La guerra civil del Occidente Colectivo

Manolo Monereo

La occidentalización del mundo, la otra cara de la globalización neoliberal, ha fracasado. Tanto más traumático será el declive histórico de Occidente cuanto más se nieguen sus líderes a reconocer la inevitabilidad del futuro mundo multipolar. 

“El poder es esencialmente jerárquico y conflictivo, y su disputa implica una competencia permanente por más poder y por la conquista y control monopolístico de las condiciones más favorables para la expansión de ese poder” José Luis Fiori, 2024 

Los hechos en sí poco dicen si no se tiene un marco teórico que los interpreten y les den sentido. Esto es así siempre; ahora mucho más. ¿Por qué? Porque la historia real evoluciona a saltos, con quiebres, con rupturas. Hay periodos de normalidad, es decir, de sucesión de acontecimientos en un espacio-tiempo homogéneo, estandarizado, previsible. Hay también periodos de fracturas, de discontinuidades radicales.

Su característica básica: la excepción se convierte en “normalidad” y el tiempo se acelera. Cada mañana desayunamos con algo nuevo, los acontecimientos se suceden vertiginosamente; nos asombran, nos inquietan, no lo entendemos. Atisbamos el peligro y nos quedamos sin referentes. Los actores estatales, los grandes operadores financieros y empresariales, los formadores de opinión suelen interpretar estas fases históricas como periodos de caos, de desorden, de incertidumbre. Son épocas de crisis y se viven como tales.

La cita de Gramsci parece obligada, por mucho que le pese a Adam Tooze: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se dan los más diversos fenómenos morbosos”.  Ahora bien, hay que tener cuidado. El viejo sardo la formula relacionándola con “la crisis de autoridad”, cuando “la clase dominante ha perdido el consenso, esto es, si ya no es “dirigente” sino solo “dominante”, detentadora de pura fuerza de coerción, esto significa simplemente que las grandes masas se han separado de las ideologías tradicionales, ya no creen en lo que creían antes, etc.”. Después, solo después, viene la cita tan repetida en estos días, que, es bueno recordarlo, se relaciona inmediatamente con la “cuestión de los jóvenes”. Yo la voy a emplear en este sentido más general y en otro más restringido relacionado con la crisis de hegemonía en las relaciones (de poder) internacionales.

Conviene no dejarse confundir desde el principio.  No, no es verdad que ahora se esté poniendo fin al orden internacional instaurado después de la Segunda Guerra Mundial. Eso terminó con la desintegración / derrota de la Unión Soviética y la disolución del Pacto de Varsovia. Lo que ahora se pone fin es al Orden Internacional proclamado e impuesto por los EEUU desde, al menos, 1991. Lo que se quiere esconder es que ese orden institucionalizaba una determinada correlación de fuerzas (de dominio y control) bajo hegemonía unipolar norteamericana basada en unas “normas” singulares; definidas, interpretadas y aplicadas por el “soberano” victorioso sobre el “imperio del mal”. El “momento” unipolar implicaba subordinar el Derecho Internacional a los intereses de los EEUU, poner a su servicio las instituciones internacionales y arrogarse el (único) poder para hacer y declarar la guerra.

Hagamos memoria, porque se dijo y se ha repetido muchas veces: con el Consejo de Seguridad de las NNUU cuando es posible; sin él, cuando el Presidente de los EEUU lo considera necesario. ¿Damos ejemplos? Somalia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen…. intervenciones militares sin el apoyo del Consejo. Con su “Orden” y con sus “normas” siempre se han dado a sí mismos el derecho y la legitimidad para sancionar, criminalizar e intervenir militarmente cuando sus intereses se ponen en peligro. El presidente Carter dijo que su país era el más belicoso de la historia. No se equivocaba. 

El “Orden Internacional basado en normas”, impulsó nuevas relaciones de poder, nuevas alianzas entre países y reajustó con mano firme el sistema-mundo capitalista. En su centro, el Occidente colectivo. Su proyecto: la globalización neoliberal/la occidentalización del mundo. Hay que precisar. Este “Occidente” no es el Occidente realmente existente en su sustancial pluralidad y en su radical diversidad, es una construcción político-cultural hegemonizada por los EEUU, con el Reino Unido como secundario de lujo. Las clases dirigentes anglosajonas se han considerado a sí mismas como el verdadero Occidente; los salvadores de una Europa decadente, hipotecada por un pasado glorioso y sin voluntad de poder. Sus esperanzas siempre estuvieron con la “otra” Europa, la del Este, la anticomunista y anti rusa.

Desde el primer momento, la Administración norteamericana fue consciente de que, en el nuevo orden que estaba construyendo, la condición previa para mantener amarrada, bien sujeta a Europa era integrar a estos países en la OTAN y en la Unión Europea; con ellos difícilmente habría autonomía estratégica real, tampoco sería posible una Europa políticamente independiente y, algo fundamental, no habría un espacio económico-social regulado capaz de oponerse a las políticas (neo)liberales que organizaban el “nuevo siglo americano”. La Europa del euro no fue, como se dijo hasta la saciedad en ese momento, la alternativa al poder del dólar sino la garantía de que este no seria cuestionado, que los grandes conglomerados financieros e industriales norteamericanos seguirían gozando de los privilegios que habían tenido hasta el presente.

No es este el lugar para dar cuenta de lo que fue y ha sido la globalización neoliberal. Basta decir que fue una ideología, un proyecto político y una realidad objetiva. Lo fundamental es que pretendió –y en gran medida consiguió– liberar al capital de los controles políticos y sociales que, durante más de treinta años, lo embridaron, fundamentalmente al capital financiero. Los Estados nacionales se convirtieron en el enemigo a batir; su desmontaje fue la gran tarea del momento. Se desconectó la “cuestión social” de la “cuestión democrática” y las políticas liberales se convirtieron en obligatorias. La globalización, se repitió una y mil veces, era deseable e inevitable y la convirtieron en el único horizonte de lo posible. La izquierda y la derecha se hicieron neoliberales y el keynesianismo pasó a ser una doctrina obsoleta y hasta peligrosa.  Todo lo demás era autarquía y nacionalismo. La Unión Europea, hay que insistir, fue el dispositivo estratégico para imponer la globalización en un espacio político definido por conflicto social y político, por un movimiento obrero que había acumulado experiencia sindical y poder contractual y por una izquierda, en su versión socialdemócrata o en su versión comunista, comprometida con los derechos sociales, el Estado de bienestar y, sobre todo, con el pleno empleo.

En todas partes la globalización transformó las relaciones de poder entre las naciones y las clases, impuso una nueva división del trabajo y formas flexibles de gestión de la fuerza laboral, propició la descentralización productiva y debilitó enormemente el poder contractual de los sindicatos, allí donde tenían peso e influencia; es decir, en las economías centrales. Dicho de otra forma, la globalización generó coaliciones de ganadores y perdedores tanto social como territorialmente; las desigualdades sociales se incrementaron y las viejas identidades de las clases subalternas se fueron disolviendo en un espacio público cada vez más colonizado por un individualismo que se hizo de masas, por el descrédito del socialismo (en cualquiera de sus acepciones) y rechazo de la política como instrumento de transformación social. 

La otra cara de la globalización fue lo que Alexandr Zinoviev llamó la “occidentalización” del mundo. Se trata de un concepto complejo y no exento de contradicciones. El conocido filosofo e intelectual ruso-soviético lo definió como “la tendencia de Occidente a hacer que los demás países se parezcan a él en estructura social, economía, ideología, psicología y cultura”. Se trata en todas partes de construir sociedades e instituciones que reproduzcan el tipo de capitalismo y los marcos jurídicos-políticos que los anglosajones consideran obligatorios y universales. Zinoviev va perfilando los rasgos del occidentalismo: totalitarismo monetario, tipo de capitalismo que se postula, la supra economía (el poder global de los EEUU), la democracia colonial, etc. Lo fundamental:

“El fin de la occidentalización es situar a los otros países en su esfera de influencia, poder y explotación, y no como socios paritarios con las mismas oportunidades, lo cual sería imposible dada la desigualdad efectiva de fuerzas, sino con el papel que Occidente considere para sus fines”. Sin olvidar un elemento clave: “Occidente tiene poder suficiente para impedir que aparezcan países de tipo occidental independientes que representen una amenaza para su dominio de la parte del planeta conquistada y sus aspiraciones de dominio de todo el planeta”.

Todo esto terminó con la crisis financiera internacional de 2008. Pocos la previeron y menos aún sacarán las consecuencias geopolíticas de un acontecimiento histórico que ponía fin al “corto” dominio unipolar de EEUU. Lo que se anunciaba como el nuevo siglo americano duró apenas 20 años, y hoy, lo que queda, se va (dramáticamente) disolviendo entre las amenazas de un conflicto nuclear y las esperanzas de un mundo multipolar que inaugure una nueva etapa que ponga fin a la larga hegemonía de Occidente y reconozca, de una vez por todas, la pluralidad civilizatoria, económica y de poder de un mundo que considera llegado el momento de autogobernarse. Lo dicho, comenzó un interregno que ponía en cuestión los fundamentos de un orden impuesto y se iniciaba una transición que aceleradamente lo estaba cambiando todo.

La gran potencia norteamericana en declive tenía dos grandes opciones: reconocer los cambios que se estaban produciendo en las relaciones internacionales para intentar gobernarlos, dirigirlos, y sacar partido de su predominio relativo, o enfrentarse a ellos con el único poder real y efectivo donde seguía teniendo superioridad, a saber, el político-militar. Al final, estas dos opciones han terminado por cristalizar en dos coaliciones que han dividido duradera y radicalmente a la clase política norteamericana y está llevando a una guerra civil al Occidente colectivo, es decir, a las provincias del imperio: Unión Europea, Reino Unido y su más directa Commonwealth (Canadá, Australia y Nueva Zelanda), Japón y Corea del Sur. Lo que representan Donald Trump y Joe Biden tiene mucho que ver con estos dilemas que estamos viviendo en vivo y en directo.

Las clases dirigentes norteamericanas han tenido como uno de sus referentes ideales a Grecia y a Roma. El patriciado, los dueños del país, se sintieron y se siguen sintiendo, en gran medida, herederos de la cultura clásica y se han imaginado a si mismos como continuadores de un modo de organizar el mundo y la política a la altura de ese ejemplo histórico. El imperio que han ido construyendo se ha basado en una sofisticada combinación de poder duro, poder blando y de poder estructural que les permitió diseñar instituciones y reglas internacionales que siempre le benefician. La clave ha sido siempre la cooptación de las élites económicas, políticas, culturales y militares. Ha sido un trabajo ingente, sistemático y a largo plazo. Hegemonía político-cultural, control y dominio político-militar y la protección de las clases económicamente dominantes de los protectorados, se han ido dosificado según cada coyuntura histórica, posibilitado por el consenso sólido, férreo de una clase política bipartidista unida en lo fundamental: perpetuar unas relaciones de poder que le son ampliamente favorables.

Brzezinski, siempre lúcido y claro, destacaba que el sistema de poder global estadounidense –por factores domésticos– ponía el acento en la técnica de cooptación basada “en el ejercicio indirecto de la influencia sobre élites extranjeras dependientes, mientras que obtiene grandes beneficios a través del atractivo que ejercen sus principios democráticos y sus instituciones. Todo lo anterior se refuerza con el impacto masivo pero intangible de la dominación estadounidense sobre las comunicaciones globales, las diversiones populares y la cultura de masas, y por la influencia potencialmente muy tangible de la tecnología punta estadounidense y de su alcance militar global”. Más claro no se puede decir. 

La globalización neoliberal capitalista ha estado repleta de paradojas; rápidamente generó fuerzas que no fue capaz de controlar. Ha propiciado la integración de China en el mercado mundial desde una posición cada vez más autónoma; ha permitido, a pesar de las sanciones y de los intentos permanentes de desestabilización, que Rusia reconstruyera su Estado-civilización; ha (norte)americanizado fuertemente la vida pública europea, haciéndola más dependiente y subalterna de los intereses de Estados Unidos y, lo más significativo, ha puesto en crisis al Estado-Nación que la impulsó y la convirtió en la plataforma estratégica de nuevas relaciones  de dominio y control. Donald Trump es efecto y no causa de esta crisis. Quien no parta de aquí, difícilmente entenderá el conflicto que asola al Occidente colectivo.

Como en el viejo imperio romano, los conflictos, las guerras civiles se trasladan del centro a las provincias, a las colonias. Las clases dirigentes de los Estados europeos, las élites que dirigen la UE y las estructuras de poder relacionadas directa o indirectamente con la OTAN se sienten parte, son actores conscientes al servicio de un proyecto (El Orden Internacional basado en normas) que representaba, hasta ahora, los intereses estratégicos de los EEUU. Jan Krikke (editor jefe de Asia Times) lo explica bien:

“Hace unos 30 años, la mayoría de los países europeos, influenciados por la ola neoliberal en Estados Unidos, eligieron una serie de líderes políticos de mentalidad atlantista que estaban de acuerdo con las políticas neoliberales estadounidenses.

Los sucesivos gobiernos estadounidenses, incluidos Bush, Clinton, Obama apoyaron la expansión de la OTAN. El pretexto fue la expansión de la democracia y la libertad, lo que ocultó las razones geopolíticas y económicas que se remontan a la era colonial”.  

La clave: la fuerte conexión entre globalismo, políticas neoliberales y la UE. Las clases dirigentes europeas se han formado en esta cultura política, han sido seleccionadas, organizadas, apoyadas para defender este proyecto global, para representarlo ante sus poblaciones y, sobre todo, para impedir, cueste lo que cueste, que puedan surgir proyectos alternativos que lo cuestionen. Son élites desnacionalizadas, sin vínculos de pertenencia con sus comunidades, intercambiables entre sí y cada vez más homogéneas políticamente. Las consecuencias de estas políticas son cada vez más evidentes: desigualdad, involución social, inseguridad cultural, degradación de la democracia y el giro a la derecha de todo el mapa político. Y más allá, la puesta en cuestión de la Unión Europea del euro. 

El retorno de Trump debería haber hecho pensar a los que mandan en esta provincia del imperio. No lo parece. El nuevo presidente no la ha tenido fácil: procesos, campañas, intentos de asesinatos a la americana. Las élites europeas han jugado a fondo la partida y se han posicionado claramente en favor de la coalición política, empresarial y mediática que ha defendido Kamala Harris. Los republicanos son el mal absoluto, la dictadura, la mentira y la degradación de la vida democrática. Los demócratas, los defensores de las libertades, el feminismo, los derechos de los inmigrantes y, sobre todo, de la continuidad de la guerra contra Rusia. Ganó Trump y nuestros gobernantes se encuentran ante una coyuntura dramática: su país-guía, su referente político, la gran “Nación imprescindible” del mundo, cambia de posición y pone en cuestión todo lo defendido y realizado por ellos durante más de 30 años. No es poco. La crisis siempre desvela lo que la normalidad oculta; al menos, sitúa a cada uno en su sitio y nos dicen quién manda verdaderamente y quien está obligado a obedecer.

Lo que más asombra es que nuestros gobernantes no fueran conscientes de lo que estaba pasando en la sociedad norteamericana. El primer mandato de Trump debería de haber servido de advertencia. No fue así. Era tal su fe, su creencia, largamente interiorizada, en la superioridad indiscutida e indiscutible de los EEUU que no fueron capaces de entender que este país entraba en un periodo de crisis, de conflictos sociales y culturales, de guerras civiles más o menos larvadas. Biden no es la democracia; Trump no es el fascismo. El asunto es más complejo. Si observamos con perspectiva el genocidio palestino y el comportamiento de las instituciones euroamericanas, nos daremos cuenta que el Estado de Israel es su vanguardia armada; Netanyahu tiene “licencia” para masacrar poblaciones e intervenir militarmente cuando sienta sus intereses amenazados (actualmente: Líbano, Siria, Irak, Irán, Yemen). A Von der Leyen, a la señora Kaja Kallas, a Napoleón 3º Macron, a Scholz, a nuestro cariacontecido Pedro Sánchez, no se lo ocurren imponerle sanciones económicas, comerciales, militares; ni mucho menos exigir una condena clara y efectiva en el Consejo de Seguridad por sus continuas violaciones del derecho internacional, o propiciar una coalición internacional para mandar tropas para proteger a los palestinos.

¿Cuánto duraría Netanyahu sin el apoyo de los EEUU, de las UE, de la OTAN? Días, semanas; no mucho más. Estas políticas nada tuvieron que ver con motivaciones éticas, defensa de supuestos valores europeos; con la promoción de los derechos humanos, de la democracia o del respeto a la soberanía de Estados y pueblos. Esto va de políticas de poder, con la defensa de intereses económicas de los grandes monopolios financieros-empresariales, con prioridades geopolíticas en un momento, nunca se debe olvidar, en que el mundo está cambiando de base. Nuestras élites gobernantes lo saben y nos manipulan conscientemente.

Biden / Trump expresaban dos coaliciones sociales, dos “lecturas” y dos estrategias de respuesta a la crisis de los EEUU. Una tiene un nombre consolidado: imperialistas liberales o liberal-imperialistas; la otra está por definir, yo los denominaría nacional-conservadores imperialistas o conservadores-imperialistas. El marco analítico, el programa y la estrategia del nuevo Presidente van desgranándose entre amenazas, rectificaciones y marchas atrás. Es su peculiar estilo de hacer política. La percepción del nuevo equipo es que heredan un país en crisis, desindustrializado, socialmente roto, fiscalmente en bancarrota y sin proyecto. La globalización, las políticas impulsadas por la clase política bipartidista, han puesto de manifiesto una contradicción cada vez más aguda entre el Estado Nacional norteamericano y su política imperial; dicho de otra forma, las políticas internacionales de las diversas administraciones, han terminado por arruinar económica, política y moralmente a la sociedad americana. Y algo más importante, defender el orden unipolar y sus normas es inútil: el mundo multipolar es irreversible, ahora se trata de gobernarlo, mejor dicho, de guiar el interregno desde la posición de predominio que aún siguen teniendo y que saben que no durará.

 

Fuente: El Viejo Topo - Marzo 2025

Noticias relacionadas

Juan M. Padin. Desde la asunción del nuevo gobierno republicano conducido por el magnate Donald Trump, un argume
Yanis Varoufakis. La inducción de Ucrania en la OTAN después de obligar a Rusia a volver a sus fronteras anteriores

Compartir en