La Farolera de Milei

Martín Lousteau

¿Cuánto de la supuesta baja de pobreza era mejora real?, ¿cómo la medimos?

Hay una canción infantil, “La Farolera”, que se arma sumando: “dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho, y ocho, dieciséis; y ocho, veinticuatro, y ocho, treinta y dos (...)”. La letra –nunca supe por qué– dice que las cuentas le salen mal, pero en realidad están bien, lo que pasa es que son números que no se refieren a nada. Desde hace año y medio, cada vez que Javier Milei habla de pobreza, hace lo mismo: suma y suma números que no salen de ningún lado.

En abril de 2025 el Presidente dijo que había sacado a 10 millones de argentinos de la pobreza. En mayo repitió el número. Luego pasó a 9, 10 y 11, en sendas apariciones. En octubre, ya eran 12 millones –y 6 millones de personas menos de la indigencia. Saltó apenas después a 13 millones. Y en enero de 2026 pasaron a ser 15 millones. En abril, Infobae ya lo describía como un patrón reconocible: según el día o el funcionario que hablara, el gobierno decía haber rescatado a 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14 o 15 millones de argentinos de la pobreza. Sietecase y Tenembaum llegaron a armar, en Radio con Vos, un compilado de discursos donde la cifra sube de a un millón cada vez, mientras el porcentaje que se menciona en el mismo discurso se mantiene siempre cerca del 30%.

Es como la Farolera, pero para nenes que saben sumar de a uno: el número –los “millones rescatados”– suma todo el tiempo sobre el anterior. Antes de ver los datos, ¿no te suena raro? Movimientos tan significativos parecen difíciles de compatibilizar con lo que estuvo pasando con la economía en general durante el mismo período. El PBI no creció como para sacar tanta gente de la pobreza. Tampoco lo hizo el empleo, y mucho menos el de calidad (más bien, se reemplazó trabajo registrado por informal). Y no hubo ninguna expansión del gasto social como para generar semejante impacto en la situación de las familias. La AUH subió, pero no tanto, y otros programas cayeron. De hecho, la sensación de muchos que trabajan en barrios vulnerables (y es una percepción social bastante generalizada) es que la pobreza acecha más que antes, no menos. Por eso, vale la pena entender si los datos que fueron surgiendo de las mediciones del INDEC reflejaban mejoras reales en las condiciones de vida de las personas.

Cómo se mide la pobreza: la vara

En los parques de diversiones hay atracciones con una altura mínima para subir. En la entrada hay una marca, una raya pintada en un poste. El chico se para junto a ella: si la supera, entra; si no, no.

La pobreza por ingresos se mide igual. Todos los meses el INDEC calcula cuánto cuesta una canasta de bienes y servicios considerada básica –la Canasta Básica Total, CBT. Ese costo es la marca. Después compara ese número contra el ingreso de cada hogar, relevado por la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Si su ingreso no llega a la marca, el hogar es pobre.

De esa definición tan simple se desprende todo lo demás. Entonces, cuántos pobres identifiquemos en un momento dado depende de dos cosas: dónde ponemos la marca (qué tan cara o barata calculemos que es la canasta), y cuál es el nivel y la precisión de la altura real de cada chico (qué nivel tienen y cuán confiables sean los ingresos que declaran hogares). Argentina tiene, hoy, un problema con las dos variables.

Problema uno: vara mal puesta

Hoy los ponderadores que usa el INDEC para valorizar la canasta de pobreza –es decir, cuánto pesa cada rubro dentro del gasto de una familia– surgen de una Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares 2004/2005. Existe una más nueva, la ENGHo 2017/2018, pero el gobierno insiste en no usarla.

Quizás lo recuerdes. El 2 de febrero de 2026 renunció Marco Lavagna a la dirección del INDEC, después de más de seis años en el cargo. Según explicó el propio Jefe de Gabinete de ese momento –Adorni: ¿te acordás?, ese sí que le encontró la solución a la pobreza– la salida se debió a una diferencia de criterio sobre cuándo empezar a aplicar la nueva canasta. Lavagna quería arrancar en enero de 2026, como estaba anunciado desde octubre de 2025; el Gobierno decidió postergarlo. La renuncia se produjo apenas ocho días antes de que debiera salir el primer dato de inflación calculado con la metodología nueva. Nunca se hizo. Se siguió publicando con la vieja. En fin…

¿Por qué eso es importante? Porque a medida que pasa el tiempo cambia el peso que cada rubro tiene en el consumo de las familias. Por ejemplo, con los datos del 2004/5 los servicios públicos representaban el 10,5% del presupuesto familiar. En la de 2017/8 ya representaban el 15%. Y, obviamente, si esos servicios suben de manera desmedida te impactan mucho más que antes.

Desde que asumió Milei, en el AMBA el gas subió 2071%, la electricidad 501%, el agua 544% y el transporte 1442%, hasta agosto; en todos los casos mucho más que la inflación acumulada hasta ese mes, que fue del 336%. Por eso cuando el gobierno elige usar un ponderador viejo, en donde todos esos servicios son menos relevantes en el gasto de los hogares, está subestimando la pobreza. Es la marca de altura mal puesta, como si el cartel de la montaña rusa bajara adrede la marca con la altura mínima para poder subir. Obviamente, pasan algunos que en realidad no alcanzan la verdadera altura necesaria.

Un trabajo del CEDLAS –el centro de estudios distributivos de la Universidad Nacional de La Plata, uno de los más prestigiosos de la región– hizo el ejercicio de recalcular la canasta de pobreza con los patrones de consumo de la ENGHo 2017/2018 en lugar de los de 2004/2005. El resultado: con la canasta actualizada, la pobreza medida es sistemáticamente más alta en todos los semestres analizados, desde 2018 hasta 2025, con una diferencia de entre 4,9 y 8,1 puntos porcentuales. Y la brecha máxima tuvo lugar en el primer semestre de 2025 (el último que cubre el trabajo): 8,1 puntos más, es decir 39,7% en vez del 31,6% oficial.

Como se ve, con la canasta antigua se subestima la pobreza real en toda la serie reciente desde 2018. Y eso afecta la mejora que se contabiliza porque la diferencia no es igual en cada medición. Así, con el dato oficial usando los ponderadores viejos, la pobreza cayó 10,1 puntos porcentuales entre el segundo semestre de 2023 y el primero de 2025. Mientras que, con el dato actualizado, habría caído 9,2. Explica un poco de la exageración, pero no mucho. Sigamos.

Problema dos: comparación con medida vieja

Hay un segundo problema. La EPH (Encuesta Permanente de Hogares, la que se usa para esto) le pregunta a cada persona cuánto ganó el mes anterior a la encuesta. Pero para valorizar la canasta usa los precios del mes en que la encuesta se realiza. Con inflación baja esto no importa demasiado. Con inflación alta, muchísimo.

Y el problema no golpea igual a todos. Los asalariados formales cobran un sueldo mensual: preguntarles por “el mes pasado” es razonablemente representativo de los ingresos con los que viven hoy. Pero buena parte de los cuentapropistas –y también de los asalariados informales– cobran semanal o incluso diariamente, y gastan a medida que ganan. Si a esas personas se les pregunta por sus ingresos del mes pasado y se los compara con precios de este mes en un contexto de alta inflación, la pobreza se va a sobreestimar: es como comparar la marca de altura de hoy con la medición que le tomaron al chico (de nuestro parque de diversiones) hace un tiempo. Obviamente este problema se agrava cuanto mayor es la inflación mensual. Recordemos que, en diciembre de 2023, llegó al 25%...

El CEDLAS estimó la magnitud de ese desfase. Este efecto sobreestimó la pobreza en 3,1 puntos porcentuales en el segundo semestre de 2023 y en 2,2 puntos en el pico inflacionario del primer semestre de 2024. Hacia fines de 2024, con la inflación bajando, el sesgo casi desapareció (menos de 0,7 puntos). Corregido este efecto, la caída de la pobreza entre el segundo semestre de 2023 y el primero de 2025 pasa de 10,1 a 7,6 puntos porcentuales. Es una distorsión ya más importante que la de la canasta desactualizada, y se acumula a ella.

Problema tres: no se mide, se pregunta

La pobreza compara el costo de la canasta (la marca del parque de diversiones) contra el ingreso de los hogares (la altura del chico). Pero la altura no se mide: como dijimos, se pregunta en la Encuesta Permanente de Hogares. Y ahí aparece una asimetría enorme. Para algunas fuentes de ingreso existe un control externo, como si una escuela pidiera un certificado médico en vez de preguntarles a los chicos cuánto miden.

Los asalariados formales (tanto privados como públicos) y los jubilados y pensionados tienen registros administrativos –SIPA, ANSES, el Índice de Salarios del INDEC– contra los cuales contrastar lo que declaran en la encuesta. Para los informales y los cuentapropistas, en cambio, no existe ningún registro equivalente: solo tenemos lo que contestan en la EPH.

Inclusive en los grupos donde sí se puede contrastar suelen aparecer algunas discrepancias. Por ejemplo, desde el último trimestre del 2023, la EPH muestra que los ingresos de los asalariados privados registrados subieron 25% en términos reales. Es decir que tienen un cuarto más de poder de compra. En cambio, las fuentes administrativas registran apenas un 6% de mejora. En los asalariados públicos, la divergencia es mucho mayor. La EPH nos dice que ganaron 18% en poder adquisitivo, ¡y las fuentes registrables que perdieron 12%! En los jubilados y pensionados, ambas cifras son muy similares: 13% y 14% de aumento, respectivamente.

Sin embargo, los grupos donde el aumento del ingreso real es más significativo son justo aquellos donde no tenemos registro alternativo para comparar. Según la EPH, los asalariados informales ganaron 38% de poder adquisitivo; y los independientes y cuentapropistas, 47%. De acuerdo con esto, todos los grupos han mejorado, pero los que más lo hicieron son los informales y monotributistas, que estarían muchísimo mejor que cuando asumió Milei. Eso a pesar de que la economía no crece, que el consumo en supermercados cae un 3,3% interanual (dentro del changuito, los rubros que más bajan son los perecederos, con 8,7% menos, y desayuno y merienda, con 4,8%), que se pierde empleo formal, cierran empresas, sube el desempleo y millones de endeudados no pueden pagar las cuotas de créditos módicos:

Fuente: EPH-INDEC; SIPA; Índice de Salarios (INDEC). Elaboración propia

Cuando un dato se dispara así, y justito es el dato que nadie puede verificar, hay que prender una luz de alerta y tratar de entender mejor qué es lo que está ocurriendo.

Recalibrar la medición

La medición de pobreza y distribución del ingreso fue mi primera especialización y conservo muchos amigos que trabajan en el tema. Por eso, puedo decir con franqueza que nadie en esa comunidad logra afirmar con exactitud qué está pasando ahí adentro. Dada la historia reciente del INDEC, algunos pueden descreer directamente de la confiabilidad del organismo. Pero los investigadores más serios están haciendo un gran esfuerzo por comprender. El trabajo citado investiga una hipótesis posible.

Sostiene que siempre hubo subdeclaración de ingresos en la EPH –la gente declara menos de lo que gana–, pero esa subdeclaración no es constante en el tiempo. Con alta inflación, los sueldos se renegocian todo el tiempo y la gente no recuerda bien cuánto cobró; declara valores viejos, más bajos. Cuando la inflación baja, los ingresos se estabilizan y se recuerdan mejor. Entonces la subdeclaración baja, y los ingresos comparados con los registros suben más. Es una hipótesis, una de las pocas que existen para un comportamiento estadístico más que llamativo.

Aun así, ese efecto de subdeclaración no es suba de ingresos, sino, a lo sumo, mejor reporte. Si aceptamos que los datos del INDEC son fidedignos y trabajamos con la explicación del CEDLAS acerca de estas extrañas discrepancias, lo que hay es –otra vez– una sobreestimación de la pobreza con inflación alta. Quiere decir que la pobreza era menor de lo que las cifras estimaban al final de 2023 y principios de 2024, y que bajó menos después. Así, la caída de la pobreza no sería la cuenta que hacía el presidente sino otra, bien distinta. En lugar de una reducción de 10,1 puntos porcentuales, el cambio real sería de 6,2 puntos porcentuales entre el segundo semestre de 2023 y el primero de 2025. Ahora el impacto es mucho mayor. Y, de nuevo, se acumula con los dos anteriores.

El ejercicio final del CEDLAS combina los tres efectos –marca mal puesta, medida vieja y subdeclaración cambiante– con hipótesis moderadas, no extremas.

Fuente: Albina, Gasparini y Tornarolli (2026), Documento de Trabajo CEDLAS N.º 370

La línea roja es la serie oficial, y es de 41,7% en el trimestre en que asume Milei. Luego trepa hasta 52,9%, y en el primer semestre de 2025 marca 31,6%. Cuando el presidente habla de 10 millones se refiere a esta última baja (10,1 puntos porcentuales). Y luego arranca su farolera injustificable.

La línea verde agua es el recálculo del CEDLAS y muestra otra historia. En primer lugar, corre siempre por encima de la oficial, entre cuatro y seis puntos. Y sus oscilaciones son algo más suaves. En el último trimestre del 2023 es de 43,1%, luego alcanza un pico de 54,8%, y llega a 41,5% en el último dato del trabajo. La baja acumulada entre fines del 2023 y principios del 2025 es de 1,6 puntos. Traducido a personas, no son diez millones, mucho menos quince. Son seiscientas setenta mil (670.000) las que pudieron salir de la pobreza. Aun así, es una buena noticia.

O era. Lamentablemente, ese dato es hasta el primer semestre de 2025, que es el último dato que usa el CEDLAS. Los datos del tercer trimestre de ese año mostraron otra baja, pero en los trimestres siguientes (último de 2025 y primero de 2026) ya se veía que la pobreza oficial había vuelto a subir.

Este jueves se conoció el número del primer semestre del año. Y se confirmó esa tendencia: la pobreza oficial subió 4,1 puntos porcentuales desde la segunda mitad del año pasado (había sido de 28,2%), y llegó a 32,3%, más alta que la última cifra oficial usada por el CEDLAS. Es decir que alcanza con el dato que acabamos de conocer para erosionar la ganancia “real” estimada en el trabajo mencionado. Estamos otra vez en el punto de partida.

Conclusión

La pobreza fue bajando, durante 2024 y 2025, respecto del pico post devaluatorio. Eso no está en discusión. La pregunta que hay que hacerse no es si bajó, sino cuánto de eso es una mejora real, y si esa dinámica continúa de manera sostenible. Como vimos, de un tiempo a esta parte, la tendencia virtuosa primero se estancó y ahora se revirtió.

Si revisamos cuidadosamente la metodología y se corrigen los tres problemas mencionados, lo que queda ciertamente no es una Argentina que sacó a millones de la pobreza. Es una que, en el mejor de los casos, empeoró abruptamente para cambiar el régimen económico y luego mejoró para llegar otra vez al punto de partida. Y, a juzgar por los últimos datos, hasta eso está en riesgo.

La medición de pobreza por ingresos fue introducida en Estados Unidos recién en la primera mitad de los sesenta. En un libro de política pública muy influyente, Agenda for the Nation (1968), el premio Nobel James Tobin reflexionó sobre ello, diciendo que a partir de esa innovación “las administraciones serán juzgadas por el éxito o fracaso en reducir la medida oficial de incidencia de la pobreza”. Lo que quería decir es que no hay evidencia más contundente de que una política pública funciona que cuando logra “mejorar el ingreso de los pobres” (así se llamaba el capítulo que escribió) en forma sostenida. Y que esa debe ser la vara para aprobar o desaprobar una gestión.

Con los datos oficiales, se ve que Milei pensaba algo parecido. Porque hizo un enorme hincapié en este tema, incluso exagerando las cifras. Sin embargo, un análisis más riguroso no solo muestra los defectos de esos cálculos. La dinámica más reciente empieza a mostrar que, quizás, todo el costo del cambio de régimen no alcance para sacar a nuestros compatriotas de la pobreza, y hasta termine empeorando el problema. Un tropiezo más de nuestra gritona Farolera, que no se enamoró de un coronel sino de un capitán: el máximo rango militar que alcanzó Netanyahu.

Ah, “La Farolera” es una canción española; y en España farolear significa “presumir de algo sin fundamento”. Hay cosas que lamentablemente parecen a propósito. “A la medianoche me puse a contar y todas las cuentas me salieron mal…”.

En tiempos donde la atención es el bien más escaso, gracias por quedarte hasta el final. Ojalá hayamos podido escapar juntos, aunque sea un momento, del ruido. Nos vemos la próxima.

 

Fuente: gugalusto.substack.com - Septiembre 2026

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