Trump 2.0 y las reconfiguraciones de la derecha
Lejos de ser un grupo de viejos anticuados, el movimiento conservador es una fuerza dinámica, unida para preservar los privilegios pero con una amplia capacidad y voluntad de apelar a las masas. Pueden ser tan revolucionarios como contrarrevolucionarios.
En 2011, el teórico político estadounidense Corey Robin publicó La mente reaccionaria. El conservadurismo desde Edmund Burke hasta Sarah Palin1, una serie de ensayos acerca de la vitalidad del movimiento conservador, que abarca a viejos tótems intelectuales como Friedrich Nietzsche y Friedrich Hayek, pero también a figuras modernas como William Buckley Jr. y el entonces juez de la Corte Suprema de Estados Unidos Antonin Scalia. La inclusión de Palin, la fallida candidata a vicepresidente de John McCain (derrotados por Barack Obama en 2008), reflejaba el intento por parte de Robin de intervenir en la conversación pública de ese momento, así como su visión del movimiento conservador como una familia grande y diversa, que es capaz de renovarse para enfrentar distintos tipos de desafíos de movimientos progresistas. La publicación del libro generó un pequeño revuelo en la comunidad intelectual de eeuu. Robin fue acusado, entre otras cosas, de simplificar la historia del movimiento para presentar una visión caricaturizada de los conservadores.
Pero la llegada a la Presidencia de Donald Trump en 2016 parece haberlo redimido. La revista The New Yorker se refirió al libro como el que «predijo a Trump». La casa editorial de la Universidad de Oxford ordenó una reedición con un nuevo ensayo acerca del flamante presidente, que reemplazó a Palin en el título. Más notoriamente, fue uno de los principales argumentos del libro lo que elevó nuevamente el nombre de Robin en el debate público. Lejos de presentarlos como un grupo de viejos anticuados, anclados en una tradición predeterminada, Robin entiende el movimiento conservador como una fuerza dinámica, unida para preservar el privilegio pero con una amplia capacidad y voluntad de apelar a las masas, sin renunciar a tomar algunas estrategias de la izquierda. Pueden ser tan revolucionarios como contrarrevolucionarios y oponerse con fuerza al establishment del momento.
En esta entrevista, Robin analiza el segundo mandato de Trump, las tensiones en la robusta coalición de derecha que lo acompaña y las continuidades y rupturas con el Partido Republicano. Para el profesor de Ciencia Política del Brooklyn College, el presidente de eeuu es más continuista de lo que se piensa. Rechaza a su vez la afirmación de que el liberalismo se encuentra en una crisis terminal y pone la lupa, a raíz de la experiencia argentina, en la continua influencia que siguen teniendo Hayek y Ludwig von Mises en la política contemporánea.
Acabamos de salir de un evento, el ataque de eeuu a Irán, que puso de manifiesto una tensión histórica de la derecha, entre un ala neoconservadora, con un espíritu intervencionista en este tipo de conflictos, y otra más aislacionista, escéptica respecto al resultado de esta clase de acciones. Voces cercanas a esta última, como Tucker Carlson y Steve Bannon, criticaron públicamente a Donald Trump por el ataque, como nunca antes lo habían hecho. Quisiera saber cómo ve esta tensión dentro de la derecha acerca del rol de eeuu en el mundo, y qué papel juega específicamente Trump, quien prometió poner fin a las guerras eternas pero coquetea cada vez más con el uso del poder presidencial en el exterior.
Creo que efectivamente en la derecha existe una tensión sobre el rol de eeuu en el mundo, pero no caracterizaría esa tensión como una divergencia entre intervencionistas y aislacionistas. Así es como suele pensarse, pero creo que eso siempre ha sido un error. Trump y muchos de sus seguidores del movimiento maga [Make America Great Again] siempre creyeron en la idea de que eeuu debe ser el policía de América Latina y el hemisferio occidental. Nunca tuvieron ningún problema, por ejemplo, en decirle a Venezuela lo que tiene que hacer. Y siempre fueron bastante agresivos con respecto a China. Yo creo que esa división no es entre intervencionistas y aislacionistas, sino que hay una rama del partido que cree que Europa y Oriente Medio son una distracción para eeuu, y que el país debe reforzarse y prepararse para enfocarse en China como el desafío real. Creo que así lo ve alguien como Steve Bannon, por ejemplo. Es menos acerca de retirarse del mundo que sobre dónde enfocar la atención en el mundo. Esta idea tiene raíces profundas en la derecha. Mucha gente en el preludio de la Segunda Guerra Mundial no quería saber nada con intervenir en Europa, pero sí con pelear contra Japón en el Pacífico. Siempre ha habido una tensión entre una orientación hacia el Atlántico y otra hacia el Pacífico.
Otro sector es más favorable a una intervención en Oriente Medio, y es la que parece tener la ventaja por el momento. Y creo que eso señala algo. A veces asumimos que Trump transformó completamente el Partido Republicano. Que purgó a los neoconservadores, que se deshizo de toda la gente que estaba a favor de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan), y así. Y lo cierto es que él no ha transformado el Partido Republicano. O por lo menos, no en el grado en que muchas personas creen que lo ha hecho. Ha hecho otras cosas que han roto con la tradición del partido, pero particularmente en este asunto, en Oriente Medio, diría que las políticas son bastante continuistas tanto con republicanos como con demócratas. Tampoco ha retirado a eeuu de la otan. Así que hay diferencias, y no quiero minimizarlas, pero en este asunto lo que vemos es una continuidad con la llamada ala intervencionista del Partido Republicano.
Trump no parece, sin embargo, interesado en continuar con el posicionamiento de eeuu en Europa y Oriente Medio, pero en acciones como la de Irán se puede leer una tentación por intervenciones concretas que exhiban el músculo militar estadounidense. ¿Cree que Trump tiene una visión coherente en política exterior?
El presidente tiene una visión coherente, que es expandir la marca Trump. No es un animal político, de la manera en que estamos acostumbrados a usar el término. Él realmente está interesado en su nombre, su reputación y su poder. Pero el propósito de ese poder, para lo que ese poder puede servir, aparece de manera confusa. Es alguien muy vulnerable a la influencia de la última persona con la que ha hablado. No es una figura política seria, en ese sentido. Ronald Reagan, por ejemplo, más allá de sus debilidades, tenía una base ideológica fuerte. Y luchó por ella. La ideología de Trump gira primero alrededor de él mismo. Y eso lo vuelve peligroso, porque nunca se sabe lo que va a hacer. Simplemente no tiene un núcleo de compromisos, y muchas veces es capaz de retractarse de la misma manera en que puede avanzar rápidamente en una idea. Es difícil escrutarlo. Lo que sí creo es que hay gente detrás de él que es seria y está comprometida con una cosmovisión. Pero se encuentran en una lucha por el control del Partido Republicano.
A propósito de la coalición actual de la derecha, quisiera preguntarle qué rol le asigna a Trump en ella, no solo como una figura de cohesión, sino también como su condición de posibilidad. ¿Le parece una coalición sólida, o es más volátil de lo que parece?
Tenemos que ser cuidadosos en este punto, porque el electorado que llevó a Trump al poder representa como mucho 50%. El estadounidense es un electorado muy dividido, que puede volverse en contra rápidamente, como le pasó al propio Trump en 2020. Cuánto de esa porción del electorado es maga y cuántos son republicanos tradicionales siempre ha sido algo difícil de calcular. La premisa básica es que votan por Trump porque son republicanos, y que en la medida en que la base maga mueve el partido a la derecha, ellos van hacia ahí. Pero ¿son del núcleo duro? Es algo que los cientistas políticos todavía están intentando calibrar.
Esto es solo una parte de mi respuesta. Porque luego tenemos un presidente que, en parte por cómo funciona el sistema presidencialista estadounidense, puede ejercer una cantidad impresionante de poder sin tomar en cuenta al Congreso, a los tribunales o a los votantes. Así que es una situación delicada, porque incluso cuando no existe un apoyo mayoritario de la población, el presidente tiene un amplio margen de maniobra y puede implementar cambios relevantes. Y así llegamos a su pregunta por la condición de posibilidad. Creo que Trump, teniendo ese poder en la Presidencia pero sin un poder hegemónico en la sociedad, ha sido un factor de posibilidad más fuerte de lo que hubiera imaginado. A mí, como estudioso de la derecha, me ha sorprendido. Así que esta es la situación en que estamos ahora: Trump está siempre tentado y posibilitado por el poder presidencial de hacer cosas que nadie pensó que fueran posibles. Y la única pregunta, en cada uno de estos momentos, es si una parte de esa coalición inestable va a volverse en su contra. No sabemos la respuesta hasta que llega una elección. Y como no tenemos una pronto, estamos en esta especie de limbo en el que todos están tratando de ver cuán lejos puede ir hasta que se empiece a tambalear.
En repetidas ocasiones aparece la idea de que la coalición se va a romper. Pasó con el ataque a Irán, pero también lo vimos con la salida atropellada de Elon Musk del gobierno. Y por el momento lo que vemos es una coalición que parece mantenerse fuerte a pesar de las críticas internas, que se dobla pero no se rompe, sobre todo gracias al liderazgo de Trump.
Lo diría así: creo que es una coalición inestable cuyo poder de consenso depende, en última instancia, de su éxito. El Bush de 2004 parecía completamente fuerte, nada podía detenerlo. Pero después pasan cosas y las coaliciones se derrumban. Estamos en un momento difícil de analizar. Una vez que lleguen los efectos de los aranceles y la inflación y los precios comiencen a subir, estoy seguro de que el núcleo maga seguirá con Trump hasta el final, pero no creo que la totalidad del Partido Republicano lo acepte. Entiendo el escepticismo, pero todavía no han llegado los efectos de las cosas que está haciendo en este segundo mandato.
Hace un rato dijo algo que está flotando en la conversación, y es que no está de acuerdo con la opinión –bastante extendida– de que Trump transformó el Partido Republicano. Me gustaría profundizar en esta idea. ¿Cree que hay una parte del universo republicano que no está alineada a Trump? ¿O es que lo apoyan ahora pero podrían abandonarlo fácilmente? Se lo pregunto porque, sobre todo después de la última elección, es difícil imaginar un Partido Republicano al margen de Trump. Los desafíos que tuvo desde el centro, encarnados por figuras como Mitt Romney y Liz Cheney, fueron ampliamente acallados, y sus competidores desde la derecha, como Ron DeSantis, no solo fueron aplastados en las primarias sino que además se le parecían mucho.
Demos un paso atrás y miremos lo que Trump y el Partido Republicano están haciendo. Dejemos de lado el lenguaje y las palabras: miremos lo que está pasando. Acaban de bombardear Irán. Veinte años atrás, el Partido Republicano empezaba lo que ya era una extraordinaria guerra en Oriente Medio bombardeando Iraq. En ese momento, los asesores de Bush decían que Iraq era el primer paso y que «los verdaderos hombres van a Irán»2. En primer lugar, volvemos a tener una guerra innecesaria en Oriente Medio. Luego, Trump está a punto de aprobar un presupuesto con enormes recortes de impuestos para los ricos y las corporaciones, como sucedió 20 años atrás. Para financiar esos recortes, a pesar de lo que dijo en campaña, quiere recortar todo tipo de programas sociales, de la misma manera como lo hizo Bush 20 años atrás.
Trump ocupa mucho espacio y atención, en parte por las cosas que dice y con las que amenaza, pero hay toda una parte de sus políticas que son bastante consistentes con lo que el Partido Republicano venía haciendo. Si uno fuera un historiador que analiza este periodo, dejando a un lado las emociones, se preguntaría: bueno, ¿qué es lo realmente diferente? Por supuesto, hay cosas que definitivamente cambiaron. La cuestión de la inmigración, por ejemplo. Pero hay muchas cosas en las que Trump es más una criatura del Partido Republicano, que logró influenciarlo, que al revés. Es engañoso cuando se dice que Trump rehízo el Partido Republicano. Reagan hizo más en términos de la transformación del partido que Trump.
¿Y cómo explica la supervivencia de esa agenda programática? Porque los dirigentes republicanos a los que se identifica con estas políticas más tradicionales han quedado deslegitimados, y los votantes parecen mucho más representados por la retórica trumpista en inmigración y crítica de la globalización que por los recortes sociales y la baja de impuestos, para decirlo rápidamente.
Buena pregunta. Creo que esto tiene que ver con un argumento que presento en el libro: el conservadurismo y la derecha, más allá del Partido Republicano, tienen la capacidad de transformarse a sí mismos cuando enfrentan un escenario de despojo3. Por ejemplo: cuando la esclavitud fue abolida después de la guerra civil, los propietarios de esclavos se vieron obligados a reinventarse, no solo en la arena política sino en la económica y social. Cambiaron su estrategia y empezaron de nuevo para encontrar un lugar. El Partido Republicano y la clase empresarial no han experimentado una desposesión social y política por un largo tiempo. Y creo que ante esa situación podemos tener a alguien como Trump, con sus fuegos artificiales y el espectáculo, pero detrás no hay mucho cambio. En otras palabras, las mismas personas que estaban aplicando los recortes de impuestos 20 años atrás siguen ahí.
Creo que cuando la clase dominante no experimenta una sensación de despojo o desplazamiento, esto le permite al Partido Republicano seguir moviéndose como antes. Hasta que no llegue esta amenaza, no va a haber cambios fundamentales en las cuestiones que mencionaba.
Vayamos a su libro, La mente reaccionaria. Cuando se reeditó y amplió luego de la victoria de 2016, usted dijo que Trump representaba continuidades y rupturas con el movimiento conservador que venía estudiando. Antes de seguir, quisiera que mencione las más significativas.
La continuidad más importante es que el conservadurismo siempre ha sido un movimiento de dominación y jerarquía, que ha buscado sostener ese privilegio como movimiento de masas. En otras palabras, el conservadurismo nunca fue un movimiento tradicionalista estático como a veces se lo entiende, y nunca ha sido algo limitado a viejas y anticuadas elites. Es un movimiento dinámico que busca apelar a un bloque amplio de individuos. Y una de las maneras en que lo hace es a través del racismo y el nacionalismo, dependiendo del contexto. Creo que Trump ha continuado con esta tradición. Otra característica central es que, como movimiento de masas, el conservadurismo siempre ha sido antagónico al establishment. Trump es consistente con esto. Y otro punto, en el que veo tanto consistencia como inconsistencia, es que el conservadurismo siempre ha sido muy hostil hacia la izquierda y obtiene energía de esa oposición.
La dificultad ahora, y de ahí la inconsistencia, es que no tenemos una izquierda dinámica en el país, y probablemente en el mundo tampoco. A pesar de ello, tuvimos una elección en Nueva York donde ganó el socialista Zohran Mamdani, y entonces Trump sale en las redes calificándolo de «comunista lunático». Cuando los conservadores se encuentran en una posición de fortaleza, son capaces de nombrar e identificar a su enemigo de manera clara. La derecha radical de los 60 y 70 estaba en contra del liberalismo, del New Deal y la integración racial. Por supuesto que exageraban sus peligros, pero estas eran cosas reales, no estaban equivocados acerca de lo que estaba pasando. Creo que Trump siempre está intentando nuevas formas de nombrar a sus enemigos, pero esto no se condice con lo que está pasando, en parte porque la izquierda se encuentra en un momento de debilidad.
Podemos encontrar una discontinuidad en el hecho de que la derecha, sobre todo en su versión moderna, tiene un discurso y una historia bastante clara respecto al mercado y el Estado, mientras que Trump muestra tendencias contradictorias y desordenadas.
¿Y nota algún cambio significativo entre el Trump del primer mandato y el de ahora?
Sí. En primer lugar, ha logrado mantener a su coalición unida. En su primer mandato perdía votos desde el primer minuto en que asumió. Por eso yo era escéptico, en la reedición de mi libro, acerca de su proyección a largo plazo. Me ha sorprendido no solo que haya ganado nuevamente, sino el hecho de que haya sido capaz de mantener al trumpismo unido de esta manera. Ha sido más eficiente en este sentido que la primera vez. Luego, creo que ha sido mucho más radical en el frente migratorio. La cuestión migratoria fue algo más bien performático en su primer gobierno, y esta vez, si bien se ha montado sobre lo que hizo Joe Biden en términos de freno de la llegada de migrantes, las capturas y desapariciones que estamos viendo han sido un shock. Siguen siendo un shock. Creo que esa es una diferencia. Diría dos más. El ataque a las universidades era hasta ahora algo retórico y en este segundo mandato se ha vuelto un hecho real. Y, finalmente, sus ataques y los de Musk a los empleados estatales. Estas cosas hacen que este segundo mandato sea ya diferente al primero.
Algo que aparece para mí como una diferencia entre ambos mandatos de Trump es cómo ciertas voces moderadas o cercanas al establishment del partido, que habían ocupado roles importantes la primera vez, hoy ya no están, y en cambio ha irrumpido un ala más ideológica, que se identifica como conservadora y a la que también se conoce como una nueva derecha. El vicepresidente J.D. Vance es uno de sus representantes. Quisiera saber qué entidad le da a este movimiento, qué lugar le asigna en la historia del pensamiento conservador y si es posible que tenga autonomía respecto del trumpismo.
Hay una parte de su pregunta que me gustaría abordar antes de responder a esto último. Usted habló sobre la purga a los moderados. Y creo que eso es correcto, pero puede llevar a malinterpretar lo que pasó en su primer mandato. Una de las cosas que lo detuvo la primera vez no fue el sector moderado sino el de derecha dura, que frenaba iniciativas como el reemplazo del Obamacare4 porque condenaba ese cambio insuficiente: se negaba al compromiso. Fueron los maximalistas los que hicieron más difíciles las cosas.
Es cierto que los moderados se han ido. Por eso la gran pregunta ahora es cómo Trump ha logrado controlar a los maximalistas, que en varios momentos han levantado la cabeza diciendo absolutamente no, y luego se echaron atrás. Planteo esta cuestión porque hace más complicado de leer el momento actual. Tenemos esa dinámica que usted describía, en la que Trump bombardea Irán y algunos referentes del movimiento maga se vuelven locos pero después se calman. La cuestión ahora no son tanto los moderados, sino cuál puede ser el momento en que los maximalistas digan: listo, hasta acá llegamos.
El otro asunto que me parece muy interesante es que en el primer mandato una de las cosas en las que Trump fue exitoso fue en llenar las cortes judiciales de leales. Resulta que esos jueces trumpistas son de derecha dura pero no evidencian un culto a la personalidad de Trump. Es una derecha ideológica, pero no hace todo lo que Trump quiere que haga. Muchas de las personas que han limitado políticas de Trump en este momento son jueces nombrados por él. Así que estamos viendo cómo se desarrolla ese proceso.
Una de las principales características de esta nueva derecha es su oposición frontal al liberalismo como proyecto político, ideológico e intelectual, de una manera mucho más clara que como lo enuncia Trump. Y lo que puede observarse es una crítica hacia el liberalismo no solo en el plano de los avances sociales –la igualdad–, sino también en algunos aspectos centrales de nuestra modernidad, como el efecto de las redes sociales y la pornografía, la soledad, el individualismo.
Este puede ser un asunto tramposo, porque si bien los blancos cambian y se renuevan, la acusación de que el liberalismo disuelve lazos sociales, que crea aislamiento entre la gente y degrada la moral sexual ha sido parte de la caja de herramientas del discurso de la derecha, que se remonta al siglo xix. En mi libro hablo de gente como el juez Antonin Scalia, una figura como Patrick Devlin, que se opuso a la descriminalización de la homosexualidad en Gran Bretaña en los años 50 y 60. Creo que mucho de lo que se llama hoy «nueva derecha» parece nuevo si se observa a la derecha solo desde su faceta económica, lo que muchos llaman «neoliberal». Pero la derecha siempre ha tenido, también en eeuu, una rama construida en oposición al liberalismo social. Lo que sí creo que es nuevo, y bien particular de este momento de eeuu, es que el aislamiento durante la epidemia de covid-19 tuvo un desastroso impacto en los jóvenes y creo que la derecha ha sido capaz de apelar a este universo. Cuánto de eso es duradero, no lo sé.
Creo que la pregunta es qué elementos del presente explican el resurgimiento del conservadurismo radical y su atractivo entre los jóvenes. Algo ya ha respondido con la cuestión pandémica. Pero se lo pregunto porque en el libro usted aporta algunas claves para entender el ascenso de los conservadores en ciertos momentos de la historia. Una clave es la oposición a una izquierda fuerte: cuando el progresismo crece, los conservadores se vuelven más afilados. Hace un rato dijo claramente que no está pasando eso. Pero la otra clave, y es la que me interesa especialmente, es la crisis de las elites. Cuando las elites crujen y no pueden dar respuesta a las demandas ciudadanas, los conservadores crecen. ¿Qué sucede hoy?
Es una muy buena pregunta. Un área donde la izquierda ha sido exitosa es en la cuestión de los roles de género. Y esto ha generado miedo. Creo que eso explica algo del jugo que le ha sacado la derecha al tema, especialmente en hombres jóvenes. Parecía que estábamos en un momento en que los roles de género se habían vuelto más fluidos, en que la masculinidad tradicional no tenía un guion socialmente aceptable. Pero sucede que hay un correlato material en todo esto: por lo menos en eeuu hay cada vez menos varones jóvenes que asisten a la universidad, a las mujeres les está yendo mejor en las escuelas. Pienso que los conservadores han aprovechado esta situación. El motivo por el que soy un poco escéptico sobre la proyección a largo plazo de este cuadro es que cuando los conservadores han tenido éxito no se debió solamente a haber encontrado un relato, sino al logro de cambios materiales, dándoles seguridad a personas que se sentían amenazadas.
¿Por ejemplo?
En eeuu, la derecha moderna inventó un nuevo léxico acerca del hombre emprendedor, algo que viene de la década de 1970. Pero no fue solo eso: ofreció alivio de impuestos para que la gente iniciara negocios. Ese tipo de promesas se han esfumado. Tenemos una economía en la que no hay mucho espacio para la transformación. Lo que siguen haciendo es sacar impuestos a los ricos. Si un hombre joven se pregunta sobre su rol en la economía, no hay mucho a mano con lo que pueda salir adelante.
Quiero llevarlo al terreno de la izquierda, que no ha logrado dar una respuesta a este malestar tampoco. Hace un rato aseguraba que estaba atravesando un momento de debilidad. ¿Cree que se trata de un problema de corto plazo, más coyuntural? ¿O es de los que creen que estamos ante una crisis del liberalismo como proyecto? Voces conservadoras como Patrick Deneen, autor del bestseller Por qué fracasó el liberalismo5, sugieren esto último. Y hay mucha gente de izquierda que le está prestando atención.
Yo tiendo a pensar que es una crisis de la izquierda actual, para ser honesto. Gente como Deneen y sus antecesores vienen hablando de la crisis del liberalismo desde que yo era joven. Cuando yo iba a la universidad en la década de 1980, estaba de moda la crítica al liberalismo. Nos decían que el liberalismo, que era el liberalismo de los 60, estaba en crisis por ser demasiado individualista y no tener un sentido de comunidad. No me parece tanto una crisis del liberalismo. Creo que ningún actor político en la izquierda se ha movido lo suficiente para cambiar la conversación. Y no creo que Deneen tenga mucha influencia en el movimiento conservador ni en la derecha. Sé que Vance lo sigue, pero cuando veo cuáles son las políticas públicas, no veo... Pongámoslo de esta manera: voy a pensar que esta gente consiguió tracción política cuando el Partido Republicano empiece a hacer cosas por los hombres blancos de clase trabajadora, y no está pasando. Creo que cada generación descubre este problema del liberalismo individualista y sus patologías sociales, pero es un argumento recurrente y no veo un cambio drástico en el ecosistema político respecto de esta cuestión.
Usted dijo que la ofensiva del gobierno de Trump a los trabajadores estatales era una novedad respecto de su primer mandato. Quisiera saber qué balance hace de ella, luego de la salida escandalosa de Musk. Porque hay voces que señalan que es poco lo que se ha conseguido, y que mucho se hizo para las cámaras. Y quisiera anotar algo que me parece importante para distinguir los diferentes proyectos ideológicos de la coalición respecto del rol del Estado: mientras un sector, más neoliberal si se quiere, promueve el desguace y la desregulación en favor del capital, existe otro, en el que militan los conservadores, que quiere deswokizar el Estado para usarlo en favor de su proyecto ideológico.
En eeuu decimos que el movimiento conservador es como una silla de tres patas. Una es la neoliberal, orientada al libre mercado; otra fue la anticomunista, producto de la Guerra Fría; y la otra es la socialtradicionalista. Y siempre hubo una tensión entre tradicionalistas y neoliberales respecto del Estado. Unos quieren usarlo para promover una agenda de transformación social y moral, mientras los otros quieren amputar su poder. Yo leo el proyecto del doge [Departamento de Eficiencia Gubernamental] como una expresión de esa misma agenda que busca reducir el tamaño del Estado. Es pronto para saberlo, pero el historiador Matt Karp escribió un artículo en New Left Review donde mira los números de la reducción de empleados y afirma que los despidos representan 7% de toda la fuerza laboral del gobierno federal6. Y ese 7% es lo que creció el gobierno durante la pandemia. Así que por ahora solo han sido capaces de volver a los niveles de 2020. Pero los números son únicamente una parte de la historia. Porque los recortes que vemos en programas de vacunación y protocolos sanitarios, por ejemplo, pueden ser muy peligrosos. Ahora, respecto a la tensión entre estatistas y antiestatistas, estamos ante la misma versión que teníamos en los años 60 y 70, en los que una parte de la derecha empujaba, con éxito, para prohibir el aborto, y otra buscaba reducir el gobierno federal, también de manera exitosa.
Quiero preguntarle por Argentina. No sé cuánto ha seguido el tema, pero quisiera saber si ve a Javier Milei como un caso emblemático en las derechas: un libertario que llega al poder glorificando los postulados de la Escuela Austriaca de economía. Lo menciono porque en su libro les dedica un espacio importante a Hayek y Mises en el pensamiento conservador. Recuerdo haberlo leído en el mismo momento en que Milei estaba surgiendo como un ícono entre jóvenes argentinos. Me pareció muy revelador el argumento acerca de cómo los «austriacos» habían encontrado una respuesta moral para las críticas al capitalismo. Y en cómo combinaban –en eso el aporte de Hayek me parece central– una versión radical respecto del mercado, pero muy conservadora y jerárquica en lo social, algo que Milei también muestra.
Figuras como Milei han retomado el fuerte elemento de tradicionalismo cultural y de autoritarismo que está presente en el imaginario libertario. Siempre pienso que desde la izquierda se ha leído mal el tipo de atractivo que generan autores como Hayek o Mises. No entendimos cómo han logrado moralizar el mercado, pero también convertirlo en la esfera de hombres fuertes y poderosos. Agregaría además la influencia de Joseph Schumpeter como otra figura clave. Y siempre hubo un elemento de revolución cultural en esta concepción económica. Figuras como Milei lo sacan a relucir.
Milei ha logrado instalar la idea de que el Estado es lo que se inmiscuye entre el progreso y los individuos. Y que un modelo de ciudadano –y de vida– deseable es aquel que no depende del Estado. Fue un discurso que logró apelar a distintos sectores, inclusive gente de bajos recursos. Me pregunto si ve una conexión entre esto y la visión austriaca acerca del mercado como un lugar donde se forja el carácter, en contraposición a los defectos morales que genera la asistencia estatal.
Absolutamente. La sensación de que la acción estatal es artificial y compensatoria de lo que en el mundo real serían formas reales de fortaleza o debilidad. Y que en el mercado, incluso si se parte de una posición débil, este brinda la promesa, esperanza y posibilidad de que, través del esfuerzo, se pueda desarrollar carácter, estatura y contextura. Como si el mercado fuese un gimnasio. La comparación que siempre hago es cómo los fascistas, después de la Primera Guerra Mundial, pensaban que el campo de batalla era el lugar donde la gente se probaba a sí misma. La guerra era el momento en que el carácter se desarrollaba, se exhibía y se demostraba. De la misma manera, con Mises y Hayek, el mercado se vuelve el espacio para eso. Pero la condición de posibilidad es que el Estado no asista de ninguna forma, ni tenga políticas de compensación por algún tipo de debilidad. Por supuesto, esto es una fantasía: el capitalismo opera sobre la base de crédito y deuda, cuyas fuentes también incluyen al Estado. Pero sí creo que es algo que interpela a la gente. Y el motivo por el que lo hace, inclusive en el caso de gente de bajos recursos, es que siempre preserva la fantasía de movilidad, moviliza la expectativa de salir del lugar donde cada uno está. Si el Estado está asistiendo con ayudas sociales, la sensación es que, en realidad, la persona no cambia su situación. La fantasía es que sin esas ayudas la gente pasa a depender de su propia capacidad, inteligencia, energía y carácter. Y que si se logra tener éxito, ese éxito es propio. No es artificial.
Para terminar, quiero que volvamos a eeuu. En las últimas semanas, algunos colegas suyos han abandonado el país, denunciando la llegada del fascismo. Me gustaría saber cómo ve el estado de la democracia allí y cuáles son las cosas que más le preocupan.
Creo que el asalto a la burocracia estatal es preocupante porque representa una política del miedo que es efectiva. Sobre todo en eeuu, que es una sociedad que no tiene redes de apoyo sólidas, la posibilidad de perder el empleo es una forma efectiva para promover una sociedad represiva. Luego mencionaría el ataque a la inmigración, no solo como una violación de los derechos humanos y una expresión de crueldad manifiesta. Creo que es una declaración de guerra hacia eeuu como país. Somos un país de inmigrantes. Y yo no soy un patriota o un nacionalista, pero creo que una de las cosas que eeuu ha hecho bien es permitirse ser renovado y reconstruido por las personas que llegan. En otras palabras, no se trata, simplemente, de que convertimos a los inmigrantes en estadounidenses, sino que quienes llegan renuevan la idea misma de lo que significa eeuu. Eso ha hecho de este país algo mejor. Un país interesante, con nuevas posibilidades. Creo que el asalto a los inmigrantes hace que el país sea un lugar mucho más desagradable. Y luego, el ataque contra las universidades, sumado a lo que está pasando con el impacto de la inteligencia artificial, me preocupa de una manera particular. Porque las universidades son uno de los pocos espacios donde uno va a pensar. Creo que no hubiese dicho esto antes del avance de la inteligencia artificial y las redes sociales, pero creo que estamos en una sociedad que tiene tanto ruido en este momento, donde hay gente que está gritando, de manera literal y metafórica… y las aulas son un lugar donde se debería poder bajar ese volumen.
Esos tres frentes son los que más me inquietan. Así que hay que esperar lo mejor y prepararse para lo peor.
Y en términos de acciones de resistencia, para terminar en una nota más positiva, ¿qué prácticas le resultan más interesantes de cara al futuro?
Diría dos cosas, que son bien diferentes. Ante todo, no me gusta el lenguaje de la resistencia, porque creo que es básicamente un término de branding para el Partido Demócrata, y no creo que sea particularmente útil.
De oposición, entonces.
Oposición, claro, que es lo que se supone que hace un partido. Menciono dos. Una aquí en Nueva York: la campaña de Zohran Mamdani ha sido muy inspiradora, sobre todo por tratarse de un joven y por estar llena de personas de origen inmigrante –latinos, asiáticos, árabes, gente que ha asumido un desafío y entiende de manera muy clara lo que está en juego–. Lo primero que hizo Mamdani, antes de anunciar su campaña, fue salir a entrevistar gente en barrios latinos y negros que votaron por Trump, y les preguntó por qué lo hicieron. Hizo un video con esto. Está claramente intentando entender por qué mucha gente joven y de color apoya a Trump. Y creo que es prometedor que quiera recuperar esos votos con una plataforma proinmigrantes y multicultural7.
La otra cosa que me resulta inspiradora sucede en Los Ángeles, donde vemos a las comunidades inmigrantes que no solo marchan. Yo estoy un poco harto de las marchas, las cartas, las peticiones. Hablo de cómo se movilizan para proteger a los inmigrantes de manera práctica, real, para alejarlos del ice [Servicio de Control de Inmigración y Aduanas]. De este tipo de acción directa impulsada por comunidades que tienen intereses en juego, de la movilización política para hacer algo distinto: de ahí estoy sacando mi esperanza.
Fuente: Nueva Sociedad - Julio 2025