Somos locales otra vez
El Festival de Mar del Plata, Fuera de campo y el calor del público
Gabriel Lerman, codirector artístico del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, fue el jueves pasado al estudio de Radio Brisas con la energía de alguien a quien no le importaría mucho ser despedido, quiere ser despedido, quiere que despidan a quien eligió para esta edición el slogan “El renacer del esplendor” o simplemente no tiene una idea muy completa de qué significa poner la cara como funcionario público al frente de un evento internacional con cuarenta ediciones. A los tres minutos de comenzada la entrevista concedió su “frustración” por el hecho de que “la gente se está perdiendo un montón de cosas” en el festival o que directamente “no hay gente” en ciertas funciones, mencionando como primer ejemplo que había 20 o 30 espectadores en una de las funciones de la flamante sección de pilotos de series del festival y lamentando que la gestión por ese programa que vieron 30 personas le haya llevado diez meses.
Desde ese punto el diálogo simplemente se puso más incómodo de ver:
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Nueve minutos después de admitir que “no hay gente”, Lerman dijo con soltura que desde la programación del festival no se está “yendo al cinéfilo” sino “a la audiencia general”, que él lleva “34 años haciendo esto” y que si alguien le pide que “programe un festival para cinéfilos o para los que les gustan esas películas oscuras que no terminan de entender pero que les apasionan” él también puede hacerlo.
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“Lo que separa a Berlín, Cannes, Venecia, San Sebastián de Mar del Plata lamentablemente es el presupuesto”, dijo en la primera de varias quejas on the record sobre el tema.
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El detrás de escena de la selección del material que paga por su inscripción al festival: “Hay un equipo que trabaja mirando todo lo que se presenta de punta a punta, porque si alguien te presenta una película y paga una inscripción lo menos que podemos hacer es que— aunque sea una de esas películas [con las] que te querés pegar un tiro mientras las mirás, hay que mirarla del principio hasta el final”.
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El detrás de escena de cómo se negocian fees con agentes y distribuidoras para poder programar otras películas: “Ya tenemos el discursito de ‘Somos un p—1 festival pobre, estamos en América Latina’ porque te quieren matar con los derechos y nosotros tenemos un presupuesto muy acotado. El año pasado teníamos un presupuesto ridículo para esto, necesitamos de la ayuda de las embajadas (…) Por eso les digo que lo triste es cuando la gente no viene”.
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La anécdota de Diego Peretti, el auto del festival, la conductora de Uber y el tiempo de ocio disponible en este contexto, con la que un cineasta como Radu Jude se haría un festín y que es imposible de describir adecuadamente por escrito:
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Una pregunta por la falta de celebridades en el festival disparó un monólogo increíble en el que Lerman señaló la falta de conexión aeroportuaria de Mar del Plata (la misma que existía cuando fueron John Landis o Bong Joon-ho, si el problema fuera únicamente ese) y contó cómo se cayeron las negociaciones para las visitas de Sarah Snook (porque el festival no puede pagar pasajes de primera clase) y de Harvey Keitel, que también se debió a la falta de presupuesto pero que claramente le provocó una indignación con el equipo de producción del evento.
La entrevista terminó con Lerman aclarando que el festival “funciona”, justo antes de señalar que “se nos nota dónde falta” y revelar que la persona que trajo a Bill Condon y Tonatiuh expresó su alivio por haber traído específicamente a ellos que son “gente muy accesible” y no a otras figuras más exigentes o que estén “en su momento prime, como Sarah Snook”, de cuya ausencia se había quejado un rato antes.
Nada de esto impidió que al otro día de la entrevista Lerman y su compañero de puesto, Jorge Stamadianos, recibieran la distinción de Embajadores Turísticos otorgada por el Ente Municipal de Turismo y Cultura, o que Lerman diera una nueva nota igual de jugosa al medio local Funcinema, esta vez con dardos a artistas y críticos de cine nacionales. A esa altura faltaba un día para que Lerman fuera parte de la ceremonia de clausura en un Teatro Auditorium (dependiente de la Provincia) con el aire acondicionado roto y los invitados abanicándose con grillas de horarios, pero al menos ese viernes a la mañana estaba con el ánimo suficiente para decirle al sitio 0223 que, junto a Stamadianos, recibieron al festival “en el punto más bajo de su historia y lo levantamos poco a poco”.
A Paraná Sendros le gusta recordar que Claudio España, director de Mar del Plata nada menos que en 2001 y 2002, solía decir que “las estrellas son las películas”. José Martínez Suárez usó la frase desde su primer año como director, en 2009, y desde entonces parece ser un sano amuleto que no va a evitar cuestionamientos por falta de invitados o estructura, pero que al menos invita amistosamente a que los balances hagan esfuerzos mentirosos o con el mayor sustento posible por decir si hubo descubrimientos positivos de películas bajo el radar, si se trajo lo que debía estar, si alguna sección o retrospectiva ofrece respuestas sobre el presente, etcétera.
La gestión actual del festival hizo un esfuerzo tan ilógico y canchero por prometer una revolución en todo aquello que está alrededor de la programación que terminó creando, en la jodita del esplendor, un concepto tan inseparable del festival como inalcanzable. Paraná Sendrós terminó poniéndolo en el título de un artículo que en el segundo párrafo menciona que Claudio España solía decir que “las estrellas son las películas”.
Fuera de campo no hizo promesas de actores internacionales ni escenarios utópicos de IA, y aún así se metió en una meta igualmente compleja a su medida: “Lo que nos importa es lograr la mayor diversidad posible en términos geográficos, estéticos y generacionales. Tratar de ser un imán que atraiga todas esas tendencias y tensiones”, decía Tomás Guarnaccia a Tiempo Argentino. Como si no fuese suficiente desafío, intentaron cumplirlo en solo 27 funciones.
Definitivamente se notó el intento: entre todas las combinaciones posibles se puede decir que la muestra iba de Hugo del Carril en una adaptación de Balzac a Luis Ortega, de los recuerdos del 2001 a una comedia jujeña contemporánea con un final trágicamente neorrealista, del registro de los festejos callejeros en la asunción de Javier Milei a Prisioneros de la noche meets Lucía Seles mientras alguien junta vómito de una bacha y suena Debussy, u otro compositor. Es obvio que no todo salió bien frente al gusto individual, pero esa búsqueda de diversidad planteada invitó a hacerse muchas preguntas. ¿Cuántas variables habrán entrado en juego para armar la programación del evento? De esas 27 funciones totales cinco correspondieron a presentaciones de Fernando Martín Peña, y otras dos a la exhibición de un total de 12 cortometrajes. ¿Qué mapa se puede armar con las 20 funciones restantes para alcanzar esa diversidad y no dejar de vender entradas? ¿Hay lugar en este contexto para decir algo distinto sobre el cine argentino desde una selección formalmente arriesgada? ¿O hay mensajes con una prioridad que respetar a rajatabla? No se trata de abrir conjeturas inquisitorias, sino de dimensionar las cuestiones que se cruzan al planear este tipo de acciones.
Si en Fuera de campo cada decisión de programación quedaba expuesta como el acierto o traspié de un único recorrido posible, la falta de exposición sobre muchas de las selecciones del festival terminó produciendo algunas curiosidades:
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Las dos funciones de The Rocky Horror Picture Show se habían anunciado en la previa con la invitación a los espectadores a que asistieran disfrazados de alguno de los personajes de la película, lo que pudo haber sido una penuria si el público no respondía (el anuncio posterior del equipo de prensa de que un grupo de actores marplatenses iría con sus atuendos parecía ser un manotazo de ahogado). En la entrevista con Radio Brisas, Lerman mencionó que había hecho un pedido interno específico para que se difundieran las funciones, y así fue que las historias de Instagram del festival incluyeron lo que debe haber sido el único registro oficial de una sala llena, incluso con unos pocos segundos del codirector arengando al público en la presentación y obteniendo una reacción enérgica. Escenas de pablocondismo explícito que habían tenido un antecedente inmediato y más genuino, porque el exdirector artístico pasó por Mar del Plata en septiembre a presentar dos funciones del festival Funcinema.
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Entre las medallas políticas que uno supone que esta gestión del festival no querría colgarse jamás (aunque Carlos Pirovano hizo cierta difusión antes del comienzo del evento) está la del tweet del periodista Fernando Duclos (alias Periodistán), que celebró que La voz de Hind Rajab de Kaouther Ben Hania se presentara en el festival “pese al enorme lobby sionista por impedirlo”. Quedará la intriga de si Periodistán se habrá enterado tanto de la fuerte presencia del cine israelí en esta misma edición del festival (no se llega a entender si en todo caso la delegación habrá ejercido el lobby que Duclos menciona) como del hecho de que el festival proyectó La voz de Hind Rajab en la misma ciudad cuyo oficialismo intentó cambiar el nombre de la calle Palestina por el de “7 de Octubre”.
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El caso del documental Vlasta, el recuerdo no es eterno de Candela Vey y Tino Pereira, que ganó una mención especial en la competencia argentina de largometrajes, debe haber sido la mayor sorpresa en cuanto a la relación de la programación con su contexto, porque incluye una escena con varios registros televisivos de la represión a la protesta en la puerta del cine Gaumont de marzo del año pasado, con audios de WhatsApp en off describiendo los obstáculos burocráticos que la nueva gestión del Instituto le ponía a la misma película (el proyecto finalmente quedó en la convocatoria de documental digital de este año).
Hubo un momento en la primera charla de Fuera de campo (“La fractura entre la comunidad”) que la entrega anterior de este newsletter pasó por alto y sobre el que conviene volver. En primer lugar porque, revisando la grabación de audio, noto que quien protagonizó ese momento aludió en ese mismo instante al ánimo de catarsis que reinaba en esa charla, lo cual fue una muy buena definición que terminé usando en mi propio repaso (me la robé sin darme cuenta, lisa y llanamente). También porque la escena terminó siendo el tema de muchos diálogos posteriores entre asistentes a Fuera de campo, e incluso el cineasta Goyo Anchou aludió a ella dos días después en la mesa de la que formó parte. Todo lo cual puede ser evidencia de que tal vez la intervención incluso se adelantó a algunas de las dificultades de los diálogos restantes.
Quevedo, Paredes, Podestá, Ocampo, Fernández | Foto de Victoria Duclós Sibuet
Hay un problema y es que Fuera de campo aún no subió los registros de las charlas (esperemos que se reduzca la espera de dos semanas que hubo el año pasado), por lo que tal vez sirva brindar este contexto muy subjetivo y breve: la charla tuvo a la activista Ofelia Fernández, la actriz Laura Paredes, la cineasta Lucila Podestá y el investigador Emiliano Ocampo, que formó parte de la expedición del Conicet y la fundación Schmidt Ocean Institute. La descripción de la actividad en el material de prensa de Fuera de campo planteaba lo siguiente…
Las luchas de las universidades públicas, de los hospitales como el Garrahan o de la ciencia con la alegría que despertó la expedición del CONICET muestran que, cuando hay comunidad, hay movilización y hay impacto. Ante el ataque a la cultura, ¿cómo responde nuestro sector? Voces de distintos ámbitos políticos, sociales, culturales y científicos comparten sus experiencias en la construcción de comunidad y en la necesidad de nuevas formas de acción colectiva.
… y la introducción del moderador Jerónimo Quevedo dijo algo mucho más breve pero que no estaba alejado de eso.
Lo cierto es que, previsiblemente, las ideas que se iban planteando se diversificaron bastante y por momentos se fueron alejando de las preguntas iniciales. Esto fue tanto por la multiplicidad de puntos de vista en el panel (buscada a propósito, claramente) como por las preguntas que hizo un público incluso más heterogéneo, y también porque Fernández fue abriendo muchas pestañas en sus intervenciones, que fueron las más extensas (esta dinámica se repetiría en las dos charlas siguientes con los protagonismos de Mariano Llinás y Anchou, respectivamente). Con el micrófono abierto para las preguntas de los asistentes, un jubilado quiso poner en tensión ciertas ideas que Fernández había esbozado sobre la mala implementación de la unidad peronista en las últimas elecciones, respondiéndole que en la urgencia de este contexto (el señor incluso mencionó su angustia por la situación de su hija trans) plantear muchas discusiones previas a esa unidad podía ser contraproducente. Fernández estaba empezando a contestarle al jubilado pero se escucharon algunos cuchicheos entre el moderador y la audiencia por ver quién más quería hablar. Ahí fue que una crítica y estudiante (no sé si ella hará su propio repaso con nombre y apellido) tomó la palabra:
Hola, ¿cómo están? Una breve observación. No sé si se dan cuenta de que estamos hablando de unidad y totalidad, y cosas muy distintas a modo de catarsis. Hubiese estado genial que en espacios como este podamos hablar de casos específicos, de cosas que ponen en jaque, casualmente, la unidad en el ámbito del cine: la plataforma Cine Ar, por ejemplo, está siendo desfinanciada; la ENERC Cuyo2, que depende del Instituto, puede ser que no funcione el año que viene… Estamos hablando de personalismos, [se dirige a Fernández] de tu documental flamante que se va a pasar mañana3 o de cómo construir código en el teatro. Y casualmente cuando se abre al público pasa esto de que habla X persona sobre su escuela, o tal otra sobre sus hijes. Está genial. Pero esto habla muchísimo de la falta… no de unidad, sino casualmente de noción, de esos estímulos en imágenes que van surgiendo. Es una pena, pienso, que espacios como este no puedan atender a problemáticas, porque es genial hablar de todos, de nosotros... Ahí podemos ligarlo con Merleau-Ponty en Fenomenología de la percepción; podríamos hablar incluso técnicamente del libro VI de la Ética nicomáquea de Aristóteles, y hablar específicamente de cosas y de todos. Pero es muy ambiguo, y ese es un gran problema: que hay actos y hay cosas, y nosotros, y juntos estamos todos acá, y nos sentimos acompañados en espacios endogámicos. Y pasan otras cosas que nos hacen despertar, que nos dicen “Che, están cerrando tal cosa”, “Están ajustando becas del CONICET”, “Están haciendo X de tal”, “X tal otra”, y no sabemos cómo reaccionar mientras estamos juntos bajo el desierto pensando “Uh, ¿cuándo va a venir la lluvia?”. Es una pena.
Desde ese punto se produjo un ida y vuelta entre esta integrante del público y Fernández (esta última planteó su punto sobre los tonos con los que se debate en discusiones “entre nosotros”), que no voy a compartir por acá por una cuestión de extensión y porque sigue siendo deuda de Fuera de campo compartirlo. No hay apreciación que pueda hacer de mi parte que haga justicia sobre lo que pasó no solo en ese cruce, sino en las tres charlas mientras no se puedan ver completas.
Pero sí me podría animar a decir que ese fue, por lejos, el momento más “tenso” o de mayor polémica en cualquiera de las tres charlas de este año, lo cual es significativo o al menos sintomático. Y me animo a coincidir muy lateralmente con la intervención de la crítica y estudiante en el sentido de que, más allá de que las tres charlas realmente hayan tenido pasajes de observaciones muy agudas y reflexiones muy refrescantes sobre cómo asimilar o enfrentar el contexto actual, a mi gusto a los paneles les está faltando gente que aporte información concreta sobre los temas que se están discutiendo o experiencias exitosas específicas que se puedan analizar a fondo para emularse o difundirse. Sobre todo como para dar un marco riguroso y que pueda encauzar las intervenciones, cosa de no caer en una charla de café o una serie de temas que se disparan y se superponen como si estuvieran rebotando adentro de un flipper.
Es decir, por inventar solo un ejemplo, que si una charla se llama “La fractura con el público: ¿cómo hacer que la gente vaya al cine?” podría ser interesante que María Zanetti cuente si hubo algo que ayudara a que Alemania vendiera más de 20.000 entradas en el circuito comercial, o que Hernán Roselli hable de cómo Algo viejo, algo nuevo, algo prestado pasó casi un año en el Malba, o que alguien le preguntara a Llinás (que sí estuvo en el panel) cómo fue desarrollando una audiencia a lo largo de más de 20 años como para que Historias extraordinarias se reestrenara en el Malba volviendo a ser un éxito. Lo cual no que tiene que ser de ninguna manera una sublevación a la retórica de vivir o morir porque una película sea rentable, sino simplemente empezar a asomarse a una parte más de la realización cinematográfica sobre la que estaría bueno poder tomar un poco más de control, para no depender enteramente de un Instituto que fue muy deficiente en ese sentido y para no ser carne de cualquier narrativa idiota que se quiera imponer para justificar un vaciamiento. Es nada más y nada menos que empezar a conspirar a favor de la comunidad.
Ese último planteo de mi parte es tan específico como muchas de las objeciones o críticas constructivas que se expresan en público y en privado sobre Fuera de campo. Yo no escuché ni leí dos opiniones que se parecieran demasiado entre sí: parece haber un espectro que va desde la necesidad de hacer un upgrade en la cantidad de funciones y las comodidades de las sedes elegidas hasta la inutilidad de cualquier acción que no implique una toma del festival del Incaa. Hay un brete para Fuera de campo que va más allá del posicionamiento frente al conflicto del cine argentino, y que en algunos años pedirá a gritos ser contado en un trabajo práctico de gestión cultural: un evento que tiene muchísimas direcciones artísticas, políticas o de logística en las que puede moverse año tras año, y que a la vez encontró de manera muy rápida un núcleo de funcionamiento sobre el que se puede sostener, no sin un gran esfuerzo y no sin el peligro de quedar encasillado ahí.
Lo gracioso, viéndolo desde afuera, es que comparte calendario y ciudad con un evento mucho mayor pero cuyos miembros también parecen estar aprendiendo muchas cosas sobre la marcha.
No se puede hablar de charlas, debates o gestión cultural sin mencionar que el festival tenía una actividad muy prometedora titulada justamente “Panorama de la gestión cultural”, que anunciaba la presencia de “directores de festivales nacionales” y la moderación de María Biaiñ y Lorena Bianchini en representación del Incaa. Fue básicamente una seguidilla de introducciones sobre distintos festivales argentinos con sus correspondientes spots publicitarios, sin menciones explícitas al contexto de la industria audiovisual más que para agradecer a una de las representantes del Instituto por lo que es innegablemente una muy buena noticia: la reanudación de los apoyos económicos a estos festivales.
Las preguntas desde el público evidenciaron rápidamente que el público estaba casi totalmente compuesto por otros empleados o voluntarios de los festivales mencionados, lo que al menos produjo instancias de networking una vez finalizada la actividad. Hubo un momento en el que una joven pidió el micrófono y empezó a contar que era una estudiante sanjuanina de la Enerc, mientras otra chica al lado comenzó a filmarla como si estuviera por cantarle las cuarenta a alguien. La pregunta terminó siendo sobre consejos para crear un festival de cine, y las dos chicas estaban afectadas a “Incaa Impulsa”, la residencia/competencia de jóvenes streamers, influencers y creadores de contenido que fueron invitados a filmar reels en Mar del Plata y desarrollarse en otras actividades creativas, y que culminó con cuatro de ellos siendo anunciados en la ceremonia de clausura como los elegidos para ir a filmar reels al festival de Málaga.
Ni el pronóstico más optimista debe haber previsto este desenlace: ¿acaso el cine argentino le dio una lección de convocatoria de público a Pirovano y su proyecto de esplendor?
Esta es la programadora Lucía Salas el jueves pasado, expresando su felicidad a Infobrisas por el éxito en la venta de entradas de Fuera de campo en el teatro Enrique Carreras:
Y este es Carlos Pirovano ayer lunes, sentenciando una falta de logros a Radio Brisas por la cantidad de público que asistió a esta edición del festival:
Más allá de la tan tentadora comparación, el tema central de la entrevista a Pirovano es fuertísimo porque se suma a la postura de Lerman y parece querer dinamitar el activo más publicitado de esta edición del festival, que era la relación con el municipio:
El funcionario propuso intervenir especialmente las ocho cuadras que forman el triángulo entre el Torreón del Monje, el Paseo Aldrey y la calle San Martín: “No es un espacio muy grande. Sería muy bueno que estuviera vestido con banderas, carteles o gráfica (…) Son pequeños detalles que muestran que ni para la Municipalidad ni para la Provincia fue una cosa importante. Entonces uno siente que está empujando en soledad”.
¿Esto es simple estupidez? ¿Pérdida de respeto súbita por un intendente tan pendiente de la orden de armar la valija e irse de la ciudad para reemplazar a Cuneo Libarona que ni siquiera consideró encargar esas banderas? ¿Primer paso de un pretexto para desfinanciar el festival? ¿O será cierto el rumor que circulaba de que Pirovano estaba realmente (pero realmente) ilusionado con recibir un aporte sustancial del gobierno de la ciudad y los empresarios locales al presupuesto del festival?
La reacción es insólita y marca un contraste increíble: cerca del final del evento, un organizador de Fuera de campo abocado a la producción se mostraba contento con el impacto que había tenido en los jubilados haber mandado a imprimir unas grillas simple faz con los horarios de toda las funciones. Hablaba a dos metros de la mesa de merchandising que terminó agotando todo su stock (sin contar la entrega pendiente de una tanda de remeras y totebags a clientes en Buenos Aires). Hablaba de planes de expansión muy concretos y delineados pero inmediatamente aclaraba que en primer lugar quería que todos los implicados dejaran de hacer sus trabajos a pulmón. Los gastos de inversión (salvo por uno surgido de un triste imprevisto) estaban a punto de ser cubiertos por la venta de entradas de las últimas funciones. ¿Cómo hizo un grupo de once personas divididas en grupos de WhatsApp superpuestos para terminar la primera quincena de noviembre de mejor humor que el equipo remunerado del único festival clase A de América Latina?
Hay que volver a la entrevista a Lerman del principio de esta entrega. En el transcurso de la nota el codirector fue haciendo alusiones cada vez menos sutiles a la necesidad de que las empresas marplatenses pongan plata en el festival: dijo que con dos millones de dólares sería suficiente. Que alguien (dijo realmente “alguien”) hizo el festival en 1954, y en 1959 los empresarios marplatenses “pusieron una fortuna a disposición de la Asociación de Cronistas Cinematográficos” para que el evento alcanzara la categoría A. Que en el festival de Karlovy Vary los invitados hacen el largo viaje desde el aeropuerto de Praga en autos cero kilómetro que aporta BMW, y que una automotriz argentina podría hacerlo acá. Ahí podría ser útil la concesionaria local Ricardo Romera, que aportó el spot con más color local a las publicidades en las proyecciones (aquí filmado en una de las salas del Paseo Aldrey):
No parece haber signos de algún tipo de introspección sobre su trabajo en la programación, o sobre el problema de haber pretendido cobrarle al público el precio pleno de la entrada a una película para proyectarle pilotos de series a las que no les faltará mucho tiempo para estar disponibles en las plataformas. Ni una idea sobre cómo sus funciones favoritas en el festival fueron la copia de una receta sostenida por años en gestiones anteriores. Nada para pasar en limpio de los muy esperables resultados de querer cambiar drásticamente el perfil y la audiencia del festival en menos de dos años (el spot de resumen durante la ceremonia de cierre no incluyó una sola imagen de espectadores en una sala llena o en una fila larga). Mucho menos preguntarse en cuánto contribuirá a la imagen del festival salir en los medios quejándose de la organización del festival. Solo se trata de pedir más plata a los empresarios de la ciudad.
Fuera de campo quiere hacer los deberes por su lado y afianzar vínculos a su manera, para lo que posteó un reel con un audio de WhatsApp de tres minutos del dueño del boliche Bora Bora (flamante meeting point del evento), agradeciendo por la experiencia y prometiendo volver a colaborar el año que viene.
Fuente: Captura Recomendada - Noviembre 2025







