El pus

Luis Bruschtein

 

“Pedazo de h de p!!! Deberías morirte como un perro. Traidor a la Patria!! Si no te gusta que te atiendan los médicos argentinos, reventá, es lo menos que merecés. Lakra inmunda!!”. Otro: “Esas cara de moishes que están en la foto, dan asco!!!!!!!!!! cuánta razón tienen cuando les llaman raza inferior...”. Otro cuelga en su FB el himno de las SS hitlerianas y su colega, cuando un amigo le pregunta a qué se dedica, responde: “mato terroristas villeros”.

Las dos primeras circularon por facebook y fueron leídas en los comentarios de la nota que publicó Clarín esta semana sobre la prohibición a Héctor Timerman cuando debía viajar a Estados Unidos para continuar su tratamiento contra el cáncer. El de las SS es un posteo de Martín Luna, el policía de la Ciudad que arrojó gas pimienta a un jubilado que caminaba solo en las cercanías de la marcha del 18 de diciembre. Y el que dice en un twitt que “mata villeros terroristas”, efectivamente es el policía de la Federal, Dante Barisone que, ese mismo día, arrolló alevosamente con su moto a un cartonero que yacía en el suelo.

Son más que locos sueltos. Son más que expresiones aisladas. Son el síntoma, la fiebre, el pus de un proceso de infección que afecta a todo el cuerpo social. Es más que la disputa entre dos fuerzas políticas, entre el macrismo y el kirchnerismo, es más que parte de una campaña política. Los textos permitidos por el diario de mayor circulación en su portal, los escritos compartidos públicamente por dos integrantes de las fuerzas de seguridad que fueron sorprendidos en agresiones cobardes, desbordados por el odio, inflamados por un sentimiento de poder e impunidad sobre el débil, esos escritos y esos textos están hablando de procesos subterráneos que buscan hacer raíz y convertirse en pilar de un nuevo porvenir.

Las expresiones de Eduardo Feinmann, Fernando Iglesias y Federico Andahazi fueron más conocidas. Pero son personas que trabajan para provocar, es su capacidad, con eso obtienen la repercusión que buscan y que no logran como periodista, legislador, ni escritor. Son expresiones que denigran al que las emite. Igual de denigrantes pero aún más inquietantes son las que se reprodujeron en las redes, a las que el diario más influyente del país les da entidad cuando las admite, y las expresiones públicas, abiertamente intolerantes y racistas, de agentes policiales. Se pueden publicar, se pueden difundir, lo que da cuenta de una razón que ya es aceptada como parte sana de un sentido común que busca ser el que ordene a esta sociedad.

Resulta por lo menos sobrecogedor, sin un átomo de exageración ni la más mínima intención de profecías apocalípticas, pero esas expresiones que se han naturalizado y hasta estimulado, que se aceptan con tanta parsimonia, han llevado a la humanidad a la cima de sus peores tragedias. Es la esencia del pensamiento racista y autoritario, es un policía de la ciudad que difunde el himno de las SS (subtitulado en español). Muchos lo minimizarán hasta que sean arrastrados por el mismo odio convertido en sentido común y se convertirán en odiados u  odiadores, en agresores o víctimas, en el jubilado que camina solo y en el policía acorazado que pasa por allí, se baja de su moto y le rocía la cara con gas pimienta, porque sí, porque le da la gana y porque puede.

Este gobierno introdujo la novedad de espiar el facebook de los trabajadores estatales para investigar sus posiciones políticas, detectar a los disidentes y despedirlos si fuera necesario. Hay un servicio de inteligencia que se dedica a espiar en las redes. Fue una novedad cuando lo empezó a aplicar el gobierno de Cambiemos. Ya no. Hubo muchos casos de abusos en la represión del 18 de diciembre. Pero estos dos fueron filmados. El que gasea al jubilado y el que ve a un cartonero tirado en el suelo y le pasa por encima con la moto. Este último escribió que se dedica a “matar villeros terroristas” y lo hace, usando el uniforme y la moto que le provee la sociedad. Y el gobierno que vigila las redes lo permite y es probable que hasta los ascienda.

Los dos que fueron sorprendidos cometiendo abusos, también coincidían cuando escribían sus pensamientos. Detrás de los abusos hay una ideología, el gas y la moto representan para ellos un concepto claro. Para que exista esa coincidencia tiene que haber una enseñanza común, un común denominador que les inspira esas convicciones. Si los dos que fueron sorprendidos expresan los mismos pensamientos, es lógico que muchos otros de sus camaradas tengan mensajes de este tono. Deja de ser coincidencia.

Nadie nace escuchando himnos nazis o deseando matar villeros y se mete a la policía para hacerlo. Es lógico pensar que eso está siendo inculcado en los integrantes de las fuerzas de seguridad. En vez de un ideario democrático, de servicio ciudadano, se les baja un discurso de supremacía, autoritario, y de impunidad, donde el disidente es presentado como un ignorante que no merece expresarse o como un traidor a la patria que merece ser exterminado. Y al final, ese muchacho encuentra puntos en común con las SS o el otro deduce que su deber es matar villeros. Son miembros de las fuerzas de seguridad. Y al final, en vez de defender a la patria, terminan defendiendo a los ricos que gobiernan, y atacando a los jubilados y a un cartonero que vive en la calle, la persona más vulnerable y abusada. Se convierten en matones.

A medida que las raíces se afirman, las consecuencias de ese sentido común se extienden. Las reacciones por lo de Timerman tienen esa connotación. Hay una carga antisemita en la reacción que, paradójicamente, es alimentada por los directivos de la misma colectividad que acusan al ex canciller de traición. No es que no están de acuerdo o que rechazan el memorándum. Sin intermedios pasan a la palabra traición. Muchos de ellos coincidieron con esta andanada en parte antisemita que justifica la condena a muerte del ex canciller. Usan la palabra “traición”, pero son los mismos que defienden a Rubén Beraja y los funcionarios menemistas que desviaron la investigación del atentado a la AMIA. Para los familiares de las víctimas del atentado, los verdaderos traidores son los que obstruyeron la investigación. No es casual que sean ellos –o parte de ese grupo– los que acusan a Timerman y a los demás ex funcionarios kirchneristas.

Pero sólo una parte de las reacciones lo hizo con esa carga antisemita. Sería exagerado afirmar lo contrario. La esencia de esas reacciones, tan preocupantes como el antisemitismo, es la insensibilidad y el odio, el desprecio por la vida. Personas que escriben deseándole la muerte a otra. Los familiares de los desaparecidos y torturados, de los secuestrados, violados y asesinados, de los nietos apropiados durante la dictadura, nunca tuvieron siquiera una expresión parecida. Y ellos tendrían, por lo menos, un motivo considerable para hacerlo. Nunca se escucharon esas expresiones que ahora explotaron como una pústula madura que fue creciendo bajo la piel. Son paradojas entrecruzadas en un país que ya fue desangrado porque esa pústula de odio justifica y representa el horror de la dictadura que a su vez es lo que siempre han rechazado los familiares de las víctimas.

Porque mientras a Timerman enfermo de cáncer se le impedía viajar a Estados Unidos a recibir el tratamiento para su padecimiento, Miguel Etchecolatz salía de la cárcel, beneficiado por la prisión domiciliaria, para alojarse en un chalet en Mar del Plata. Durante la dictadura, Etchecolatz fue el que torturó a Jacobo Timerman, padre del ex canciller. Son paradojas aparentes, porque, con mínimas excepciones, el odio aparece siempre del mismo lado. El tiempo teje el tapiz de la historia. Es la memoria donde aparecen paisajes similares. Es un fenómeno amenazante, una repetición de desgracias.

Nunca es un fenómeno de la naturaleza ni de la condición humana. Esos paisajes anticipativos que están en la memoria demuestran que hay responsables de carne y hueso y que las acciones y las ideas de esos protagonistas también se repiten en función de sus intereses. La única forma de evitar esa reedición de tragedias está en la misma sociedad que sufrirá las consecuencias. Una sociedad que hasta ahora evidencia que ha incorporado o se ha enriquecido de manera muy despareja con el período democrático más largo de su historia. Es difícil saber si le alcanzará. Y en cualquier país, la única esperanza de no regresar al pasado autoritario está en sus reservas democráticas. Ninguna fuerza política, ningún gobierno, tiene derecho a inculcar el odio y la violencia para confrontar con sus adversarios o disidentes.

 

Página/12 - 13 de enero de 2018

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