A 50 años de la dictadura: lo que terminó y lo que persiste en democracia
Luego de medio siglo de ocurrido el último golpe de Estado, estas líneas se proponen reflexionar acerca de lo que significó la dictadura, la reestructuración que produjo y cómo esos cambios impactan en el presente.
La dictadura marca un antes y un después de la sociedad argentina. Fue la forma en que se procesó en el país la crisis sistémica del capitalismo en combinación con la eclosión del conflicto social interno. Esa crisis, originada en el centro del sistema capitalista en 1973, con eje en el mercado petrolero, se expandió hacia la periferia a través de la abundancia de dólares que necesitaban colocarse en los países periféricos bajo la forma de préstamos -lo que garantizó la dependencia de países como la Argentina a través del endeudamiento externo.
Esa crisis internacional se montó sobre la descomposición de la sociedad argentina. En términos económicos, la etapa del ministro de economía del gobierno de María Stella Martínez de Perón, Celestino Rodrigo, fue el prolegómeno disciplinador, mediante la hiperinflación, que legitimó la llegada de la política económica de la dictadura. En términos represivos, el asesinato de dirigentes populares y de la izquierda peronista había comenzado antes (el diputado Rodolfo Ortega Peña fue asesinado por la Triple A en 1974, apenas un mes después de la muerte de Perón y bajo el gobierno de Martínez de Perón).
¿Qué había llevado a esa descomposición?
La vigencia del histórico conflicto que atraviesa a la sociedad argentina desde la Revolución de Mayo hasta nuestros días. Aquél que se entabla entre dos bloques sociales: el que conforman los sectores dominantes en alianza con el capital extranjero, predominantemente financiero; frente a la alianza que conforman algunos capitales locales con las clases trabajadoras vinculadas a la industria y al mercado interno (lo que se denominó la “alianza defensiva”).
La primera experiencia peronista fue desplazada mediante la fuerza para instaurar la alianza de los sectores económicos concentrados con el capital extranjero (dando lugar al desarrollismo). Al golpe de Estado de 1955 se sumó la proscripción del ex presidente, lo que dio lugar a una disputa política llevada adelante por las bases sociales del peronismo a las que se sumaron vastos sectores medios, universitarios, juveniles, obreros para conseguir la recuperación plena del sistema de representación democrático. La resistencia obrero estudiantil consiguió debilitar las dictaduras previas y abrir el espacio para elecciones libres, que ocurrirán en 1973. En ese año, se condensan las contradicciones propias de una sociedad conflictiva, la vuelta del líder longevo incapaz de continuar conteniendo las luchas internas y externas al peronismo y una crisis económica internacional que afectaría a todos los países periféricos.
Cuál fue la ideología que la impulsó
Al salir de la segunda Guerra Mundial, el hemisferio occidental se organizó en torno al Estado de Bienestar. Un arreglo institucional que hacía que el Estado mediara entre el capital y el trabajo tendiendo a equilibrar relaciones estructuralmente desiguales. Este arreglo no fue producto de la bondad de los actores, sino del temor que habían producido y continuaban representando las revoluciones triunfantes como la de la Unión Soviética de 1917 o la creación de la República Popular China en 1949. Más aún, cuando el proceso revolucionario llega al Caribe con la Revolución Cubana en 1959. Quedaba claro que si no se contenían los niveles de explotación de la clase trabajadora podían ocurrir soluciones radicales; por lo tanto, el capital cedió parte de sus intereses a cambio de paz social y del sostenimiento de tasas de ganancia razonables. La vigencia de ese acuerdo de clases daría lugar a la “edad de oro” del capitalismo que va de 1945 a 1973.
Sin embargo, apenas establecido este acuerdo, los principales pensadores neoclásicos comenzaron -además de mascullar la bronca- a sedimentar una perspectiva económica que mostrara una superación del keynesianismo. En efecto, la Sociedad de Mont Pelèrin organizada por Hayek en 1947 concentró durante años en ese paraje suizo a personalidades de la economía, la filosofía y la política para pensar cómo allanar el camino al libre mercado. Se encontraron allí Von Mises, Milton Friedman, Karl Popper, Wilhelm Röpke y George Stigler y le dieron forma a la difusión del neoliberalismo en todo Occidente. Esta corriente identificó dos problemas centrales que entorpecían el libre funcionamiento del mercado: el Estado y la organización de la clase obrera. Por lo tanto, la solución era atacar a ambos sectores.
Cabe aclarar que el ataque a la organización sindical no tuvo atenuantes: se trató de limitar, desfinanciar, cooptar, disciplinar y/o debilitar a todos los sindicatos y su dirigencia. En tanto, el Estado que fue desmantelado fue aquél que tendía a equilibrar las relaciones sociales, aquél cuyas instituciones perseguían la justicia social. En cambio, se fortaleció la capacidad de ese mismo Estado de defender los intereses de los sectores dominantes.
El neoliberalismo llega al sur
El primer ensayo de aplicación de un programa de políticas económicas neoliberales se produjo en Chile y exigió el derrocamiento y la muerte del presidente que había iniciado la vía democrática al socialismo, Salvador Allende. El segundo programa, se aplicó en la Argentina y exigió una sangrienta dictadura: se apresó / asesinó / secuestró / desapareció / obligó al exilio a numerosos trabajadores/as, militantes, estudiantes y docentes universitarios/as, dirigentes sindicales y de organizaciones sociales y gobernadores (cinco provincias eran gobernadas por dirigentes de la izquierda peronista en 1976). Luego, las recetas -perfeccionadas y con menos sangre- llegarían a Inglaterra con Thatcher y a Estados Unidos con Reagan.
El objetivo final de la dictadura era generar una reestructuración de la sociedad argentina mediante una profunda concentración de la riqueza, el desarme de las organizaciones sociales, sindicales y políticas; y terminar con el peronismo. Se planteó como una revancha oligárquica definitiva.
La irrupción de la alianza cívico-militar que tomó el poder en esos años, favoreció y protegió con políticas estatales a las grandes empresas, al tiempo que destruyó, por medio de la violencia y la política de apertura económica, la larga alianza social tejida entre los trabajadores y la pequeña y mediana empresa nacional que, hasta ese momento, ponía un freno a los avances cíclicos de la gran burguesía industrial y los sectores agropecuarios tradicionales. Para ello inició un camino de refundación social, económica y política, cuyos efectos de largo alcance se mantuvieron, condicionando a los sucesivos gobiernos democráticos posteriores a 1983.
La orientación liberal de la nueva alianza cívico-militar no estaba exenta de contradicciones internas, pero acordaba en el norte que debía mantener el programa político-económico de ahí en adelante: el fin de un tipo de intervención estatal en la economía, tendiente a la distribución del ingreso hacia los sectores populares y el comienzo de otro, tendiente a la concentración económica a favor de los sectores dominantes.
Con las Fuerzas Armadas en el gobierno, los grandes grupos -que dicen querer destruir el Estado- gozaron de una amplia protección estatal para su expansión en la economía; no sólo usufructuando la política de promoción industrial y de contratos preferenciales con el estado, sino también impulsando la compra de empresas con financiamiento estatal y tomando créditos privados externos, cuyas obligaciones, tras sucesivas devaluaciones, fueron transferidas al estado.
La política económica de la dictadura
La política económica de Martínez de Hoz intentó poner en práctica el fin de la alianza defensiva, ese sueño de las clases económicamente dominantes de terminar con el peronismo sin ofrecer otro proyecto nacional. Para ello, se propuso ahogar la industria local, deprimir los salarios, aumentar los precios, debilitar el Estado de derecho, el Estado empresario y el Estado de Bienestar. A partir de entonces, sólo se defendería el Estado como actor que protege los derechos de propiedad. El capital contó con una libertad absoluta, mientras se recortaban las libertades civiles y políticas de los sectores trabajadores.
La economía que prosperó fue la que encabezó un conjunto de grupos empresarios que se vieron favorecidos por la política económica, el endeudamiento externo y la obra pública (lo que los identificó como la Patria Contratista o Generales de la economía). Los principales grupos económicos beneficiados fueron Techint de Rocca, Fate- Aluar de Madanes, Naviera Pérez Companc (Pérez Companc), Clarín (Magnetto-Noble), Socma (Macri), Loma Negra (Fortabat), Arcor (Pagani), Bagó, Ledesma, Bridas (Bulgheroni), Quilmes (Bemberg); los grandes bancos privados y el sector financiero. Varios de estos grupos colaboraron brindando soporte al sistema represivo de la dictadura; es el caso de Techint con “la noche de los tubos”, de Ledesma con “el apagón”, entre otros tantos casos. A su vez, triplicaron su importancia al salir de la dictadura en número de empresas, en sectores ocupados y en porción de mercado acaparada.
Cómo cayó la dictadura
La dictadura no cayó: fue derrotada por la reacción social. La guerra de Malvinas le infringió una derrota en el propio campo a las fuerzas armadas. La crisis de deuda externa dinamitó la política económica a partir de 1982. La reacción a la represión que iniciaron las Madres y siguieron numerosas organizaciones de derechos humanos fue seguida de una rearticulación de la movilización social que derivó en protestas, en la organización de la multisectorial y en un paro general. Toda esa movilización limó las esperanzas de la corporación militar de legitimarse en elecciones libres y cuando se vio obligada a abrir el proceso electoral triunfó el candidato que más lejos de la dictadura se posicionó (Raúl Alfonsín).
Continuidades y algunas rupturas
La restauración democrática llevó adelante el juicio a las Juntas con el esclarecimiento y el dictamen de culpabilidad de los mandos militares pero no esclareció, investigó ni explicó suficientemente las responsabilidades económicas y estructurales que habían dado lugar al proceso represivo. Eso permitió que todo el empresariado que había contribuido a la represión se pudiera poner el traje democrático y seguir operando en la economía argentina sin haber expiado sus culpas.
Tampoco la democracia pudo volver atrás las numerosas transformaciones que se habían llevado a cabo. En la actualidad, más de 300 leyes aprobadas en la dictadura siguen vigentes reproduciendo la dinámica social regresiva del autoritarismo (algunas en áreas sumamente significativas para la reproducción de las desigualdades sociales).
Tampoco se establecieron responsabilidades en torno al endeudamiento externo del que se beneficiaron pocos actores económicos y aún hoy pesa sobre el conjunto de la sociedad argentina. Con el agravante de que quienes hicieron posible ese negociado desempeñan funciones en los distintos gobiernos de derecha que siguieron a la restauración democrática.
Pero tal vez, el costo más alto que pagó y paga la sociedad es que a partir de 1983 la política se edifica como un sistema de representación propio de la democracia neoliberal reducida a sus formalidades y va gradualmente perdiendo eficacia en la representación de los intereses de los sectores trabajadores. En efecto, la única verificación sobre el funcionamiento del sistema pasa por realizar periódicas elecciones, más allá de que el Estado y sus poderes falten a la preservación y puesta en práctica de los derechos fundamentales de los ciudadanos. El problema es más acuciante si pensamos que, mientras la ciudadanía vota un domingo cada dos años, los sectores económicos concentrados votan todos los días (los locales, con la fijación de precios, con el valor del dólar, con las tasas de interés; el capital extranjero, mediante la habilitación o no de desembolsos, con las calificadoras de riesgo -el riesgo país-, con las tasas de interés).
En ese debilitamiento del sistema de representación democrático, se observa que la dirigencia del campo popular dejó de considerar a la militancia, la movilización y el accionar social como una herramienta de poder capaz de contribuir a las luchas por la justicia social. Se apuesta demasiado a la política de los palacios y se subestima el poder de la política en las calles. Es ésta una dimensión que explica este presente regresivo.
De lo expuesto, se reafirma que si bien la dictadura murió a manos de la sociedad civil y política en 1983; ese cadáver goza de bastante buena salud si miramos todos los procesos que no se revirtieron en democracia.
Cómo seguimos
La actual experiencia neoliberal como todas las aplicadas en países como el nuestro, cuya sociedad tiene memoria de la justicia social, terminan mal. Saldremos de esta situación como siempre lo hemos hecho: insistiendo, persistiendo, resistiendo sin desistir jamás. Ningún derecho de los que hemos gozado o que podemos alcanzar será jamás recibido como un regalo, los derechos de los que gozamos han sido amasados con lágrimas, con el esfuerzo y con la sangre de generaciones. Ahora no será distinto. La tarea para alcanzar la Victoria (con mayúsculas) es difícil; pero en ese bregar alcanzamos cada día una pequeña victoria que cimienta la fuerza para seguir. Si luchamos, disputamos el resultado. Podemos ganar, pero si no lo conseguimos, podremos mirarnos a los ojos entre nosotrxs, mirar a los ojos a nuestros hijxs y reconocer que hicimos todo lo posible por cambiar las cosas.

