La guerra de EE.UU. e Israel contra Irán: China, Rusia y la multipolaridad

Gabriel Merino

Los diversos modos de cooperación entre países emergentes son síntomas de una nueva época.

Con los ataques sobre Venezuela e Irán por parte del Estados Unidos de Trump, distintos sectores intelectuales y mediáticos volvieron a poner en duda la perspectiva de que hay un mundo multipolar y afirman que EE.UU. sigue siendo el gran y casi único hegemón. También critican la tesis del declive relativo de Estados Unidos y el Occidente geopolítico como centro del sistema mundial.

Incluso aparece una mirada decepcionante sobre el multilateralismo emergente —donde quizás proyectaban una suerte de reconstrucción del Pacto de Varsovia liderado por la URSS— que podemos resumir de la siguiente manera: BRICS+ y la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS) no sirven para nada cuando ataca Estados Unidos.

Sin embargo, la realidad es diferente. Si Irán pudo sostenerse se debe, en parte, a la cooperación con el mundo emergente y especialmente con China y Rusia. Aunque es evidente que dicha cooperación se da otra forma a la que existía durante la Guerra Fría. Ahora la dinámica es multipolar y se establecen asociaciones que no implican alianzas formales y rígidas.

El Occidente geopolítico, encabezado por Estados Unidos, resiste acomodarse a un nuevo mapa del poder mundial. Y parece estar decidido a detener por la fuerza las tendencias en su contra. Sin embargo, no debería confundirse el imperialismo agresivo que intenta frenar a los golpes el proceso secular de declive relativo, con una revitalización de la unipolaridad y, menos aún, con una reconstrucción de la hegemonía.

Irán y la cooperación con China y Rusia

En 2018 Trump decidió salirse unilateralmente de Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), firmado en 2015 por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU —EE.UU., China, Rusia, Francia y el Reino Unido— más Alemania y la Unión Europea. Este programa restringía el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de sanciones económicas. 

Luego de la salida unilateral del PAIC, sin que Irán hubiera incumplido lo acordado, Trump inicia una guerra híbrida contra el país persa, uno de cuyos elementos centrales son las sanciones económicas con el objetivo de hundir su economía. Como parte de esta guerra híbrida conjunta con Israel —que forma parte fundamental de su estrategia radical de avanzar hacia un Gran Israel y convertirse en el hegemón regional—, Trump ordenó el 3 de enero de 2020 el asesinato del general iraní Qasem Soleimani, líder de la Fuerza Quds, en un ataque con drones cerca del aeropuerto de Bagdad, Irak, cuando estaba yendo con una comitiva a una reunión con el primer ministro iraquí para abordar las tensiones regionales.

En este escenario, en 2021 Irán firmó con China una asociación estratégica integral por 25 años, con un potencial de inversiones por el equivalente a 400 mil millones de dólares, centradas en energía, infraestructura y cooperación política. En la práctica, el acuerdo –que incluye la compra de petróleo iraní por parte de China y la provisión de insumos industriales y tecnología crítica— contrarresta la guerra híbrida iniciada por Trump bajo la premisa de máxima presión.

A su vez, a partir de allí comenzó el proceso para la integración de Irán en la Organización para la Cooperación de Shanghái —una asociación regional euroasiática central en temas de seguridad, entre otros— y al BRICS+, resquebrajando en la práctica la política de convertir a Teherán en un paria internacional.

Irán también se convirtió en un país clave de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, se encuentra en el centro de uno de sus seis corredores terrestres. En mayo de 2025, días antes de que Donald Trump iniciara la llamada “Guerra de 12 días”, fue inaugurado el ferrocarril que una China con Irán a través de Asia central.

Por otro lado, el 17 de enero de 2025, días antes de la asunción de Trump, Teherán firmó con Rusia el Tratado de Asociación Estratégica Integral. Este acuerdo cristaliza un vínculo estratégico de largo plazo en defensa, seguridad, energía, comercio, inversiones y política internacional, pero no significa una alianza militar con defensa automática, de igual manera que el acuerdo con China.

Rusia, junto a India e Irán, también protagonizan otra iniciativa euroasiática estratégica: el Corredor Internacional Norte-Sur, que permite sortear la ruta marítima vía el canal de Suez y reduce la distancia comercial entre 30 y 40%, que registró un tráfico récord en enero de 2026, con los primeros trenes regulares de contenedores que conectaron con éxito la región de Moscú con el puerto iraní de Bandar Abbas.

Todo esto es lo que Estados Unidos e Israel pretenden frenar con la guerra, sacando a Irán como actor geopolítico clave del tablero regional, quebrando las asociaciones euroasiáticas y los corredores que modifican estructuralmente la relación de fuerzas global en detrimento de las “potencia de mar”.

La cooperación y coordinación en plena escalada de la guerra

En este nuevo ataque y escalada —de una guerra que se pone en marcha en 2018— se descontaba el apoyo diplomático de China y Rusia. Pero lo que también se observa es el incremento de la ayuda militar, tecnológica e industrial para la defensa. Recordemos, por otro lado, que fue clave el abastecimiento por parte de Irán de los drones Shahed a Moscú en los primeros meses de la escalada en la guerra en Ucrania en 2022. 

Ente otras cuestiones y por lo que se puede reconstruir de la información existente, Moscú ha proporcionado a Irán sistemas de defensa aérea conocidos como Verba y cazas Su-35, aunque no es precisa la información al respecto. Además, Irán ha adoptado el sistema de navegación chino BeiDou-3 para neutralizar las capacidades occidentales de sigilo e interferencia. Irán ha migrado oficialmente su arquitectura militar del GPS estadounidense al sistema de navegación BeiDou-3 chino, que incluye un servicio de mensajes cortos que permite a los nodos de mando iraníes comunicarse incluso si las redes locales fallan.

Se puede observar que Rusia y China han actuado cada vez más como los «ojos» de Irán, proporcionándole tecnología que abarcan desde la vigilancia orbital hasta sistemas avanzados de guiado de misiles. Esta cooperación fue profundizada tras la «Guerra de los Doce Días” y ha permitido a Teherán tener mucha mayor capacidad y precisión en sus ataques. De hecho, Irán impactó sobre buena parte de la infraestructura militar estadounidense en el Golfo Pérsico y ha mostrado capacidad para golpear a Israel, superando su “indestructible” sistema de defensa.

El desarrollo de misiles hipersónicos iraníes es producto de capacidad tecnológica y desarrollo autónomo. Pero debe entenderse en el marco del apoyo y la cooperación proveniente de Rusia y China. Teherán, a su vez, antes del ataque estaba avanzando un acuerdo para la adquisición de misiles hipersónicos CM-302, considerados los «asesinos de portaaviones.

No puede dejar de advertirse la coordinación en la administración del estratégico estrecho de Ormuz. A pesar de su “cierre”, por allí tienen autorizado el paso los barcos chinos, rusos, y están en conversaciones India y Turquía. Irán, más que bloquear el estrecho, puso una barrera y un “peaje” geopolítico. Catorce barcos que intentaron cruzar sin su permiso fueron atacados.

Según el medio estadounidense The Wall Street Journal, el control de Ormuz le posibilita al país persa exportar más petróleo que antes de la guerra. Se calcula que ya fueron despachados unos 11 millones de barriles hacia China durante las dos primeras semanas de conflicto, mientras que los barcos de otros países intentan identificarse como chinos para poder pasar. Además, las transacciones habilitadas se hacen dominantemente en yuanes. Lo que era un problema para China se convirtió en lo contrario. Como señala Sun Tzu, “Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al enemigo sin darle batalla”.

En Irán, Rusia y China se juegan mucho, por lo que el ataque de EE.UU. e Israel los obliga a actuar y a profundizar su cooperación. Es un actor clave dentro del mundo emergente con centro en Eurasia, de quien dependen la viabilidad de iniciativas como el Corredor Internacional Norte-Sur o uno de los corredores de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

El célebre geoestratega estadounidense Zbigniew Brzezinski advertía en 1997 que una alianza entre China, Rusia e Irán —unida no por una ideología común, sino por «agravios complementarios»— constituiría el peor escenario posible para la primacía de EE. UU. en Eurasia (el gran tablero geopolítico) y, por ende, para su predominio global. Hoy las preocupaciones en Washington son cada vez mayores y muchos medios y analistas sostienen que esta guerra tendría como ganadores a Moscú y Beijing.

Dinámica geopolítica multipolar y naturaleza del BRICS+

No estamos en un escenario (geo)político bipolar, sino multipolar (en términos relativos y asimétricos). De fondo, atravesamos el fin del ciclo de hegemonía estadounidense o angloestadounidense iniciado en 1945 y el fin de la primacía del Occidente geopolítico iniciada en el siglo XIX, que tiene como momento clave la derrota de China y el triunfo del Imperio Británico en la primera guerra del Opio (1839-1842).

Quizás a través de la guerra —o de la superioridad en la violencia organizada parafraseando a Samuel Huntington— Estados Unidos y el Occidente geopolítico puedan revertir dicho proceso. Yo soy más bien escéptico sobre esa posibilidad, aunque sí creo que el rechazo de los grupos de poder dominantes en Washington, Wall Street y Londres a acomodarse a una nueva realidad mundial podría hacer colapsar al sistema y llevar a la humanidad a un escenario catastrófico.

Resulta fundamental salir de los parámetros mentales de la Guerra Fría y entender que los BRICS+ no son el COMECOM (Consejo de Ayuda Mutua Económica) liderado por la URSS. No existen bloques económicos de esa naturaleza y las economías de las potencias emergentes y reemergentes se encuentran completamente integradas en la economía mundial. Además, no hay un nuevo Comintern o Internacional comunista para promover la revolución mundial.

La Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS) tampoco es un nuevo Pacto de Varsovia o una OTAN de Eurasia (como afirman algunos analistas occidentales), donde el ataque a uno de sus miembros implica la movilización militar y el accionar directo de sus aliados. 

Una de las premisas estratégicas que se observan en el mundo emergente y en sus organizaciones multilaterales es la de NO establecer alianzas formales y rígidas que lleven a situaciones y compromisos como los de las guerras mundiales del período de 1914 a 1945. En cambio, se busca fortalecer el Internacionalismo soberano, la autonomía relativa de sus miembros y el No-Alineamiento.

El BRICS+ y otros organismos no son instancias “antioccidentales”. Sino que expresan a nuevas las fuerzas sociales en ascenso del Sur Global y las potencias reemergentes, permitiendo una confluencia en cinco dimensiones:

  • Ampliar la cooperación para enfrentar, resistir o superar las políticas de contención y subordinación, en un escenario de Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada.
  • Cooperar en relación a superar los monopolios del Norte Global, como el tecnológico o el financiero y monetario.
  • Promover un nuevo marco institucional, caracterizado por un multilateralismo multipolar, que a la vez permita contener los conflictos entre los propios estados miembros.
  •  Converger en un nuevo ciclo de expansión material de las fuerzas productivas, con centro en el Este y Sur de Asia, donde se destaca la locomotora China.
  • Producir una reconfiguración del orden mundial que tiende a expresar el nuevo mapa del poder real.

Los desafíos para estas nuevas arquitecturas multilaterales y dinámicas de poder son muy grandes. De hecho, actualmente hay un enfrentamiento muy claro y a la vez cruzado, entre los nuevos miembros del BRICS+: Irán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. También entre dos miembros de las OCS: India y Paquistán. Esa es la complejidad de la multipolaridad relativa y asimétrica en plena etapa de Caos Sistémico.

Coyuntura y procesos de largo plazo

Una cuestión central es analizar la coyuntura en relación a procesos estructurales de largo plazo y a cambios sistémicos —transformaciones en la “estructura histórica”. Esto permite que el árbol no nos tape el bosque y, además, entender al árbol en relación al bosque, en una relación dialéctica.

El primer mes de la invasión de Irak en 2003 se vivió como una rotunda reafirmación de la hegemonía estadounidense y del orden unipolar, en su versión unilateral. Algunos años después, no sólo muchos analistas cambiaron de opinión, ubicando ese hecho como síntoma de una incipiente crisis de hegemonía, sino que los propios grupos de poder dominantes en Washington concluyeron casi mayoritariamente que la invasión había sido un error estratégico, el cual terminó beneficiando a las potencias reemergentes y en especial a China.

En estos últimos años, las economías sumadas del BRICS+ superaron a las del G7 medidas en precios de poder adquisitivo, mientras que la producción industrial de China supera a la suma de la producción de EE.UU., Alemania, Japón y Corea del Sur. Por poner sólo un ejemplo, China produce 230 veces más embarcaciones que los Estados Unidos, capacidad que tiene una evidente traducción militar, siendo ya la armada china la más importante en términos cuantitativos.

También podríamos mencionar la ventaja relativa que tienen China y Rusia con el desarrollo de misiles hipersónicos, que neutralizan en parte el potencial de proyección de poder de los Estados Unidos en Eurasia; o la superioridad cuantitativa y en eficiencia de Rusia en la producción de rondas de artillería sobre el conjunto de la OTAN.

Como advierte el documento de la Estrategia de Seguridad Nacional publicado por la administración Trump en noviembre de 2025, ya la mitad de la producción de la economía mundial se encuentra en China, India y el Sudeste asiático. Los analistas occidentales y think tanks advierten que China supera a Estados Unidos en investigación en 66 de 74 tecnologías de vanguardia (inteligencia artificial, superconductores, computación cuántica y comunicaciones ópticas). Además, produce 70% de los vehículos eléctricos del mundo, 80% de los celulares, 80% de las baterías de iones de litio y 90% de los drones, elemento clave de las guerras actuales.

Para no aburrir con información que además ya se encuentra sistematizada en muchos trabajos publicados en los últimos años, pero sólo para mencionar un ejemplo más: en las 7 dimensiones estructurales y las 6 tendencias fundamentales que investigo sobre la transición de poder mundial se observan cambios sustanciales y sistémicos, que refuerzan un macroproceso: el declive relativo de Estados Unidos y Occidente y un ascenso relativo de China, India, Rusia y el mundo emergente, con centro en Asia del Este y del Sur, indicando que nos encontramos en un nuevo mapa del poder mundial.

Estos procesos de largo plazo, asociados con la dinámica de desarrollo desigual, deben tenerse presente en los análisis de coyuntura. A la vez que, en cada momento coyuntural, en donde se produce un enfrentamiento que da lugar a una medición de fuerzas, se define la dinámica del proceso histórico.

Un orden político mundial —con sus códigos geopolíticos fundamentales, jerarquías del sistema interestatal e instituciones— se desarrolla en relación a una relación de poder estructural en el sistema mundial. Este necesariamente entra en crisis cuando se produce un cambio en la relación de las fuerzas materiales, en las jerarquías de la economía mundial y en el poder relativo de los estados dicho orden. Si la transformación es tan profunda que altera la “estructura histórica” o el sistema mundial en sus pilares fundamentales es porque ya no se trata sólo de una crisis de hegemonía, sino que ingresamos en una transición sistémica y el quiebre de una hegemonía. Ahí estamos ahora.

Dominación y hegemonía

Resulta clave diferenciar entre hegemonía y dominación. En la dominación lo central es la coerción, es decir, el uso de la fuerza policial o militar. Es el momento negativo del poder y el menos eficiente. La hegemonía implica no sólo la condición de ser dominante, sino la construcción de consenso y de liderazgo, que requiere de capacidades en dimensiones estructurales y (geo)políticas fundamentales.

En este sentido, en el trabajo “La dimensión geopolítica del desarrollo” observamos que a hegemonía implica:

  • el establecimiento de un conjunto de alianzas con otros grupos dominantes y subalternos del sistema que ven en el liderazgo del hegemón una expansión de su propio poder o beneficios;
  • la capacidad de instituir un sistema de mediaciones, esto es, establecer un orden político mundial que cristaliza las jerarquías interestatales y desde el cual se ejerce el arbitraje y se administra el uso de la fuerza como elemento disciplinante;
  • la construcción de legitimidad (fuerza más consenso) anclada en aspectos materiales y simbólicos (ideas dominantes, geocultura ético-política);
  • y la coordinación de un proceso de acumulación ampliada de la economía mundial, es decir, liderar la expansión del sistema y el desarrollo de sus fuerzas productivas.         

En la transición de poder actual, lo que se observa es el proceso de desarticulación los pilares de la hegemonía estadounidense. Incluso Donald Trump, es su intención de hacer a EE.UU. grande nuevamente (una clara expresión política del declive relativo) acelera el proceso: rompe instituciones multilaterales creadas por EE.UU. para ejercer el liderazgo mundial, se retira de diferentes organismos multilaterales, vota casi en soledad en votaciones importantes de la ONU, resquebraja su sistema de alianzas perjudicando a sus socios para beneficiarse, intenta frenar a la fuerza a los actores emergentes potenciando sus asociaciones, golpea constantemente la economía mundial con la guerra comercial, la guerra tecnológica y la guerra económica a través de sanciones en lugar de coordinarla y liderarla, etc.

Más allá de la fragilidad de la dominación sin hegemonía, las acciones de fuerza para frenar tendencias estructurales y transformaciones en el mapa del poder mundial pueden generar exactamente lo contrario.

  • la “guerra global contra el terror” focalizada en Medio Oriente terminó favoreciendo a China en dicha región;
  • el conflicto en Ucrania no sólo no generó una derrota estratégica de Rusia, el colapso de su economía de Rusia y un “cambio de régimen” sino que potenció su lugar como poder reemergente y profundizó la construcción de asociaciones euroasiáticas antihegemónicas;
  • la guerra tecnológica contra China terminó acelerando un impresionante salto tecnológico autónomo en el gran centro industrial del mundo;
  • y la guerra híbrida contra Irán a partir de 2018 provocó, como observamos, la integración del país persa a las asociaciones euroasiáticas y a las nuevas organizaciones multilaterales mundiales del bloque histórico emergente. Además, pasó de venderle 25% de su petróleo a China a exportarle el 90% y a precios de descuento.  

Un final abierto

Luego de los primeros días de la guerra, cuando Estados Unidos e Israel parecían que iban a arrasar con Irán y que el resultado era inmodificable —la propaganda del Occidente geopolítico resultó fundamental para instalar esa narrativa—, ahora el escenario es otro. Analistas y medios estadounidenses incluso advierten sobre la posible escasez de material bélico, aunque el Pentágono rechazó tal afirmación.

En unos de sus artículos, quizás de forma un poco exagerada, la influyente revista estadounidense Foreign Policy advirtió que su país podría perder el Golfo Pérsico. El argumento central es que los líderes de la región se sienten traicionados por el hecho de que Washington haya iniciado una guerra sin consultarles seriamente y no pueden confiar en que los pueda proteger. Ello podría significar un golpe muy duro al petrodólar.

Donald Trump parece estar buscando una salida. Sabiendo que el tiempo le juega en contra por el impacto inflacionario y el rechazo a la guerra por una parte de su base política (asociada a los sectores MAGA), declaró hace unos días que ya las capacidades militares de Irán habían sido prácticamente destruidas. Es decir, supuestamente el trabajo estaba hecho —como también dijo en su momento que las capacidades nucleares de Irán habían sido destruidas y dio por terminada la Guerra de Doce Días. Además, llamó al presidente ruso Vladimir Putin, posiblemente para encontrar un escenario de salida negociable.

El escenario para Trump es complicado: bases y activos militares de EE.UU. en la región gravemente dañados, tanto como la imagen política de Washington; la impotencia de la armada estadounidense para abrir Ormuz, con un enorme su impacto en la economía mundial y nacional; los propios aliados negándose a participar en la contienda bélica; y la elección del hijo de ayatolá Alí Jameneí como líder supremo en Irán que muestra la estabilidad del “régimen” y un fortalecimiento de la unidad nacional. Todo esto no quiere decir que Irán ya haya ganado o que China, Rusia y los poderes emergentes ya hayan podido evitar completamente un golpe estratégico. El proceso está abierto, pero como advertimos al inicio de los ataques, no parece ser el escenario dominante una victoria clara para los Estados Unidos de Trump. El tiempo, por ahora, corre a favor de Irán, y existen altas probabilidades de que, una vez más, la guerra termine siendo un búmeran para Washington.

 

Fuente: Tektonikos - Marzo 2026

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