar, qué hacer, lo que nos coloca en los umbrales de una mutación ontológica: ya nos dicen cómo existir, fuera de cualquier experiencia. El segundo aspecto es la distancia ética que implica la vida espectral, el sujeto ya no asume la responsabilidad de lo que hace. “El avatar introduce una distancia moral inédita entre el acto y la responsabilidad”. Nadie es responsable por los actos que hace: es la era de la inconsciencia digital permanente, entendida como la incapacidad de reconocer la realidad, tanto de sí mismo como de los demás. “La inmersión integral permite una captación sin precedentes de la actividad humana”, puesto que “se crearán mundos a medida para cada uno, que reemplazarán al mundo común”. Eso que todavía llamamos sociedad. En la sociedad digital cada gesto es capturado, monetizado, gobernado. Ya no hay política, porque no hay exterior. “No se trata más de dirigir comportamientos, sino de establecer regímenes preceptivos”.  Un mundo sin conflictos, sin límites, sin dolor. Sin escape. “La humanidad espectral es una humanidad debilitada para rendir cuenta del mundo”. 

Miramos para arriba, en lo ya pasado, y vemos los círculos del inferno que nos llevaron hasta aquí. El control digital apela a la seguridad como legitimación, lo que crea una persona vigilada. Es el momento de la captura de datos que serán comercializados a quien los pague, o entregados a quien los necesite (2009). Con esos datos bien perfilados es posible anticipar y manipular el entendimiento de cada cual, a través de la limitación del campo de lo pensable. Es el sujeto previsible (2011). Un poco más de técnica y la manipulación ya puede actuar sobre las decisiones personales o colectivas. El ser humano es falible, pero la tecnología digital no se equivoca. Es el momento de despolitizar en nombre de la eficiencia (2015). Pero la razón algorítmica no se detiene. Ahora puede ejercer el poder y optimizar las sociedades a través de normativas que escapan a cualquier sufragio popular. Es la privatización de la soberanía (2016). Para frenar cualquier crítica, la tecnología ocupa ahora el lugar del fallido mercado neoliberal, aunque con los mismos objetivos. Asistimos a la sacralización de los dispositivos —y de quienes los fabrican y los programan (2018). Así como la modernidad occidental construyó ciudadanía, a veces selectiva —sin mujeres— y siempre injusta —como la esclavitud— la antimodernidad digital centrará los esfuerzos en la creación de un individuo absoluto. Este engendro reinará sobre las ruinas del mundo (en) común, es decir de la sociedad misma, ya que puede elegir en libertad cualquiera de las innumerables posibilidades que le ofrecen las plataformas. Que son siempre las mismas. ¿Fragmentación? Claro. ¿Disociación? Por supuesto. Dominación, ¡por fin! (2020). Es como llegamos a la vida espectral. Ahora es posible escamotear la realidad y confeccionar el panorama de los deseos realizables en la virtualidad. Claro, pero lo importante es que el ser no acceda a lo real. Ahí está el poder infernal. Por eso la sustitución de lo verdadero por el simulacro convierte a cada persona en un fantasma. Y funciona (2023).

Es tal como la cita inaugural del Dante… “la vida directa estaba perdida”. Ahora esa vida, nuestras vidas, son indirectas, confusas, falaces. Reemplazadas que son por corporaciones que producen algoritmos que consumen los condenados al infierno digital. Entonces, le pregunto a Sadin, si es cierto eso del Canto III, que dice que en la entrada del Infierno está escrito “¿dejad toda esperanza vosotros que entráis?”

Puede ser, me contesta. Aunque es posible “resistir a la inteligencia artificial tal como se despliega hoy, para reafirmar la primacía del entendimiento humano”, eso significa privilegiar la valoración que tenemos como sociedad del sentido de justicia, y así terminar con las decisiones automáticas. Es que el infierno digital no dice si es bueno o malo, sino que es óptimo. Debemos “rehabilitar lo común contra la tiranía de las subjetividades”. “Hay que reafirmar el calor de la política de lo real frente a una simulación integral”, “hay que reintroducir la política”. Lo escucho mientras sé que quedan varios círculos más, tantos como la tecnología lo desee. ¿Caeremos sin fondo? Guardamos silencio. Nadie que vea al infierno queda intacto. Es el momento en que se escucha la propia respiración, y viene a la conciencia la visión que la política de mi país en gran parte, ya sea oficialismo u oposición, se acomoda bastante bien del Averno, en cuya entrada también hay bestias: hienas, buitres y perezosos. Quizás aún se prefiera “reinar en el infierno antes que servir en el cielo”. Pero eso ya no es ni Eric Sadin ni Dante Alighieri, sino que por 1667 lo dijo John Milton en el “Paraíso Perdido”.

 

Fuente: Tektonikos - Enero 2026

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